ABC
La organización de la final de Copa dejó mucho que desear. Quizá la fascinante ciudad de Sevilla no esté preparada para albergar al mismo tiempo tres acontecimientos como los toros, la pre-feria y la final. El caos, las colas, los fallos informáticos, los embotellamientos y la desinformación que se padecieron en los prolegómenos se vieron superados tras el final del encuentro. La Cartuja se encuentra muy alejada del centro de la ciudad, e increíblemente no existían lanzaderas, autobuses o taxis que facilitaran el retorno al alojamiento o lugar de reunión de los espectadores, en su gran mayoría agotados, eufóricos los unos, tristes los otros. Y privados de transporte público. Niños y abuelos caminando durante horas para llegar, por ejemplo, a su hotel situado al lado del campo del Betis. Aficionados de los dos colores mezclados en todo momento, la cordialidad y la buena educación fueron la tónica antes, durante y después del partido. Los españoles nos llevamos bien, somos un pueblo sociable, que sabe disfrutar de la vida, aun en las circunstancias más adversas. En el fútbol únicamente sobran los que entienden el deporte como vía de escape de su violencia. No acaban de extinguirse, son un grave problema social y para la policía, cuya brillante actuación impidió el sábado una nueva riña tumultuaria entre ellos. Y sobran los políticos que siembran el odio, como Otegi, ese «hombre de paz», que hasta hace poco pertenecía a una banda que asesinaba a quienes consideraba oportuno, niños incluidos, y el sábado reclamó que se pitara el himno y se exhibieran ikurriñas, como símbolo de que ellos no son españoles. Lamentablemente el fondo blanquiazul le hizo caso. Sorprende que un equipo que lleva el nombre de Real no respete a la monarquía. Nuevo naufragio liguero, esta vez en Elche, del que un argentino (Almada) sale muy tocado y otro (Nico) reforzado, como el canterano Boñar. Tampoco desentonó Julio Díaz. La derrota en la final se puede considerar un fracaso deportivo del Atleti, teórico favorito. Parabienes a los vencedores. Para los que no, las palabras de Séneca: «Interpretar benignamente incluso los hechos adversos. De otro modo nos ahogaríamos en el resentimiento».
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