ABC
Mientras el mundo contenía la respiración ante la expansión del coronavirus, otra pandemia crecía en paralelo, más silenciosa y difícil de rastrear, pero igual de devastadora: la del maltrato. Confinadas entre paredes que dejaron de ser refugio para convertirse en jaulas, personas quedaron expuestas de forma constante a sus agresores, sin las válvulas de escape que ofrecían la rutina, el trabajo o la vida social. El miedo al contagio convivía así con otro miedo más persistente, que no aparecía en las estadísticas diarias pero que se intensificaba en cada puerta cerrada. Fue una realidad sumergida, donde el aislamiento, la incertidumbre y la fragilidad emocional actuaron como caldo de cultivo para la violencia. Una crisis dentro de la crisis, una herida invisible que no se curaba con confinamientos. Este asunto, tan real como atroz, fue el tema de conversación que el director de cine venezolano Alberto Arvelo mantuvo en una reunión con amigos, cuando surgió este tema. Fruto de la reflexión, nace ahora Lo que no vemos, una película protagonizada por María Valverde y Bruna Cusí , presentada en el BCN Film Fest, que intenta arrojar luz sobre esta realidad. «Es un acto de resistencia de dos mujeres que terminan encontrando en ellas mismas un espacio donde pueden estar seguras. Donde pueden sentirse tranquilas. No amenazadas. Nos pareció una historia potentísima para ser narrada. Esa exploración de ese espacio desde ese punto de vista de lo íntimo, de lo pequeño», confiesa su director a ABC. La cinta sigue a Aroa (María Valverde) y Miquela (Bruna Cusí), que se encuentran en un lavabo público y acaban en un viaje por carretera desde España hasta Portugal, en una huida de sus situaciones personales, en el caso de Aroa, un maltrato físico, y que acabará siendo una experiencia reveladora para las dos. « Es una exploración de la naturaleza humana y que tiene que ver con la compasión. Nace de la necesidad universal del amor y la empatía entre los seres humanos », aseguraba. Conforme estas dos protagonistas realizan un viaje por carretera desde España hasta Portugal, al mismo tiempo ambas realizan un recorrido interior sin retorno, imperfecto además, con idas y venidas. Como la vida misma. « No es una línea recta. Es un viaje que tiene oscilaciones, topografías muy distintas internas, de modo que, como ocurre en general, como ocurre con los seres humanos en general, las cosas no ocurren en línea recta. Nada es blanco y negro, todo tiene matices, sutilezas», confiesa. La realidad es tan cruda como trágica, y lo fácil hubiera sido recurrir a un drama lacrimógeno, pero lo cierto es que el director tenía la intención de precisamente arrojar luz sobre este asunto. En esta película, las protagonistas pasan de las tinieblas a la luz gracias al encuentro de otro rostro. Salen de la oscuridad para emprender un camino que les lleve a certezas. «En momentos tan convulsos también como los que vivimos, tan complicados, estamos necesitados de historias que hablen de cosas que traen un poco de luz. Aunque pareciera a veces que es una cosa que va hacia lugares muy difíciles, es un viaje hacia la luz, es un viaje hacia el descubrimiento de luz. En el camino se van encontrando justamente con soluciones, esperanzas, caminos de tolerancia, en ese camino justamente hacia la luz. En estas cosas, siempre el arte refleja mucho lo que uno siente, y ahora mismo necesitamos historias de esperanza». Aunque hay dos protagonistas principales, la música juega un papel fundamental. Está compuesta por el nuevo director de la Filarmónica de Nueva York, Gustavo Dudamel, que también ha estado al frente de otras bandas sonoras cinematográficas. Conforme el equipo iba avanzando en el rodaje, el artista venezolano iba componiendo también la música. Después de las jornadas de rodaje, por la noche, se reunían para editar y escuchar todo el trabajo de Dudamel. Incluso llegaban a improvisar. Fue un proceso de dos direcciones donde la edición se alimentaba de la música y la música de la edición. La conexión entre este director de cine y el director de orquesta y compositor viene de hace años, y la confianza es tal que Dudamel ha confiado en Arvelo para la dirección de escena de muchas de sus óperas. «En general, la historia del arte y la historia de las relaciones y de la creación siempre se fundamentan sobre la empatía, sobre la conexión. Gustavo y yo hemos trabajado muchísimo y parte de la clave tiene que ver con cómo disfrutamos el viaje creativo y disfrutamos la idea de entender lo que estamos diciendo, de escarbar, de buscar debajo de la capa, de la tierra, de la arena, de las cosas, encontrar los significados, que tiene que ver justamente con el sentido de disfrutar y de entender el arte que uno va haciendo», reconoce Arvelo. En un momento donde la hiperconexión está a la orden del día y, al mismo tiempo, paradójicamente, una soledad aterradora, la película revela la importancia de otros para sobrevivir. «Queríamos mostrar ese sentido de soledad y a la vez del sentido de compasión que se genera desde la soledad, del entender también la soledad del otro, que es una de las cosas que hemos ido perdiendo como seres humanos. La posibilidad de mirar a los lados, de ver a los seres humanos que nos rodean, la piedad, si se quiere, de alguna manera».
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