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Disparates
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Disparates

Cuantos más disparates te propones decir, más rígido tiene que ser el andamiaje y más sólidos los cimientos argumentales. Para que una sarta de tonterías muy descabelladas pueda ser consumida con agrado, y hasta tenga gracia y sea divertida caso de tratarse de una sátira, cada chorrada o chifladura tiene que estar perfectamente ordenada, envasada y colocada en estantes de sensatez, muy firmes y realistas, pues de no ser así los disparates se mezclan unos con otros, y luego se evaporan sin dejar rastro por su propia naturaleza inverosímil. No funcionan ni hacen efecto, no perduran. Disparates a voleo, disparates que se lleva el viento. Se trate de Superman o de Bugs Bunny, para que resulten creíbles necesitan una base de cotidianeidad y de verdades universalmente aceptadas y reconocibles. Esto lo saben muy bien los novelistas, sobre todo de ciencia ficción, policial o literatura fantástica, incluida la autobiográfica, que pueden inventar cualquier disparate siempre que venga rodeado y arropado de asuntos comunes y banales. Sólo así el disparate cuaja y adquiere sentido, y hasta es un excelente recurso retórico, como probó Jonathan Swift en su obra maestra Los viajes de Gulliver. Porque si todo es un disparate (esas fueron las últimas palabras de Swift antes de morir), ya no hay nada que decir. Para qué. Hacen falta una docena de excelentes razones para sostener un disparate sin que se desintegre, y del mismo modo que sólo las mentiras envueltas en verdades sobreviven, si quieres decir gilipolleces y que funcionen, hay que dotarlas de un armazón narrativo sólido, que no se hunda bajo su peso. Y ese es el problema, porque como ahora nadie tiene tiempo para nada, ni tampoco ingenio, grandes nubarrones de disparates desnudos se ciernen sobre el horizonte, y aunque se confundan unos con otros y ninguno dure, el aire resulta irrespirable. No tengo nada contra los disparates, algunos son muy entretenidos, incluso poéticos, pero hemos olvidando el arte de decir disparates como es debido. Creíbles, operativos. Como cuando los ángeles y demonios, o los ovnis, o los fantasmas, o los vampiros. Que ahora son los emigrantes y los climatólogos. Qué disparate de disparates.

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