COPE
Manuel Viera Transcurría la tarde entre silencios. Silencios que no son de desidia. Silencios que son sentencias a lo nada ocurrido en el ruedo. Silencios, a veces, majestuosos, espaciosos, definitivos, con los que Sevilla define las anodinas tardes de toros. Hoy, el silencio, se convirtió en el grito desgarrador ante la trágica cogida, convirtiéndose de inmediato en el clamor del triunfo. Todo un vuelco para una tarde que caminaba zigzagueante por los vericuetos de la complicada mansedumbre. Sin embargo, apareció por la puerta de chiqueros el quinto, toro marcado con el hierro de Toros de Cortés, con el que Andrés Roca Rey cumplió su objetivo: cortarles las orejas. Avasallador por la dimensión de la lidia. Dimensión que captó de inmediato al arrodillarse en lo medios para comenzar con trazos con la mano derecha envolviendo al público en su intención personal de hilvanar los inverosímiles muletazos. La personalidad de su toreo, de dominio y mano baja, colmó de inmediato los deseos, y aún a pesar de las vacilaciones de inicio, no sólo conquistó al público predispuesto, sino que casi toda la plaza comenzó a gozar de semejante filón de pases a derecha e izquierda, altos y bajos, ligados y rematados con los obligados de pecho, Y entre todos ellos no faltaron perlas de emoción ante el obligado arrimón. La tarde cambiaba su destino y la estocada, por derecho, convertida en trágica cogida, pronosticada de “muy grave”, cambió también la suerte de un torero de raza. Obvio es decir que el primer mérito del peruano fue el valor. Con él sublimó una faena de extraordinaria pulcritud y, por momentos, de cálida de expresión, que enriqueció un toreo de por sí complicado dada la exigente embestida del toro de Cortés, y con el que acabó emocionando a los tendidos. Triunfo y hazaña de un torero dispuesto a recuperar su toreo. Con el segundo, un toro de muy escaso fondo lució muy poco su concepto. Unos estatuarios de inicio a destacar, y una serie a derecha de mano baja no tuvieron demasiada respuesta en los tendidos. Pinchó y todo quedó en silencio. Javier Zulueta lo tuvo demasiado complicado con el tercer toro, muy noble, pero muy soso y descastado. El hijo del alguacilillo no se amilanó y consiguió detalles con la mano derecha de un toreo muy sevillano, pero no los suficientes para que calaran en el aficionado. Al intentarlo al natural el toro se le paró. Sí estuvo bien Zulueta con el complicado sexto. El joven con ambición se fue a la puerta de chiqueros y allí esperó de hinojos la salida. Se le paró el toro, y se paró el torero aguantado en momentos de angustia. Un vibrante lancear a la verónica en los medios fueron el preludio de una faena de valor, de jugársela, ante un toro reservón que le buscaba sin tregua la zapatillas con eminente peligro. Tras la estocada dio una vuelta al ruedo. Una aproximación al caos de un torero fue la tarde de Manzanares. No se puede estar menos dispuesto a dar un paso más allá en la senda marcada por un torero que parece estar ya de vuelta. Al noble primero le trazó anodinos pases superfluos. Y al descastado cuarto más de lo mismo. Una pena.
Go to News Site