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Rosalía llena estadios con coreografías que mezclan liturgia y misticismo, las monjas de clausura conquistan TikTok, la película Los domingos arrasa en los Goya... Muchos monasterios y conventos, que habían perdido entre un 30 y un 50 por ciento de sus comunidades desde principios de siglo, de repente cuelgan el cartel de completo, aunque solo sea por la afluencia de huéspedes de paso para un retiro espiritual. La vida contemplativa se ha puesto de moda (la religión es opcional). El fenómeno es global y tiene un fuerte componente generacional: atrae, sobre todo, a chicos y chicas de 20 a 30 años (más a ellas). Al margen de los votos y la fe, ¿qué tiene de especial la vida monástica? Lo primero que descoloca a cualquiera que haya pasado unos días entre esos muros es que el tiempo parece discurrir de otra manera. Decir que va más lento no capta los matices. Es más reposado, menos fragmentario. Las horas no se miden por notificaciones. Hay un ritmo que lleva siglos sin cambiar: te levantas y te acuestas antes; rezas y haces mermeladas cuando toca; y entre medias hay largos tramos en los que 'no toca nada'. Los neurocientíficos estudian qué le pasa al cerebro cuando se somete a un régimen sostenido de silencio, disciplina y tiempo sin ocupar. Lo que han descubierto es que ese régimen restaura una red cerebral llamada red neuronal por defecto (DMN, por sus siglas en inglés). La de una monja de clausura funciona como la seda. La tuya, probablemente, está hecha una piltrafa. La DMN es un conjunto de regiones cerebrales que se activan precisamente cuando no estás haciendo nada productivo. Cuando dejas la mente vagar sin rumbo, esas zonas empiezan a sincronizarse y hacen el trabajo que no pueden hacer mientras estás ocupado: procesar emociones, consolidar recuerdos, conectar ideas remotas. Llámalo 'modo convento'. Esa red –repartida entre la corteza prefrontal y el lóbulo parietal– tiene, además, una aliada imprescindible, una estructura con forma de caballito de mar enterrada en el lóbulo temporal: el hipocampo. Durante el día, todo lo que vives –una conversación en la oficina, un paseo, una discusión con tu hijo– pasa primero por ahí, en forma de apuntes garabateados. Notas provisionales que necesitan pasarse a limpio para convertirse en recuerdos de verdad. Ese trabajo lo hacen unas ráfagas neuronales brevísimas, de menos de una décima de segundo, en las que el hipocampo rebobina la experiencia a velocidad comprimida. Solo se disparan en dos situaciones: durante el sueño profundo y durante la vigilia tranquila; es decir, cuando estás despierto, pero no haciendo nada. En cuanto miras una pantalla, se suprimen. Y necesitas ambas: la vigilia para etiquetar los recuerdos y el sueño para archivarlos. Pero el hipocampo no trabaja solo. Sus notas viajan hacia la corteza, y quien las recibe y las integra con todo lo que ya sabes –tu biografía, tus emociones, tu mapa del mundo– es la DMN. Si la DMN no está funcionando en modo libre, el hipocampo envía sus ráfagas y no hay nadie al otro lado. Eso es lo que pasa cada vez que sacas el móvil en un momento de espera: el hipocampo intenta pasar a limpio las notas del día, y tú le interrumpes para mirar un vídeo de gatitos. La vida contemplativa –con sus 'horas muertas' que no lo son en absoluto– le ofrece a esa red lo que necesita: tiempo fluido. Nosotros le ofrecemos entre 80 y 150 consultas diarias al móvil, pero no solo eso: el pódcast en cada paseo, la televisión de fondo mientras cenas, el correo del trabajo que revisas en el sofá a las once de la noche. Cada una de esas interrupciones –esperando el autobús, en el gimnasio, en ese momento en el que simplemente antes te aburrías y mirabas el techo– corta el vagabundeo mental. Y tiene consecuencias serias. Ya las conoces. Duermes peor. Lees peor: te cuesta mantener la atención en un párrafo largo. Tus conversaciones con amigos son más superficiales. Tu tiempo en familia se ha empobrecido. Todo ello interrumpido por miradas furtivas a la pantalla. Y, además, no puedes evitarlo. Seguramente has intentado resistirte a la tentación muchas veces, pero esos aparatos y las aplicaciones que llevan dentro están diseñados por gente muy lista cuyo trabajo consiste en que no puedas dejarlos de lado. Cada notificación, cada vídeo que arranca automáticamente está calibrado para capturar tu atención y retenerla. Y no es solo la descarga de dopamina y el trallazo de cortisol, la zanahoria y el palo neuroquímicos. Eso es grave, pero solo es el mecanismo de enganche. El bucle de recompensa y estrés que te atrapa. Lo que le está pasando a nuestros cerebros es algo más radical. Cada interrupción impide que la DMN complete su ciclo. No es que te conviertan en adicto, que también. Es que están desmantelando la infraestructura cerebral que sostiene el sentido de quién eres: la que construye tu identidad y te permite reflexionar sobre tu propia vida. Puedes tomar melatonina para dormir, poner la pantalla en blanco y negro, apuntarte a mindfulness o a un club de lectura. Todo eso ayuda. Pero son parches sobre un problema estructural: cuando la DMN falla, nuestra paz de espíritu se desmorona. Y ahora súmale la inteligencia artificial. Un estudio de Harvard publicado en marzo describe una dolencia nueva: el síndrome del cerebro frito. Un 14 por ciento de los trabajadores que usan estos sistemas a diario reporta niebla mental, dificultad para concentrarse y decisiones más lentas. Lo que los agota no es usar la IA, sino supervisarla: leer lo que produce, decidir si es correcto, corregirlo, volver a decidir. El cerebro no descansa porque no puede dejar de arbitrar. En febrero de 2025, un equipo de la Universidad de Alberta reclutó a 467 personas y les pidió instalar en sus iPhone una aplicación que bloqueaba el acceso a Internet durante dos semanas. Podían seguir usando el ordenador en casa y en el trabajo. Solo se les quitó el teléfono como ventana al mundo. Los resultados fueron sorprendentes. La mejora en síntomas depresivos superó el efecto medio de los antidepresivos farmacológicos. La capacidad de atención sostenida mejoró el equivalente a revertir diez años de declive cognitivo. El 70 por ciento dijo sentirse mejor. Dormían más, socializaban más en persona, hacían más ejercicio. No hubo meditaciones guiadas ni terapia ni respiraciones. Solo se les quitó lo que les estorbaba. Eso es activar el 'modo convento'. No es una técnica complicada. Es lo que pasa cuando minimizas las interrupciones: la DMN arranca sola, el hipocampo pasa a limpio sus notas, y el cerebro vuelve a hacer lo que lleva miles de años sabiendo hacer. No necesitas aprenderlo. Necesitas dejar de impedirlo. Bloquear Internet en el móvil de vez en cuando solo es una manera de conseguirlo. Como sabemos que es un poco drástica, te contamos otros trucos igual de sencillos (véase el apoyo con 6 consejos para desconectar). Pero antes debes responder a una pregunta incómoda. ¿Aceptarías aburrirte (un poco)? Tómalo con calma: solo será al principio. ║ ║ ║ Catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valladolid, Alfredo Marcos (León, 1961) acaba de publicar '¡Date tiempo!' (Comares), un libro que diagnostica que nuestra manera de experimentar la temporalidad —acelerada, ansiosa, sin un minuto que perder— se ha vuelto patológica, y está detrás de buena parte de los trastornos psicológicos de nuestra época. ▬▬▬▬▬ XLSemanal. Siempre vamos con prisa y llegamos tarde… Alfredo Marcos. Tendemos a vivir angustiados, pendientes de lo que vamos a hacer a continuación. Hans Jonas lo llamó 'una temporalidad sin presente': lo que consideramos presente se ha reducido a un instante, una especie de filo entre el pasado y el futuro. Y en el filo de una navaja no se puede vivir. XL. Pero mucha gente quiere vivir el momento, exprimir cada instante. ¿Eso no es vivir en el presente? A.M. Eso es todo lo contrario. Lo que tienes es un presente deshuesado. Un instante que no dura nada. El presente real tiene duración. La de una buena conversación. La de una tarde con tus hijos en la que no estás pendiente de nada más. Aristóteles decía que se puede vivir y seguir viviendo en el mismo acto: el acto de vivir tiene duración, no es un punto en una línea. Eso es lo que hemos perdido. XL. También hemos perdido calidad de sueño, de lectura… A.M. Y todo está conectado. Si tienes el teléfono en la mesilla y suena una notificación, tu sueño se ha roto. Si intentas leer un libro pero cada dos páginas miras el móvil, no estás leyendo. Si estás cenando con tu familia pero pendiente de la pantalla, no estás cenando con tu familia. XL. Usted colabora con psicólogos. ¿Qué le cuentan? A.M. Que cuando ven entrar por la puerta a una adolescente ya saben que probablemente tiene autolesiones. Hay una generación entera que se está cortando como modo de control de una ansiedad difusa, ubicua. Un corte en el brazo, en cambio, es dolor concreto, procesable. Y la ansiedad, la depresión, la falta de atención, incluso las ideas suicidas están provocadas por un ritmo de vida marcado por las redes sociales y, a veces, por un acoso que dura veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Ya no se limita al instituto: te llevas al matón a casa. XL. ¿Tiene algo que ver con esto el boom de la vida contemplativa? A.M. He visto la película Los domingos y he seguido el debate. Hay muchos jóvenes que están hastiados de estímulos, de velocidad y que quieren tomar un desvío: salir de esta carrera y vivir a otro ritmo que permita más conversación, contemplación, cuidado. XL. ¿Pero no es muy radical encerrarse entre cuatro muros? A.M. No hace falta irse a un convento. Yo trato con gente joven en la universidad y en mi familia; algunos, muy enganchados a los ritmos tecnológicos. Si les dices que dejen el móvil, a los cinco minutos tienen taquicardias… Pero se les pasan. Y entonces descubren que se puede estar sentado un rato sin hacer nada. XL. La tecnología no ayuda… A.M. No se trata de demonizarla. Se trata de usarla con cierto desapego y no seguir a cuatro tipos de Silicon Valley que tienen una visión muy particular del futuro y la han convertido en misión para el resto de la humanidad. El futuro no se puede predecir… XL. Y si no pensamos en el futuro, ¿en función de qué organizamos la vida? A.M. Hay un dicho hebreo: «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». Cuando alguien te dice «va a pasar tal cosa», siempre se puede añadir: o no. Nuestra guía no puede venir de un futuro que no conocemos. Tiene que venir de lo que está a la vista de todos, de tratar bien a las personas que tenemos delante
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