El Plural
Este disco se siente a salitre antes de que empiece la primera canción. A viento isleño entrando por la ventanilla, a carretera que bordea el mar y a esa luz de Canarias que no ilumina, sino que revela. Quevedo no nos entrega El Baifo como quien enseña un álbum terminado, sino como quien aparece con las llaves en la mano y dice que subamos, que la ruta empieza ahora. Y entonces el coche arranca. No hay postal quieta ni paisaje colocado para la foto, hay barrio, curva, calor, verbena, Atlántico y memoria. Cada canción funciona como una parada en ese mapa emocional donde el reguetón, el merengue, el timple y el acento no decoran el viaje, lo conducen. El baifo del título es el personaje que cruza todo el disco, un muchacho que salió al mundo, escuchó el ruido de fuera y vuelve a su isla para comprobar si todavía se reconoce en ella. La primera parada es Está en Casa, y el título ya marca una posición. Quevedo no abre el álbum desde el escaparate de la fama, sino desde el lugar al que se regresa cuando todo se mueve demasiado rápido. En tiempos en los que buena parte de la música urbana parece competir por sonar cada vez más internacional, Quevedo toma la decisión de hacerse grande mirando hacia dentro. Caprichoso continúa dibujando al protagonista. El personaje no es dócil ni completamente maduro. Tiene orgullo, deseo, contradicciones y una forma de moverse entre la chulería y la fragilidad que Quevedo maneja bien. En su voz hay una seguridad reconocible, pero también una especie de cansancio joven, como si el éxito no hubiera resuelto todas las preguntas, sino que hubiera abierto otras nuevas. Ahí El Baifo empieza a encontrar su tono. No estamos ante un diario confesional puro ni ante una colección de himnos de discoteca. Estamos ante una historia de identidad contada con códigos populares. El tema que da nombre al disco coloca la palabra baifo en el centro del viaje. No funciona como simple guiño local, sino como símbolo. Quevedo se apropia de una expresión canaria y la convierte en personaje, en máscara y en espejo. El disco no se detiene a traducirlo todo para quien escucha desde fuera. Al contrario, invita a entrar en un lenguaje concreto, con sus sonidos y sus claves. Canarias deja de ser periferia para convertirse en punto de partida. Con Gáldar, junto a Tonny Tun Tun, el álbum se abre a la celebración. La canción tiene algo de plaza encendida y de música que no se piensa demasiado porque entra por el cuerpo. No se trata de mezclar por mezclar, sino de reconocer una relación histórica y sonora que atraviesa las islas. En ese cruce entre lo canario y lo latino, Quevedo encuentra una de las claves del disco. Su raíz no es cerrada, es porosa. Scandic cambia el paisaje. Aquí aparece el hotel, la noche de fuera, la vida del artista que ya no pertenece del todo a ningún sitio...
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