ABC
Conocemos la fotografía. El garrochista desmontado, la figura vertical y robusta ligeramente adelantada al caballo fino y esbelto a su izquierda. Ambos posan con ingénito señorío. El hombre sujeta con destreza la vara larguísima mientras del antebrazo opuesto cuelgan las riendas de la cabalgadura y en la mano se adivina un cigarro. Aunque la sombra de la breve ala del sombrero oculta los ojos en su semblante serio, los sentimos fijos en el espectador. Su actitud tiene un aire de desafío. Todo en derredor la tierra húmeda y olorosa, el campo sin confín que se dilata hasta el cielo. «Solo con mi caballo en la llanura…». La estampa nos devuelve a un tiempo y un espacio lejanos pero precisos, el mundo de Andalucía la Baja. ¿Quién fue este hombre que cantó ese mundo antiguo? Fernando Villalón-Daoiz y Halcón se nos presenta en un insólito caleidoscopio de facetas. Rafael Alberti resumió algunos de sus títulos: «Famosísimo ganadero sevillano de reses bravas, brujo, espiritista, hipnotizador, además de conde de Miraflores de los Ángeles y… poeta novel». Azorín lo calificó de «extemporáneo» a fuer de «genuino». Joaquín Romero Murube dijo de él que «desde el fondo de su sabiduría honda andaluza creía en todo y se reía de todo, unas veces ángel y otras demonio». Con símil taurino aplicado a su tardío oficio de poeta, Gerardo Diego lo definió como «el aficionado que de pronto se decide a vestir el traje de luces». Juan Ramón Jiménez, evocando los años compartidos en el colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María, advirtió ya de chico su «rara vergüenza poética». Como «brioso alanceador de romances» lo celebró Antonio Marichalar. «Arpa, garrocha y varita de la virtud, la vara mágica del zahorí alumbrador de aguas artesianas», conformaban según Adriano del Valle sus trebejos. En Fernando Villalón realidad y fábula rivalizan para vedarnos su secreto. Manuel Halcón, su deudo, reunió en forma de «apuntes para la historia de una familia» sus recuerdos de Fernando Villalón. Sin complacerse en el resonante anecdotario, mostró tras la extravagancia del personaje la encarnación de un tipo humano. Desveló un carácter. De este carácter la razón de ser fue el campo, que primero hizo de Villalón cazador, más tarde ganadero y, por último, poeta. El campo andaluz, su paisaje y su tradición vaquera, constituyeron la elemental poesía de su vida. Aquel supuesto empeño suyo, epíteto de su fama, de criar toros con los ojos verdes, a más de provocación ingeniosa, es metáfora de la poesía vital que lo inspiró. Y que lo empujó a la empresa de obtener, esto sí, toros fieros, broncos, difíciles, poderosos, que no se dejaran torear. Un propósito a contracorriente de los tiempos, cuando desde el 'Guerra', como recalca Manuel Halcón, en el campo habían empezado a mandar los toreros en vez de los ganaderos. Y cuando el gusto del público exigió lucimiento con el toro. Bien sabía Fernando Villalón todo esto. Y justo por ello porfió. 'Taurofilia racial', libro póstumo cuyo manuscrito, titulado 'De Re Taurina', Villalón termina en mayo de 1926, pretende «abocetar un estudio histórico-crítico» de la fiesta de toros. De un modo personalísimo, traza el arco de lo que llama 'taurinismo', «característica fuertemente burilada en el temperamento español», desde sus orígenes míticos hasta la retirada de 'Guerrita'. Ese año de 1926 tocaba a su fin la aventura ganadera en la que quiso que sus reses pisaran los mismos salitrosos pastos de la marisma del Guadalquivir por los que habían campado los toros bravíos de Gerión, vencido según cuenta la leyenda por Hércules, que le arrebató sus rebaños. Su esbozo taurino es prueba de esa fina sensibilidad, «firme, segura, ejercitada», que pedía José Bergamín para concebir el toreo. Contiene páginas magníficas, como las dedicadas a «una fiesta de toros en 1625». Y sugerentes percepciones sobre la génesis del toreo moderno y sus actores, entre los que otorga un puesto señalado al 'Espartero' como instintivo «precursor» de los nuevos derroteros en la cría del toro de lidia ('Joselito', el exterminador de toros) y el arte de torear (la heterodoxia de Belmonte). Las opiniones ahí vertidas las imaginamos enfatizadas de viva voz en tertulias y foros, gozándose de su personalidad, como de él dijo Manuel Halcón, y sin parar mientes en las enemistades que habían de granjearle sus certeros dardos. Que también esto era un mal negocio asimismo lo supo. Los tres libros de poesía ('Andalucía la Baja', 'La Toriada' y 'Romances del 800'), publicados en vida en el corto espacio de 1926 a 1929, son un florecimiento larga y hondamente gestado en la vivencia de Fernando Villalón. Pero el personaje literario ha podido opacar la obra, diversa y con entidad distintiva. Jacques Issorel, estudioso de su lírica, ha señalado sus características formales y sus temas, alejados de todo folclorismo o pintoresquismo. La copla, por ejemplo, Villalón no simplemente la reproduce, sino que la integra y la recrea con un designio propio. Como escribe Issorel, «pretende expresar lo inaudible de las músicas y cantos de Andalucía». Su hacer poético (inclusive el negocio de los toros) brotaba de una imaginación abierta, en frase de Manuel Halcón, «a lo que él amaba por encima de todo: lo extraño». Por eso la emoción de sus poemas es pura. Como en el romance 818: «Madre, cóseme esa hopa,/ que sea con tus mismas manos./ Hoy salgo para Valencia,/ mañana para el cadalso./ Que no te tiemble la aguja/ que nosotros no temblamos». Sobre el trasfondo histórico prevalece lo que el propio Villalón denominó «un momento anímico». Los últimos años, antes del triste final, son de amistad y correspondencia con otros miembros de la Generación del 27. La conmemoración de Sevilla fue incitación para 'La Toriada', dedicada precisamente a Ignacio Sánchez Mejías y en la que se ha observado la huella gongorina, aunque su aliento épico nos retrotrae a una antigüedad ancestral: «Selvática oración la de los toros/ al Sol…». Una savia terrestre que retumba en el estribillo clamado por el Coro de Bicornios: «¡Oh padre Gerión, que no vasallos/ seamos de los hombres y caballos!». No todos los toros de la estirpe tartesia fueron robados, declara el poema. De ellos quedó un resto. A diferencia del Coro de Eunucos (los bueyes) que los vitupera de «fatuos y cerriles» no han doblado la cerviz. Y espetan: «En la desobediencia/ al hombre, entregaremos a cornadas,/ nuestra cerviz sujeta/ no a yugos, y sí a espadas». Espléndidos en la «soledad marismeña»: extraños embajadores de la Quimera.
Go to News Site