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Hoy no me apetece escribir de lo mal que va el mundo. Hemos normalizado los más graves crímenes, aceptado que el destino del planeta esté en manos de sujetos que merecen el patíbulo, sujetos que han sustituido la diplomacia, la negociación y el compromiso por la exhibición de la fuerza bruta, haciendo del poder militar la exclusiva clave del orden que quieren imponer en su provecho. No me extraña que hayan surgido anuncios proféticos del fin que nos aguarda. Los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan entre nosotros: la guerra, el hambre, la muerte y el falso Mesías, el Anticristo. ¿Lo es el presidente Trump, que se jacta de ser príncipe de la paz a través de la destrucción? ¿O acaso Donald es sólo el adelantado de una era de despiadada depredación que requiere rápidos realineamientos porque el centro de gravedad geopolítico del Bien ha cambiado de morada? Juntos somos más fuertes, era el lema de Naciones Unidas, una de las victimas, al cumplir ochenta años.
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