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Jaime de Mora traicionó a su hermana, la Reina Fabiola, al vender su diario personal a Jesús Hermida y Jaime Peñafiel | Collector
Jaime de Mora traicionó a su hermana, la Reina Fabiola, al vender su diario personal a Jesús Hermida y Jaime Peñafiel
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Jaime de Mora traicionó a su hermana, la Reina Fabiola, al vender su diario personal a Jesús Hermida y Jaime Peñafiel

A finales de la década de los cincuenta, el Rey Balduino de Bélgica era considerado un soltero de oro de su país. Y aunque no dejaba de ser un joven feúco y solitario, varias princesas casaderas quisieron engatusarlo. Una de ellas fue Margarita de Inglaterra, hermana de Isabel II, con quien aquel no quiso casarse por diferencias religiosas. También lo intentó la infanta Pilar, que parecía cumplir el perfil para ser la elegida cuando se presentó en la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Sin embargo, Balduino acabó fijándose en la acompañante de la infanta, Fabiola de Mora y Aragón , una aristócrata poco agraciada, solterona y profundamente religiosa. Lo suyo fue un flechazo instantáneo y, según algunas fuentes, Balduino, que tenía ciertas carencias afectivas (a los cuatro años perdió a su abuelo, el rey, en un accidente de montaña y un año después padeció la muerte de su progenitora, la Princesa Astrid de Suecia, por culpa de un accidente de coche), encontró en la aristócrata española a una persona cariñosa y atenta, con un fuerte sentido del deber y que encima compartía su fe (su gran sueño era ser monje). Los dos decidieron vivir su apasionado noviazgo de forma discreta, y la noticia de su enlace, la primera boda real retransmitida en directo en televisión, pilló totalmente por sorpresa al pueblo español. «Aquello suscitó un interés mediático similar al que tuvo la boda de Felipe y Letizia. A mí lo que realmente me apasiona de esta historia es que Fabiola no estaba dispuesta a casarse sin querer al hombre antes que al rey. Quiso estar segura del paso que iba a dar, un paso que pudo haber dado años antes, cuando tuvo oportunidad de casarse con un diplomático que se había marchado a Washington pero no lo hizo porque no estaba dispuesta a renunciar a su familia, ni a dejar a su madre, que dependía mucho de ella. Cuando pensó en dar el 'sí', le dijo a Balduino 'este sí ya no tiene vuelta atrás'», comenta a ABC Nieves Herrero, que acaba de publicar 'La prometida', una novela de misterio con el plan orquestado por la iglesia belga para casar a Balduino como telón de fondo. El bodorrio se celebró en diciembre de 1960 en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula de Bruselas. De entre los regalos que recibieron los novios, el más polémico fue el que les dio Carmen Polo: una tiara antigua con incrustaciones de piedras preciosas. Al parecer, la esposa del dictador Franco había pagado una importante suma de dinero público por la corona, cuyos supuestos rubíes y esmeraldas no eran tales. «Se trataba de una tiara muy bonita que habían custodiado unas monjas durante la Guerra Civil», apunta la escritora y periodista. «Luego, un anticuario la compró y Carmen Polo, queriendo hacer un buen regalo a Fabiola en nombre del Gobierno y del pueblo español, la adquirió más tarde. Cuando los joyeros belgas evalúan todas las joyas que llevaba Fabiola, le dicen que lo de la corona no son rubíes y esmeraldas, sino vidrios. Ella se quedó muy sorprendida, aunque igualmente se la quiso poner en la recepción ofrecida la noche anterior a su boda, sobre todo por deferencia al pueblo español». Según comentaría años después la única hija de Carmen Polo, es probable que aquellas monjas vivieran durante el tiempo que duró la guerra de vender las piedras de la corona. También hubo controversia cuando Jesús Hermida y Jaime Peñafiel cometieron la osadía de sustraer el diario de Fabiola con el objetivo de leerlo y devolverlo antes de que ella se diera cuenta. Mientras la española se encontraba en Bruselas para ser presentada al pueblo belga y anunciar los esponsales, el bon vivant de su hermano, Jaime de Mora, decidió abrir el palacio a los periodistas, no sin antes recibir de sus manos un dinero, del que entonces estaba escaso. A su regreso de Bélgica, la entonces futura reina descubrió el pastel y se llevó un tremendo disgusto. «La denuncia, aunque fuera de una forma discreta, al entonces superpoderoso y temible ministro de la Gobernación, don Camilo Alonso Vega, no se hizo esperar, ni tampoco la consiguiente detención de los autores y la 'aparición del diario, entregado a dicho ministro en su despacho, adonde fuimos llevados Jesús y yo», escribiría luego Peñafiel, quien añadió que el contenido del diario nunca se usó. Semejante episodio estuvo a punto de crear un conflicto diplomático entre Bélgica y España. Como represalia, a Jaime se le prohibió asistir a la boda de su hermana, quien además le retiró la palabra durante muchísimos años. «No existió relación entre ellos hasta que ya ambos eran muy mayores y Fabiola decidió perdonarlo», cuenta Herrero, para quien la de los reyes de Bélgica fue una historia de amor verdadero. «Se amaron hasta después de la muerte. Cuando ella se viste de blanco en el funeral de Balduino [fallecido en verano de 1993, debido a una dolencia cardiaca que padecía desde hacía tiempo], lo hace porque piensa que los dos volverían a unirse en otra vida. La única espina que le quedó clavada a Fabiola fueron los cinco embarazos que tuvo y que no llegaron a término. Ella soñaba con darle un heredero a Balduino. Las monarquías necesitan el legado y la tradición, y aquella circunstancia era un problema. Ella lo estuvo intentando, hasta que ya los médicos le dijeron que seguir ponía en peligro su vida». La pareja no tuvo más remedio que resignarse a aceptar aquella circunstancia (Balduino anhelaba que su sobrino Felipe le sucediera en el trono, aunque finalmente lo haría su hermano Alberto), y una vez que estaban ante 700 niños a los que recibieron en el castillo de Laeken, el rey aseguró: «Nos hemos preguntado por el sentido de este sufrimiento; poco a poco hemos ido comprendiendo que nuestro corazón estaba así más libre para amar a todos los niños, absolutamente a todos». En 2012, dos años antes de su muerte, la reina viuda creó una fundación privada para atender a sus sobrinos y a fines católicos. Sin embargo, enseguida renunció a ella por las críticas recibidas en Bélgica por la sospecha de que con dicha institución buscaba esquivar el pago de impuestos. Esta fue realmente la única mancha en el expediente de una reina profundamente querida y respetada por sus súbditos.

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