La Opinión de Murcia
Esta semana, en una de esas noches suspendidas en el tiempo —cuando la casa baja el volumen y el brío se repliega—, mi hijo mayor cerró su libro y se quedó un instante en silencio —como quien escucha todavía el eco de una historia— y de pronto, se puso en pie sobre la cama de un salto, empezó a reír, a cantar, a celebrar. Había terminado un libro. Otro más para su lista. La suya. Y yo, desde la orilla de ese momento, sentí una felicidad limpia, inesperada, casi desbordante.
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