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La peste
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La peste

La peste no es solo una novela sobre una enfermedad: es una advertencia sobre la condición humana. Cuando Albert Camus la escribió, no hablaba únicamente de bacterias ni de ciudades sitiadas, sino de algo más persistente: la facilidad con la que el mal se infiltra cuando deja de parecernos extraordinario. El contagio no es solo biológico, es moral. Empieza con gestos pequeños: una negación, una indiferencia, una concesión que se justifica en nombre de la costumbre o la prudencia. Después se extiende. No irrumpe con violencia; se desliza. Así opera toda peste. Hoy no vemos ratas en las calles, pero sí discursos que colonizan el lenguaje y estrechan el pensamiento. No llegan como ruptura, sino como una deformación de lo conocido. Y ahí reside su fuerza: en parecer normales. La extrema derecha se ha infiltrado de ese modo, sin estridencias iniciales, hasta instalarse en lo cotidiano. Nadie la vio venir, y cuando quisimos reaccionar, ya estaba en el aire, amplificada por las grandes redes y asumida, en parte, por quienes decían combatirla. La peste no entiende de clases sociales: atraviesa por igual la mente de un juez, de un maestro, de un médico o de un trabajador cualquiera. Nadie es inmune . Porque el mal más eficaz no es el que se reconoce, sino el que se confunde con lo habitual. No nos salvarán los políticos ni los gurús. Nos salvaremos juntos o no nos salvaremos. La responsabilidad no se delega: cada conciencia es un punto de resistencia o de propagación . Y esa es la pregunta incómoda: ¿Y si la peste no es una anomalía, sino una posibilidad constante de lo humano? Hemos construido relatos de progreso y convivencia, pero basta una ligera presión para que se resquebrajen. Como si bajo la superficie persistiera una fragilidad estructural , siempre dispuesta a ceder al miedo, a la simplificación, al rechazo del otro. La peste nunca se ha ido. Solo cambia de forma, de lenguaje, de coartada . Y frente a ella, la única defensa real es incómoda y cotidiana: pensar, dudar, recordar. Mantener la lucidez cuando todo invita a abandonarla. Quizá no podamos erradicarla. Pero sí evitar que nos habite sin resistencia . Y eso, aunque parezca poco, es lo único que, una y otra vez, ha marcado la diferencia. ---------------------------------- Carlos Brage es socio de infoLibre .

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