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La tarde del 25 de abril de 1792, una multitud reunida en la Plaza de Grève, frente al Ayuntamiento de París, vio rodar la cabeza de Nicolas Jacques Pelletier, condenado a la pena capital por robo. El uso de la guillotina había sido aprobado un mes antes por la Asamblea Nacional francesa para que la muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”
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