El Plural
Desde el año 2000 se han exhumado más de 17.000 cuerpos de fosas comunes de la Guerra Civil y la dictadura franquista. El reconocimiento de quienes años después se hallan en cunetas es concebido por parte del país como un ejercicio de justicia para los familiares de cada una de estas personas, pero también como un imprescindible para la reconciliación con nuestra Historia, incluso con nosotros mismos. Sin embargo, cada vez se erigen más voces en un sentido contrario, amparado por los discursos reaccionarios de la derecha y la extrema derecha. Todavía resuenan las faltas de respeto del expresidente Aznar cuando hablaba de "huesos" para referirse a los restos de quienes lucharon por la libertad, así como las de otros dirigentes populares; una hoja de ruta que cobra fuerza con una ultraderecha necesaria para alcanzar gobiernos y que replican también y, posiblemente, sobre todo, los más jóvenes. "Yo fui apaleado por ser zurdo, y mi padre tuvo que dejar el colegio tras el asesinato de su padre" Emilio Silva nos atienda a punto de entrar en un colegio para dar una charla. "A veces hay una desinhibición de chicos que fantasean con que una dictadura sea una solución. Yo solo vengo a hablar de la historia de mi familia y la mía propia. Yo nací en el 65 y fui torturado por ser zurdo, apaleado en las escuelas del franquismo para obligarme a escribir con la derecha, y mi padre, a los 9 años, tuvo que dejar el colegio tras el asesinato de su padre para picar carreteras o cuidar rebaños con el objetivo de que su familia pudiera comer", relata. Silva, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y pionero en la exhumación e identificación de desaparecidos por la represión franquista, presenta Nébeda (Alkibla, 2025), una novela que tiene como eje principal, precisamente, a su abuelo; y a El Bierzo, una de las zonas más represaliadas por el bando sublevado y, después, por Franco. De Azaña, a un primo del duque de Alba: "Le señaló políticamente" El padre de su padre, llamado como él, nació en 1892 y emigró a Argentina primero, y a Estados Unidos, después. Hasta que en 1925 regresa a España, donde se queda al conocer a su mujer. Silva nieto cuenta que era "admirador de Manuel Azaña", lo que "le señaló políticamente" en Villafranca del Bierzo, donde dirigió una especie de ultramarinos. Su perdición, más allá de su conocida simpatía por la República y su militancia en Izquierda Republicana, fue escribir en un periódico local respondiendo a un primo del duque de Alba, algo totalmente inusual en aquellos años y que "causó revuelo". Con el tiempo contado para el Golpe de Estado de 1936, el del protagonista de la novela también lo estaba. "Villafranca es ocupada por tropas franquistas. La Falange se hace con el Ayuntamiento y empieza a cobrarle un 'impuesto semanal' bajo amenaza para mantener la seguridad de las milicias", expone. "Básicamente le obligaron a pagar su propio asesinato"...
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