El Comercio
Hay huellas que no se ven, pero cambian el destino de las personas, aunque pocas veces nos detenemos a reconocerlo. No llevan firma, no hacen ruido y permanecen en la memoria de quienes aprendieron a leer el mundo gracias a una voz paciente, a una mirada comprensiva y a una mano que sostuvo el miedo hasta convertirlo en confianza. Esa huella tiene nombre y se llama maestro.
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