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Decenas de jóvenes y no tanto, muchos de ellos extranjeros, se reúnen en un local de uno de los barrios de moda de la ciudad. Leen, juegan a cartas, pintan, charlan, toman notas. No hay móviles sobre las mesas ni nadie está abducido por su pantalla. Los terminales, de hecho, permanecen bajo llave, en una caja de caudales en la entrada del salón.
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