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Se dice que es una guerra sin vencedores. Sin embargo, una buena parte de la prensa internacional declaró un derrotado: Donald Trump. Ello porque el régimen iraní surge con un cierto control de la escena. Al menos hasta ahora, sobrevive la guerra con su estructura de dominación intacta, control del estrecho de Ormuz y conserva su material nuclear. De hecho, apenas horas pasaron entre la amenaza de «destrucción de la civilización iraní» y las diversas treguas y subsiguientes zigzagueos. Nunca termina de sorprender la ilimitada capacidad de absorción del sufrimiento que tiene la teocracia iraní, asimilado en el aparato del Estado o distribuido en la sociedad. De hecho, su élite política hoy está dividida, su infraestructura de defensa disminuida y su inteligencia decimada, pero su enemigo principal está en casa: la población civil desarmada. Así resiste desde el mismo comienzo de la revolución. La guerra con Irak entre 1980 y 1988 ilustra el punto; una guerra de desgaste que tampoco tuvo vencedores. No obstante, Irán pagó el precio más alto: un millón de vidas y cuatro millones de heridos. Irak propuso un acuerdo en 1982, pero los mulás prefirieron continuar con la guerra. Ello no afectó la solidez del régimen; al contrario, lo abroqueló, justificando su belicismo y fortaleciendo el culto a la inmolación Lo anterior se complementa con una implacable violencia, su propensión estructural a infligir daño. En enero pasado el mundo fue testigo de la sangrienta represión en las calles de muchas ciudades del país. Nótese que en 2025 el régimen ejecutó a más de 1.600 personas y a 657 solo en el primer trimestre de 2026. Ello ha sido práctica habitual desde los primeros días de la revolución. Miles de personas fueron ejecutadas entonces; prostitutas, homosexuales, adúlteros y funcionarios del sah. El Estado necesitaba ser «purificado», decía Jomeini. Irán es uno de los países con más ejecuciones en el mundo. Absorber el sufrimiento y promover la violencia explican el lugar estratégico asignado al programa nuclear. Dichos factores constituyen el núcleo conceptual de su política exterior, la que conduce desde el Estado y la que subcontrata con una red de organizaciones no estatales igualmente violentas, sus ‘proxies’. Dicha red comprende a Hizbolá en Líbano y Siria, Hamás en Gaza, Kataib Hezbollah en Irak, Al Ashtar en Baréin y los Hutíes (Ansar Allah) en Yemen. Teherán lo llama el «eje de la resistencia». Léase, «eje del terrorismo global». El récord de Hizbolá habla por sí mismo desde 1982. Ya sea derribando aviones comerciales en Atenas o en Kuwait, atacando restaurantes en Madrid, asesinando al ex primer ministro libanés en Beirut y a diplomáticos en Turquía o en Bangkok, ejecutando ataques suicidas en Bulgaria, atacando embajadas y diplomáticos israelíes, saudíes o americanos, entre otros actos terroristas. Y también en América Latina, donde se cuentan los ataques contra la embajada de Israel y la AMIA en Buenos Aires, el asesinato del fiscal del caso, el ataque contra el vuelo de Alas Chiricanas en Panamá, y los fallidos atentados contra sinagogas y centros comunitarios en São Paulo. En relación a América Latina, una investigación de la DEA iniciada en 2008 –el ‘Proyecto Cassandra’– demostró el vínculo orgánico entre el narcotráfico y el terrorismo yihadista. Grandes sumas de dinero eran lavadas en las Américas para luego terminar en Líbano. Sin embargo, durante la preparación del acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015, el gobierno de Obama ralentizó Cassandra para no entorpecer las negociaciones. Con ello, Hizbolá expandió su capacidad financiera y operativa, y Teherán profundizó su influencia política y militar en el hemisferio; por ejemplo, en la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo Morales y la Argentina de Cristina Kirchner. Ello arroja luz sobre otra dimensión de la estrategia global del régimen iraní en una región que no tiene relevancia económica –su comercio con América Latina no llega al 5 por ciento del total– ni tampoco representa amenaza alguna para su seguridad. Ocurre que está cerca de Estados Unidos. El acuerdo nuclear, JCPOA por su sigla en inglés, exhibió debilidades. No era una prohibición permanente de proliferación, solo una pausa temporal. Incluía cláusulas de expiración que permitían a Irán reiniciar el enriquecimiento de uranio en un futuro cercano, el cual continuó aún bajo el JCPOA. No impuso restricción alguna a su programa de misiles balísticos, el cual se aceleró con recursos provenientes del levantamiento de sanciones estipulado por el mismo acuerdo. Hoy sabemos que los misiles balísticos de Irán pueden llegar a Europa. Sería el transporte obvio de una bomba nuclear. El acuerdo tampoco especificaba nada sobre las actividades criminales y terroristas de Irán . Y aunque el JCPOA exigía adhesión al 'Protocolo adicional del tratado de no proliferación nuclear', Irán eludió constantemente su cumplimiento y jamás actuó con transparencia y buena fe con las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Estas fueron las razones invocadas por la primera Administración Trump en mayo de 2018 para retirarse del acuerdo. El JCPOA simplemente empujó el problema hacia adelante, dejando una onerosa hipoteca de seguridad sobre los hombros de futuros gobiernos, sean del partido rival o del propio. De hecho, en la campaña de 2020, Biden prometió reincorporarse al acuerdo, «renovando el compromiso con la diplomacia y trabajar con nuestros aliados para fortalecerlo y extenderlo». Pues, no fue posible. Su propio secretario de Estado, Anthony Blinken, aseguró en enero de 2021 que «Irán podría estar a semanas de tener suficiente material para desarrollar un arma nuclear». Irán jamás interrumpió del todo el proceso de enriquecimiento de uranio y aceleró el programa de misiles balísticos bajo el propio JCPOA. Esa es la violenta teocracia iraní, con una visión apocalíptica para la cual ninguna estrategia de apaciguamiento ha dado resultado. Persia, una civilización milenaria con una historia de excelencia en poesía, matemáticas y medicina, entre otras artes y ciencias, hoy está sojuzgada por una secta oscurantista y totalitaria cuya política exterior exporta terror. La comunidad internacional no parece haber tomado verdadera conciencia de lo que significaría un arma nuclear en manos de ese régimen criminal. He ahí la discusión fundamental acerca de esta guerra, no las supuestas extorsiones de Netanyahu y las contradicciones de Trump sobre las cuales leemos a diario.
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