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De todas las tradiciones inventadas en las últimas décadas, la del Sant Jordi que regala libros y rosas es la más simpática. En Barcelona se hacía, que recuerdo habérselo oído a un mayor en mi infancia o adolescencia. Pero en otros lugares hubo que esperar décadas para tener esa formidable animación a la lectura y a la floricultura. Tan grande ha sido el empeño que, diríase, sólo se compran libros ese día y que, sin él, vacuo sería todo intento de perseverar en la perfumada costumbre de la lectura. Tanto es así que he padecido tal saturación de noticias en radios y redes que a punto he estado de retirarme del nefando vicio de las palabras impresas -lejos de mí esa ordinariez del libro electrónico-. Al final, tanto amor me parecía maniobra de marketing o de desocupados, incapaces de distraer sus ocios con las buenas letras. Parece que lo he superado. Con la ayuda de un libro, por supuesto, que las rosas no sirven especialmente para esto. De hecho, escribo este artículo en la tarde de Sant Jordi.
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