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Una caseta cualquiera
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Una caseta cualquiera

Si se omiten los nombres en estas crónicas feriantes es por no dejar mal a los actores secundarios. Por ejemplo, podría fardar aquí de amistad con los protagonistas de este artículo y resaltar su parentesco con uno de los primeros presidentes del Real Club de Andalucía, vulgo 'El Aero', y con su hermano, que tuvo la luminosa idea de relanzar la Feria en sus años de declive invitando a Ava Gardner. Pero no nació uno para el postureo sevillí, qué vamos a hacerle, ni guardo en el armario más corbata que la que luzco en bodas o bautizos (no me hagan la putada de invitarme a una comunión); suelo frecuentar las casetas de la gente elegante de verdad, que es la que no exige código de vestimenta, y mi dilecto vecino (por partida doble) sabrá perdonarme. Así, ese paraíso de un módulo con nombre de sociedad secreta anarquista. Una caseta particular con historia, que inauguró el Real de Los Remedios tras estrenarse en El Prado, nos remite de momento a la Literatura y a la geopolítica, puesto que los episodios de la rivalidad ancestral entre familias propietarias –Montescos y Capuletos, los llaman– debería narrarlos Shakespeare y el pasillito por el que se accede al aseo exclusivo para socios es un Estrecho de Ormuz en miniatura, con su controles y sus peajes y sus bloqueos y su minado y sus cañonazos. Allí dentro, dispararon en su día la facturación del sector agrario colombiano papás (y mamás) que hoy alertan a sus criaturas sobre el peligro mortal de respirar si hay un cigarrillo encendido en un kilómetro a la redonda y todavía rondan apacibles yayos que cuando entonces no pinchaban sevillanas en el radiocasete, ya que en la banda sonora de sus vidas reinaba Ska-P, el grupo de Vallecas que cantaba aquello de «¡Lega-legalización! Cannabis de calidad y barato». No hay modo de vida más saludable que el disfrute sin complejo de culpa, y que revienten los curas preconciliares, los nutricionistas, las tías solteronas y eso que se escribe 'coach' pero se pronuncia 'estafador'. En esos pequeños universos donde no rige más etiqueta que pasárselo bien, y no en la liturgia impostada e inventada por la facción más clasista de la ciudad, reside el espíritu de la fiesta: van mis amigos por la cuarta generación de feriantes y los chicos aún adolescentes que perpetuarán la tradición ya saben por qué el lunes sólo los socios cenan pescado frito –»ir a por un cartucho entonces era como hoy pedir una pizza», ésa es la explicación– y que los cabales, como esos capillitas sabios apostados sin bulla en Mateos Gago o en Gravina a la una de la madrugada, disfrutan más si saben esperar hasta casi el final que si les puede el ansia ordinaria de los primeros días o sucumben a la horterada de la pre-Feria. ¿O acaso no se estaba a gustito almorzando ayer a las dos de la tarde, con media Sevilla en Matalascañas y la otra media harta de ibuprofeno? Cualquier caseta nunca es una caseta cualquiera, sino todo lo contrario. Cada una de esas casetas particulares es un retablo de la Sevilla del momento, una pasarela por la que desfilan los personajes que escriben la historia de la ciudad o, por resultar menos pretenciosos, ésos que colorean nuestras biografías. Este año tampoco me he pasado por allí, querido, pero me encomiendo a Paco Gandía para hartarme de reír con los casos verídicos que hayan sucedido durante la semana.

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