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Marc Vidal, inversor: "En España, los alquileres han subido un 92% desde 2016, mientras que los salarios solo lo han hecho un 24%" | Collector
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Marc Vidal, inversor: "En España, los alquileres han subido un 92% desde 2016, mientras que los salarios solo lo han hecho un 24%"

La sociedad ha transitado de forma silenciosa desde una civilización que aspiraba a poseer a una que se conforma únicamente con acceder. Este patrón, como analiza el inversor Marc Vidal, atraviesa la economía, la política y la cultura, dibujando un futuro donde dejamos de ser dueños para convertirnos en usuarios de todo. Este fenómeno se apoya en dos motores simultáneos: un sistema que se beneficia de ciudadanos predecibles y una cultura que ha aprendido a sentirse cómoda en esa dependencia. El ejemplo más doloroso de esta transición es la vivienda. En España, los alquileres han subido un 92% desde 2016, mientras que los salarios solo lo han hecho un 24%. Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, el alquiler medio ya equivale al 92,3% del sueldo de un joven, lo que convierte la compra en una meta casi inalcanzable al exigir el 64% de sus ingresos mensuales. Vidal subraya que esto no es un fallo de los mercados libres, sino el resultado de mercados capturados. Décadas de políticas monetarias de tipos de interés ultrabajos, regulaciones urbanísticas restrictivas y normativas obsoletas han reducido la oferta y han inflado los precios de los activos, beneficiando a quienes ya tenían capital. Los fondos de inversión han encontrado en la vivienda un refugio favorecido por incentivos fiscales, consolidando un mercado que, según Vidal, "lleva décadas sin ser realmente libre". Un estudio de la Reserva Federal de San Francisco confirma esta idea: los precios suben donde se concentra el capital. Mientras, un informe de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios de EE.UU. revela que la generación de los 60 compra más viviendas que los millennials, pagando al contado con patrimonio acumulado. Como consecuencia, el 84% de la Generación Z está retrasando decisiones vitales a la espera de poder permitírselas. El modelo de suscripción, que empezó en el software y hoy abarca desde el transporte hasta la vivienda, promete flexibilidad a cambio de un pago constante que nunca genera propiedad. Este sistema perfecciona la idea que Aldous Huxley ya avanzó en 1958: la servidumbre más efectiva es aquella que los esclavos aman. "La dependencia más duradera es la que se disfraza de comodidad", advierte Vidal, acuñando el concepto de servidumbre voluntaria. A la dependencia económica se suma la política, lo que el pensador Alexis de Tocqueville describió como despotismo blando. Se trata de un sistema de cuidado excesivo que, a fuerza de proteger al ciudadano, le despoja de su capacidad de decidir. Un individuo que no decide sobre lo que dice, la educación de sus hijos o su plan de pensiones se convierte en un ciudadano predecible, administrable y dependiente, controlado no por cadenas, sino por formularios y el miedo a la exclusión social. Frente a la imposibilidad de alcanzar la estabilidad, parte de las generaciones jóvenes desarrollan una "anestesia cultural". Narrativas como la soft life o la priorización de experiencias funcionan como un mecanismo de resignación. "Una sociedad que ha aprendido a no querer poseer nada es mucho más fácil de gestionar que una que exige las condiciones para serlo", explica Vidal. Esta "infancia eterna", sin propiedad ni responsabilidad, es el resultado más funcional para el sistema. Este patrón de dependencia se replica a escala geopolítica. Europa, por ejemplo, subcontrató su seguridad energética a Rusia y su capacidad manufacturera a China, mientras depende digital y militarmente de Estados Unidos. Países enteros han cedido soberanía real a cambio de un acceso cómodo, convirtiéndose en usuarios en lugar de dueños de su propio destino estratégico. El resultado es una forma de neofeudalismo moderno, donde una minoría posee los activos reales y una gran mayoría paga por acceder a ellos mes a mes, sin acumular patrimonio. No se trata de una conspiración, sino de una convergencia de intereses entre plataformas, gobiernos y una cultura que ha encontrado en la renuncia una virtud. La responsabilidad, concluye Vidal, es compartida, y el primer paso para cambiarlo es la lucidez para cuestionar un sistema que se alimenta de nuestra propia complicidad.

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