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Domingo de Feria: Las sevillanas del adiós se cantan en chino
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Domingo de Feria: Las sevillanas del adiós se cantan en chino

«¿Adónde vas, luna, tan triste y solita?». Podrían haberle cantado la letra de la sevillana de Sal Marina a alguna de las solitarias flamencas que cruzaban a mediodía de este domingo de Feria la portada desafiando el cansancio acumulado y el dineral gastado durante la semana. La desbandada, bien a casa o a la playa, fue la tónica general del último de los días de farolillos en Los Remedios. Las bullas de principios de semana, que fueron desapareciendo de forma paulatina conforme pasaban los días, dieron paso el domingo a un real de la Feria muy tranquilo y con poca afluencia de público, como suele ocurrir en los estertores de la segunda de las fiestas de primavera. Eso sí, había poco público , pero muchos, muchísimos chinos. Tanto es así que casi había más chinos que sevillanos . La gran expedición del gigante asiático, además, lucia más mimetizada con la estética de la Feria que el propio público local. Mientras muchos sevillanos optaron en esta ocasión por vestir ropa más fresca e informal, cambiando ellas el traje de flamenca por el vestido o la blusa y el pantalón, y ellos el traje de chaqueta por la camisa y el chino, podían verse grupos de decenas de chinas vestidas cada una con su vestido de volantes, mantón y flor en la cabeza. Otros optaban por el traje de corto y el paseo en caballo, logrando milagrosamente no caerse de lo alto del animal. Al menos ninguno iba desnudo y borracho, algo que no pueden decir todos los sevillanos. En lugar de en castellano, las últimas sevillanas de la Feria podrían haberse cantado en chino, que así las habrían entendido mejor los entusiastas asistentes del lejano Oriente. No en vano, los Cantores de Híspalis tradujeron, en este caso al japonés, la letra de su sevillana más célebre, que pasó de ser 'A bailar, a bailar' a 'Odore Feria'. En el país nipón sienten devoción por nuestra música. ¿Para cuándo una versión en mandarín? Pascual estaria bien contento. Dejando a un lado a los chinos, el grueso del público que había en la Feria estaba constituido por familias con niños que aprovecharon para comer en las casetas sin las apreturas y colas de otras jornadas. También fue el momento de pasear por el real sin que aquello se convirtiese en una carrera de obstáculos para los carritos y, sobre todo, para dejarse los dineros en la Calle del Infierno antes del golpe de realidad del lunes. De hecho, bastaba darse una vuelta por la ciudad efímera para ver como, mientras las casetas se quedaban vacías, los cacharritos concentraban gran parte del público del día con largas colas para subirse en algunas de las atracciones más icónicas. Unos niños disfrutaban de un algodón de azúcar más grande que sus cabezas sin acusar el hastío del final de la Feria: sus grandes ojos abiertos se asombraban con cada cosa que veían, desde cada giro del ratón vacilón hasta los caballos que asomaban por la esquina de la calle Costillares. Pero entre los adultos sí hacía mella el acumulado de tantos días. Las caritas de cansancio de los camareros y encargados de los servicios de catering de las casetas lo decían todo. « Vamos a echar el resto . Pero hay que echarlo, y queda todavía», apuntaba uno mientras servía dos jarras de rebujito y una cerveza sin alcohol (para que digan que no notaba el paso de los días). «Llevamos sin parar desde la comida de socios del domingo pasado. Esto tendría que durar la mitad, porque todos los bolsillos no aguantan una semana», decía entre risas la portera de otra caseta. Sus ojeras eran más largas que la cola de taxis de la noche anterior. Pero no sólo le pasaba a los que tenían que trabajar, sino a buena parte de los feriantes que resistían en el día de los valientes.   Lo cierto es que el domingo de Feria se tira más de voluntad que de fuerza física. También influye lo que los más jóvenes denominan 'fomo' y el orgullo de hacer pleno. El Ibuprofeno en barra se ha terminado tras horas de embadurnamiento a lo largo de la semana y el personal -el afónico cronista incluido- se ha tomado tantos caramelos de miel y limón para la garganta que ha llegado a empacharse. La vida son dos días, pero la Feria, siete. Las cuentas no son sencillas, como tampoco lo es cumplir con aquella sevillana de Albahaca, la de vivir la Feria los siete días. No es frecuente tanta alegría como la que hemos vivido esta semana. La tarde iba avanzando y el sol, huidizo los anteriores días, lo inundaba todo. El calor apretaba un poco y las feriantes se aliviaban con abanicos que rezaban 'Pasa la vida' mientras un padre enseñaba a su hija pequeña a bailar sevillanas. Algún día será esa flamenca que apenas levanta dos palmos del suelo la que lo buscará a él para recordar su infancia a golpe de careo. Conforme pasaban las horas, la Feria iba poco a poco dejando de latir en una suerte de muerte anunciada. La caseta de los Náufragos era un auténtico naufragio. Y como ella, tantas otras. En algunas incluso ya estaban recogiendo y desmantelándolo todo cuando el sol aún seguía bien alto iluminando el albero de Los Remedios. En otras casetas, las que menos, se aferraban a la celebración desgañitándose hasta el último instante. Las más pobladas eran las públicas, todo un compendio de turistas de distintas nacionalidades, visitantes casuales y feriantes jartibles que ya habían cerrado antes media decena de casetas. El sol acabó cayendo y los farolillos, algunos de ellos maltrechos por el agua de hace un par de noches, se encendían por última vez antes del gran colofón: los fuegos artificiales que durante un cuarto de hora teñirían de color y fantasía los cielos de Sevilla al llegar la medianoche con las miradas expectantes y casi sin parpadear de pequeños y mayores. Aún quedaba más de un chino intentando encontrar el compás para tocar las palmas mientras se afanaba en entonar aquello de que « algo se muere en el alma cuando un amigo se va». Las sevillanas del adiós golpean de una forma diferente cuando la Feria se adormece y todo se apaga. Se van los farolillos y también se van las papas por la manzanilla y el fino. Pero quedan, además del cansancio y los restos albero en los zapatos, los felices recuerdos que durante un año forjarán la ilusión renovada por una nueva primavera. Por algo Sevilla es esa ciudad que disfruta como ninguna otra de la espera por sus días grandes.

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