Noroeste
Frasua Esquerra y Nayeli Roldán Erik Saracho , director de la Alianza Jaguar A.C., comenzó su activismo por la conservación del jaguar en el occidente de México, pero tiempo después se dio cuenta de que no era lo único que peligraba. Al proteger el hábitat de este felino, terminó enfrentándose a los poderes fácticos de la costa de Nayarit, algo que, por poco, le cuesta la vida. “El territorio es lo común, ¿no? Es lo de todos, es el legado, es lo que vas a dejar, es lo que te incluye, me incluye, nos incluye a todos”, dice Saracho al explicar por qué se convirtió en defensor del territorio. El 11 de marzo al amanecer, sufrió un atentado afuera de su casa. La huella de ese ataque está en su brazo derecho, donde recibió los impactos de bala. Animal Político conversa con él un mes después, aprovechando su visita a la Ciudad de México. Vino a realizar diligencias sobre su caso y entre sus actividades, ofreció una conferencia de prensa para denunciar las agresiones contra defensores de derechos humanos en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez. Alto y de mirada afable a pesar del trauma vivido, Saracho descansa el brazo sobre dos almohadas amarradas que forman un enorme cojín. Sigue la recomendación del doctor de mantener el brazo levantado y moverlo lo menos posible. Insiste en que continúa con vida por una razón: seguir luchando. El comienzo del activismo Su vocación comunitaria comenzó hace más de 20 años, cuando siendo comunicador se dio cuenta de que el sistema de consumo operaba ignorando el impacto ambiental, haciéndonos caminar “a ciegas de manera muy torpe acabándonos el mundo”. En los años 90, mientras radicaba en Puerto Vallarta, inició promoviendo la responsabilidad sobre el desecho y la biodiversidad, ofreciendo en 1997 el primer taller de manejo integral de residuos sólidos en San Pancho. A partir de ahí, su activismo ha incluido la defensa por el agua, el derecho de las comunidades a mantener sus semillas ancestrales libres de manipulación genética e incluso la protesta contra las pruebas nucleares francesas en Mururoa, advirtiendo sobre la condena de “50 mil años de radioactividad”. Sin embargo, su primera gran defensa frontal, recuerda, no fue puramente ecológica, sino social, cuando denunció las redes del millonario norteamericano Thomas White por explotar sexualmente a niños de la calle, un caso que lo puso en riesgo. “Cuidado, estás metiendo temas que van a poner en riesgo tu vida”, dice que le advirtieron en aquel momento. Por ello, el activista tomó la decisión de migrar a San Pancho, Nayarit. Al establecerse en su nuevo hogar, Saracho encontró la necesidad de conservar a los jaguares frente a amenazas como el cambio de uso de suelo y la extracción de materiales. Sin embargo, al proteger ecosistemas como lagunas costeras, ríos y playas, que al mismo tiempo son bienes nacionales, chocó con los grandes intereses del desarrollo turístico inmobiliario en el occidente de México. Saracho explica esta dinámica advirtiendo que, a mayor interés económico sobre los recursos naturales, más organizados son los poderes que enfrentar, señalando que incluso autoridades como la Profepa se ven rebasadas. Sin embargo, cuestionar el desarrollo turístico e inmobiliario trajo consigo una fuerte embestida para silenciarlo, utilizando primero los tribunales y, finalmente, las armas como ocurrió el 11 de marzo. Al denunciar a las empresas que construían sobre bienes nacionales y playas, Saracho se enfrentó a grandes corporaciones que buscaban acallar su activismo. El defensor detalla cómo un constructor utilizó “lo que le llaman un slap suit, una demanda legal estratégica contra la participación pública”, mediante la cual sacó un caso civil hacia el estado de Jalisco, congeló las cuentas bancarias de la asociación durante ocho años e impuso una “ley mordaza” que le prohíbe emitir declaraciones específicas hasta que se dicte una sentencia. A la par de esta parálisis impuesta en los tribunales, las empresas constructoras han perfeccionado tácticas financieras para cooptar y manipular a la población local. Saracho señala que los empresarios emplearon tácticas de manipulación para poner a la población en su contra. Entre ellas, difundieron que por cada departamento vendido en los edificios que construían —sin estacionamientos y en violación de la ley— donarían 100 mil pesos a una escuela secundaria pública de la zona. El atentado La escalada de tensiones por el territorio derivó en una amenaza de muerte contra Saracho transmitida a través de su asistente directa, quien recibió una llamada telefónica en la que le advirtieron: “Hiciste molestar a gente muy importante; te están siguiendo y tienen permiso de matarte”. Apenas dos días después, el activista fue víctima de un intento de asesinato a las seis de la mañana en las calles de San Pancho, en Nayarit. (Describir un poco cómo es: sitio turístico, aparentemente tranquilo, un pueblo de pocas calles con locales para ir a comer, hospedajes, clases de yoga, para que sea vea el contraste, sugiero). Saracho no tiene dudas sobre la naturaleza del ataque. “Fue un encargo a gente que sabe matar... no es alguien improvisado”, dice el activista. Analizando este crimen desde su perspectiva social, el activista asegura que el impacto lo trasciende, pues el agresor “le dio un balazo no solamente a mi persona, sino al destino turístico, a las inversiones, a la credibilidad del lugar y a la paz y a la credibilidad de las instituciones a todos los niveles”. Pese a la gravedad del atentado, Saracho se rehúsa a compadecerse y mantiene su compromiso. Sostiene que el privilegio de haber sobrevivido conlleva la responsabilidad de seguir trabajando por su entorno. Rechaza tajantemente la idea de jubilarse anticipadamente sin aportar más, pues considera que “la vida es para hacer algo”. Con la convicción de que aún hay oportunidades para mejorar el entorno, descarta abandonar el territorio nacional debido al profundo amor que le profesa, concluyendo firmemente que México “es el mejor país del mundo, por eso nacimos aquí... y creo que vale la pena defenderlo”. Sin embargo, el atentado le cambió la vida. Ahora, incluso, por motivos de seguridad ha tenido que cambiar de casa. Una vez más, abandona el municipio donde había echado raíz y del que se había convertido en parte fundamental.
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