ABC
Ya soy esa persona que habla con sus amigos sobre la lupa de Instagram: si en tu biblioteca está lo que te gustaría ser, en la lupita está todo lo que detestas ser, o al menos todo lo que querrías ocultar en las cincuenta primeras citas. Por ejemplo: ¿qué clase de persona hay que ser para que un algoritmo te recomiende vídeos de lavados de oído? ¿Y para que luego te ofrezca un corte de una entrevista de Antonio Gala? ¿Y por qué después pasa a un restaurante colombiano en el que te sirven el postre en las manos? No quiero saber el motivo por el que después me enseñó a una pareja de argentinos ordenando sus zapatos en el canapé de su cama. Freud imaginó que en el subconsciente de los hombres se escondían sus grandes conflictos sin resolver, familiares o no, pero lo que habita ahí es un chef japonés cocinando una tortilla con dos palillos, un peluquero de perros deshaciéndole los nudos a un yorkshire y un calisténico con las manos destrozadas por su reto de hacer una dominada más cada día desde el 1 de enero. El algoritmo estimula partes de nosotros que no sabíamos que existían, y de las que aún desconocemos su sentido. Me consuela pensar que ahora mismo, en todo el mundo, miles de creadores de contenido están explorando esas profundidades del alma humana para iluminarlas un poco más con su pantalla: esa es la aventura de nuestro siglo, y el negocio. No podemos volver a descubrir América, pero sí la popularidad del capibara. Julie Jeppson, madre de ocho hijos y youtuber familiar, contó en 'The Economist' que los vídeos que más le funcionan son en los que ellos se hacen daño: «las hemorragias nasales, los brazos rotos o las visitas a urgencias». En el mismo reportaje, recordaban que un 'papinfluencer' grabó a su hijo mientras sufría un ataque epiléptico, en lugar de llamar inmediatamente a una ambulancia. También hay historias de gente que ha tenido más hijos para no perder contratos con sus marcas: se gana tanto dinero anunciando cochecitos y pañales en redes sociales... Es difícil grabar tu vida y no acabar siendo un actor, o peor, un productor de televisión que necesita que ocurran cosas para alimentar a su audiencia. Así que hay quien crea hijos como quien crea contenido, una consecuencia perfectamente lógica para quien entiende la realidad como 'reality'. Cuando nada parece un trabajo, todo lo es.
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