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Elche vivió 1888 como una ciudad llena de contrastes. La prensa de la época hablaba de obras, de fiestas, de proyectos de mejora, de visitantes que llegaban atraídos por los palmerales y de una población que quería verse a sí misma como moderna. Pero, al mismo tiempo, aquellas mismas páginas dejaban ver una realidad bastante menos amable: el campo sufría, las cosechas se perdían, los jornaleros quedaban expuestos a la miseria y el paludismo se extendía con una fuerza inquietante.
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