ABC
Durante casi veinte años, 'El diablo viste de Prada' se mantuvo en ese lugar reservado a las películas que no envejecen, porque nunca terminan de irse del todo. No era únicamente una comedia sobre tacones imposibles o silencios cortantes dentro de la redacción de una gran revista de moda. Era también una película sobre el poder, la ambición y sobre esa pregunta incómoda que sigue atravesando a toda una generación: cuánto está alguien dispuesto a sacrificar para llegar a donde quiere, o para mantenerse donde ya está. Por eso la idea de una secuela parecía casi una herejía. David Frankel , director de la película original de 2006 y también de la segunda entrega que se estrena este jueves en España, lo explica con claridad y sin nostalgia en una amena conversación con ABC en Londres. «Resistimos cualquier impulso de hacer una secuela durante casi dos décadas», explica. Pero él, la guionista Aline Brosh McKenna y la productora Wendy Finerman sintieron que había preguntas por responder. «Teníamos curiosidad por saber dónde están estas mujeres ahora. Dónde estaba Nigel, qué ha sido de ellos, qué aventuras han vivido», dice el director, que añade que querían saber, además, «qué sacrificios han tenido que hacer para mantenerse en sus carreras y cómo van a afrontar los desafíos de este panorama mediático en transformación». La secuela estaba en las respuestas. No en el regreso de los abrigos impecables ni en el sonido de los tacones sobre el suelo de la redacción de 'Runway', sino en observar qué ocurre cuando el poder envejece y debe enfrentarse a la posibilidad de dejar de ser imprescindible. «Vimos periódicos y revistas cerrando y nos preguntamos, ¿qué estaría haciendo Miranda? ¿Cómo navegaría este paso del papel al mundo digital? ¿Y cómo sigue trabajando con más de 70 años?». Así, Meryl Streep vuelve a meterse en la piel de Miranda Priestly, y junto a ella regresan Anne Hathaway como Andy Sachs, Emily Blunt como Emily Charlton y Stanley Tucci como Nigel, el mismo cuarteto que convirtió la primera película en un fenómeno cultural más amplio que una comedia de éxito. «Solo después de hablar con ellos, y que todos dijeran que sí, que querían hacerlo, fue cuando fuimos al estudio». Volver, sin embargo, no ha sido una experiencia sencilla. Frankel habla del rodaje con afecto y emoción, pero también con el peso evidente de unas expectativas enormes. «Me encantan los personajes. Me encantan los actores. Me encanta el equipo técnico. Así que para mí toda la experiencia fue una alegría, excepto por el peso aplastante de las expectativas, que hizo todo un poco intimidante». Y a pocos días de comprobar cómo responde el público, la inquietud sigue ahí: «Sigo nervioso, sí… Obviamente tengo esperanza, pero esto es Hollywood y nadie sabe nada». La película llega, además, en un momento marcado por guerras, incertidumbre económica y ansiedad política que convierten una historia sobre glamour en un territorio sospechoso, con la crítica recurrente de superficialidad. «Sí, esa siempre es la crítica a cualquier película que trate sobre moda», reconoce, pero matiza que aunque «la moda, en cierto modo, es superficial, también es cómo nos representamos a nosotros mismos». Y en su opinión, «el mundo necesita belleza. La ansiamos, especialmente en un mundo que ahora parece tan torturado y tan oscuro. Los seres humanos gravitan de forma natural hacia la luz» así que «un poco de ligereza, comedia, buena música, buenos chistes y gente hermosa… es un respiro frente a los desafíos. Creo que es el tipo de película que estábamos necesitando». El director estadounidense también insiste en que aunque el filme «es una evasión porque es muy divertida, hay muchas risas, mucho glamour y atractivo sexual, también plantea preguntas interesantes. Hay temas mucho más profundos que atraviesan toda la película», dice, y confiesa que su «objetivo es inspirar alegría, provocar esa sensación en la gente de que el pecho se te ensancha un poco y sientes que has pasado por una experiencia emocional». Ese equilibrio ya estaba en la primera entrega y quizá ninguna escena lo resume mejor que el célebre discurso del color cerúleo, convertido con el tiempo en una de las mejores explicaciones cinematográficas sobre cómo funciona el poder cultural. «Siempre vuelvo al famoso discurso del color cerúleo», explica Frankel, recordando el momento en que Andy desprecia dos cinturones que le parecen iguales y Miranda le explica que no a través del color del jersey que ella misma lleva puesto. «No solo hay una diferencia, sino que esa diferencia ha sido diseñada por alguien. Alguien ha pensado en eso. Alguien lo ha comercializado. Existen negocios enteros por ello. Y el mundo gira gracias a la gente que está en esa sala», dice el director, y aunque muchas cosas han cambiado, «eso sigue siendo así. Las ruedas giran de forma un poco distinta hoy que hace 20 años , pero creo que es importante combinar esa sensación de alegría con temas más interesantes». Y esa misma idea atraviesa también al personaje de Andy, porque aunque Miranda siga siendo el gran icono, la verdadera brújula emocional siempre fue ella, la mujer que entra en un sistema feroz sin renunciar a la amabilidad, a la alegría ni a esa forma casi obstinada de optimismo que ella hace compatible con el éxito. Cuando se le plantea a Frankel esa idea, responde emocionado: «Qué bonito que hayas observado eso». Y entonces destaca que «si le preguntas a Anne Hathaway cómo define a Andy, ella dice que es un labrador retriever» y «cuando un perro así entra en tu vida, inspira afecto de inmediato y transmite una sensación de optimismo real. Esa es la gran diferencia. Por muy oscuras que se pongan las cosas, ella entra en la oficina de Miranda con una gran sonrisa, porque así es como afronta la vida, con alegría y curiosidad».
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