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Madres sin hijos: las grietas de la reproducción asistida
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Madres sin hijos: las grietas de la reproducción asistida

Una estancia vacía en un piso de 80 metros encierra todo el dolor que Marta ha acumulado en sus intentos por ser madre. «Compramos un piso de dos habitaciones adelantándonos a la necesidades que íbamos a tener cuando tuviéramos un hijo; ahora sé que no llegará», cuenta con un hilo de voz. «Mi pareja dice que la utilicemos para algo, pero yo no estoy preparada. Siempre está cerrada; es una parte de la casa que para mí no existe». Ese espacio en el piso de Marta es una imagen perfecta del proceso que atraviesa la mujer cuando descubre que no puede ser madre pese a desearlo: aislada, cerrada, silenciosa. «Nadie me había contado que tú podías tener un duelo por una vida no vivida. Que es el duelo a la vida proyectada», afirma María, quien también ha tenido que enfrentarse al nido sin descendencia. «Durante años estuve constantemente viviendo en un futuro posible, en expectativas que jamás se cumplían». Según la última encuesta de fecundidad del INE, de 2018, el 19% de las mujeres de entre 45 y 49 años sin hijos habrían querido ser madres; mientras que entre las de más de 50, el porcentaje era del 12,2%. Ese deseo no cumplido está íntimamente relacionado con el retraso de la edad a la que llega la maternidad: un 8% de las primerizas en 2024 tenían 40 años o más, frente al 3% de 2010. Y es aquí donde la reproducción asistida juega, cada vez más, un papel fundamental. Según el último informe de la Sociedad Española de Fertilidad, con datos relativos a 2023, el 10% del total de nacimientos en nuestro país fueron posibles gracias a un tratamiento. «Intento quitarme esa idea de la cabeza, pero me siento culpable por haber empezado con los tratamientos tan tarde», afirma Marta, de 46 años. Comenzó con la reproducción asistida con 41 y tras tres tratamientos de Fecundación In Vitro (FIV) con sus propios óvulos, decidió parar. «Continuamente me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiéramos puesto unos años antes. Estaba convencida de que la reproducción asistida no fallaba. A mi alrededor tengo amigas que lo consiguieron, ¿por qué yo no?». María tenía 33 cuando decidió acudir a uno de estos centros. Llevaba desde los 29 intentando concebir sin éxito. Se sometió a una FIV que tras una analítica daba un embarazo «más que seguro». La alegría duró dos semanas. A los trece días del positivo, empezó a manchar. «Fue la primera hostia. No te la esperas porque todo el mundo te cuenta que con la reproducción asistida es llegar, pagar y te inseminan como a una vaca». El golpe fue el primero de los 17. Durante 11 años su vida giró en torno a hormonas y pinchazos que le provocaban pesadillas y le ponían los ovarios «como sandías». «Lo peor es el no saber si lo vas a conseguir o no, el miedo a no conseguirlo nunca; eso resuena en nuestra cabeza una y otra vez», afirma Johanna, psicóloga que también transitó este calvario. «Hay una parte de ti que piensa que tienes algo malo por no poder quedarte embarazada». «No sé cuántos médicos me vieron el chichi», afirma María con sorna. Fue un doctor de la Seguridad Social quien, tras varios intentos fallidos y ver que su reserva ovárica era mínima, le rogó: «'Por favor, déjalo ya'». «La reproducción asistida en el fondo es muy adictiva», apunta Gloria Labay, matrona que entre los 37 y los 45 años estuvo intentando convertirse en madre mientras en su día a día ayudaba a otras mujeres a parir. «Tuve cuatro abortos de repetición, probé por la vía normal, luego con reproducción asistida, y siempre me pasaba lo mismo. Más o menos, sobre la semana siete u ocho se paraba el embarazo», lamenta. A los 40 años intentó una Fecundación In Vitro (FIV) con sus óvulos, pero sus ovarios ya no respondían bien. Lo más duro fue el impacto de la medicación: «Me pareció tremenda, cómo te altera a nivel emocional», recuerda. «Tienes una montaña rusa emocional». Ante el fallo de la FIV, ya con 44 años, recurrió a la ovodonación buscando asegurar el éxito: «Pensé: -¡Jolín! Con unos óvulos de donante joven, aquí no puede fallar nada… Y qué va, otra vez me quedé, pero me volvió a pasar lo mismo a las mismas semanas. Y ahí ya vi que el tren había pasado». Los casos de Marta, María, Gloria… no son excepciones. A pesar de que la medicina reproductiva se presenta a menudo como una carta ganadora, a tenor de los últimos datos del Registro Nacional de Actividad de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) hay un embudo de éxito mucho más estrecho de lo que está instalado en el imaginario colectivo. «Socialmente hay una idea bastante extendida de que la reproducción asistida funciona siempre, como si fuera una garantía. La gente piensa que tú vas a una clínica y sales embarazada, con un carrito gemelar además, porque llevas mellizos. Y esto no es así», señala Helena Fernández, Presidenta de la Red Nacional de Infértiles. Los datos avalan esta afirmación: de los 168.372 ciclos de fecundación in vitro (FIV) iniciados en España durante 2023, apenas un 20,2% culminaron en el nacimiento de un bebé ese mismo año. La estadística es especialmente dura para las mujeres que superan la barrera de los 40 . En este grupo de edad, la probabilidad de éxito con óvulos propios es casi muy reducida: sólo el 4,3% de los ciclos iniciados terminan con un parto, (un 5,4% si no se tiene en cuenta los óvulos que se congelaron en esos ciclos) una cifra que contrasta además con el 19,4% de mujeres que vieron su ciclo cancelado antes siquiera de llegar al quirófano por falta de respuesta ovárica. Incluso cuando se consigue el test positivo, para muchas no es más que un espejismo, porque el 35,7% de las gestaciones en mujeres de más de 40 años acabaron en aborto. «En las clínicas siempre me hablaban de tasas de éxito de embarazo», critica María. «El embarazo es el primer paso, de hecho yo entraría dentro de esos datos positivos, pero lo que yo quería era llegar a término». Para la doctora Dra. Elisa Gil, ginecóloga especialista en medicina reproductiva de la SEF, hablar de porcentajes de éxito en la reproducción asistida «es complicado». «Depende de la causa de esterilidad, porque no es lo mismo una mujer que se enfrente a una esterilidad de origen desconocido, que la que lo hace con un factor masculino severo o una endometriosis», señala. Sin embargo, sí apunta a un factor determinante a la hora de conseguir resultados: «Es importante recalcar, que el factor limitante más relevante en reproducción asistida es la edad materna, por lo que es importante que remarquemos que la biología no siempre acompaña a la parte social, y que conseguir un embarazo espontáneo o con técnicas de reproducción asistida por encima de los 38-40 años de la mujer, es complejo». De hecho, en todas las técnicas reproductivas, incluso en la de la ovodonación, que es la última carta que juegan muchas mujeres y que supone renunciar a su propia carga genética, las que se encuentran por encima de los 40 arrojan los peores resultados. Sólo el 15,32% de los ciclos en esa franja de edad consiguieron llegar al paritorio en 2023. El porcentaje ascendería a un 36,2% si no se tienen en cuenta los óvulos que se destinaron a congelación. En lo que se refiere a la inseminación artificial, que a menudo es el primer peldaño cuando se inicia un tratamiento, la probabilidad de éxito también es limitada. De los 30.464 ciclos que se realizaron en 2023, la tasa global de parto se situó en el 12,3%. Lo que se traduce en que nueve de cada 10 mujeres (87,7%) que inician una inseminación no lograron su objetivo en ese intento. Al igual que en el caso anterior, la vulnerabilidad es aún más evidente en las mujeres de 40 años o más, donde la tasa de éxito cae al 6,0%. A todo eso hay que añadirle que el estrés que suponen los tratamientos tanto a nivel mental como físico provocan el abandono de entre el «40-50% de los casos», según datos proporcionados a este periódico por SEF. Un elemento diferenciador de la reproducción asistida con respecto a otros procesos clínicos es que en la mayoría de las ocasiones es la propia paciente la que decide el momento de decir «hasta aquí». Una decisión en la que los factores físicos, emocionales e incluso económicos son los que más pesan. «En cada situación debemos valorar muy bien cuándo, y hasta cuándo», señala la doctora Gil. «Sabemos que cada ovocito y cada embrión son una oportunidad de éxito y por ello, mientras haya ovocitos obtenibles y energía y posibilidades de afrontar los tratamientos, podemos seguir intentándolo. Todo esto, en un contexto de desgaste físico, emocional y económico muy altos. Por lo tanto, muchas veces, no es la medicina la que dice «basta», sino el hartazgo emocional y las limitaciones económicas». En este contexto se pone sobre la mesa las desigualdades a la hora de poder seguir avanzando en un tratamiento. Las listas de espera en el sistema público de salud así como la limitación en el número de intentos, provocan que muchas de las pacientes se tengan que decantar por clínicas privadas. «Es un tratamiento caro, en el que cada intento te estás gastando un dineral. Hay gente que se hipoteca o pide préstamos», subraya Gloria Labay, quien tras su propia experiencia de infertilidad se ha especializado en el acompañamiento terapéutico de mujeres sin hijos. «El dinero empieza a marcar el camino, es inevitable; marca cuándo puedes empezar, cuántas veces puedes intentarlo, qué opciones puedes contemplar... A veces pues marca también cuándo tienes que parar», lamenta la presidenta de la Red de Infértiles. En el caso de Marta el freno vino más motivado por su salud que por el bolsillo. «Económicamente todavía hubiéramos podido forzar algo más, pero tuve que decir basta. Estaba deprimida, estresada, agotada… Nunca en mi vida he estado tan mal». Johanna coincide en este diagnóstico del agotamiento: «Se vive con mucha incertidumbre, ansiedad, impotencia y tristeza… es un torbellino de sentimientos. Sólo las personas que pasamos por esto sabemos realmente lo que se sufre cuando no puedes conseguirlo ni de forma natural ni con los tratamientos». Pese a que a María los propios médicos le recomendaron parar, decidió no cerrar la puerta. «Me quedaba la espinita de probar con la ovodonación», afirma. «Me hice dos tratamientos, yo ya tenía 39 años y salió un auténtico desastre. Ya al segundo me prometí a mí misma que cuando llegara a los 40 años paraba. Y es lo que hice», explica con contundencia. Desde su experiencia escuchando a mujeres que se enfrenta a esta situación, Helena Fernández, asegura que el momento de dejarlo es uno de los más duros: «Implica cerrar algo que es muy importante para ti, es una decisión muy valiente» y recuerda la frase de una mujer que tras años de intentos fallidos decidió parar. «Dijo algo así como: 'Sé que podré ser feliz sin ser madre porque intentándolo no lo estoy siendo'. Me parece que lo expresa todo: el cansancio, el agotamiento, el desgaste…». Para Labay, «parar» en los tratamientos es «lo más difícil de todo» porque supone asumir una idea contra la que a lo largo del proceso has estado luchando: «Supone decir: 'Ya está. No voy a ser madre, como mujer no voy a experimentar esa experiencia tan universal». Y es en ese momento de decir adiós a un proyecto de futuro cuando comienza el duelo. «Es totalmente invisible, hay cero reconocimiento social de esa pérdida. Es un duelo por algo que no ha ocurrido, pero que a la vez estaba muy presente en tu vida; era tu vida: tus planes, tu identidad, cómo te imaginabas el futuro… Está dentro de ti, pero el mundo no lo ve», explica la presidenta de la Red de Infértiles. Así, para las expertas, hay sentimientos comunes en las mujeres que transitan esa angustia: «No es como un duelo tradicional por la muerte de alguien, en el que hay ritos. En el nuestro nadie valida tu dolor, nadie se pone en tu piel», lamenta Labay, a quien escuchar a todas esas mujeres le ha llevado a escribir un libro: 'Ser sin ser madre' . «Estos duelos en los que no hay acompañamiento, que son desautorizados, se enquistan más», asegura. A ello se suma la «imprudencia e ignorancia» de los comentarios que Johanna escuchó durante años. «La gente suele decir frases del tipo 'estás obsesionada' o 'así eres más libre para disfrutar la vida'. Ese tipo de comentarios nos hacen mucho daño porque minimizan nuestra enfermedad», lamenta. En este sentido para María es importante romper con esos «estereotipos» que la sociedad tiene sobre las mujeres sin hijos. «Parece que somos unos amargadas», señala, «a mí me han llegado a decir que soy una egoísta por no querer dar hijos a mi marido, o que ¡bueno! la vida no me ha dado hijos, pero sí sobrinos. No, los sobrinos no son el premio de consolación. Yo tengo que resignificar mi vida para que valga por sí misma, y es lo que estoy haciendo».

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