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¿A qué juegan Bertrand Lavier y Mathieu Mercier?
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¿A qué juegan Bertrand Lavier y Mathieu Mercier?

La sombra del 'ready-made' es alargada. Además, la 'óptica de precisión' duchampiana ha llevado a que no veamos otra cosa que arte por todas partes. El material pasa del contenedor de basura al museo en un abrir y cerrar de ojos. En realidad, lo único que hace falta es tener preparado el pedestal o el marco, porque en esa delimitación sacramental se producirá la transfiguración de lo banal. Bertrand Lavier y Mathieu Mercier parece que todavía encuentran divertido el asunto y hallan la ocasión para jugar a lo que sea; poco importa si es el ping-pong, el dominó o el arte de birlibirloque. Tampoco puedo exagerar porque la magia brilla por su ausencia. Han pasado demasiadas décadas desde aquella 'posición surrealista del objeto'. Los efectos de la paranoia-crítica daliniana han llegado a afectar de forma aberrante a la sociedad y la provocación dadaísta ha terminado por convertirse en algo tan espeluznante como los confetis de una fiesta infantil. No es extraño que los artistas que parecían expandir el nihilismo punk acaben, como ha sucedido con Damien Hirst, montando una piscina de bolas. Tengo la amarga sensación de que hemos completado el ciclo de la insignificancia y estamos atascados, como escribiera Foster Wallac e en 'Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer'. La exposición o «sistema abierto de correspondencias» entre Lavier y Mercier en Albarrán Bourdais encarna ese sistema de los objetos con el tono de un chiste desgastado. Seguramente, estos conocidos artistas franceses han disfrutado de lo lindo con estas formas de juego y asociación. En la nota de prensa las definen como «el rebote, la pregunta, la concatenación». La verdad sea dicha, en mi caso, apenas llegó a 'rebotarme' con las obviedades que han perpetrado. Por más que intente recuperar genealógicamente aquel paraguas que se encontraba azarosamente con una máquina de coser sobre una mesa de disección, no consigo otra cosa que congelarme estéticamente frente al sofá de labios daliniano que Lavier ha colocado encima de un refrigerador. Tampoco incita a soñar la cama de Mies en versión marmórea que ofrece Mercier. Cosas a la vez demasiado duras y 'blanditas'. Duchamp, irónico y hasta flemático, parecía preocupado por la extraña herencia que dejaba. En una ocasión advirtió que había arrojado los 'ready-made' como la pregunta de si era posible hacer cosas que no fueran obras de arte. La respuesta que recibió fue la más ridícula pedestalización. Lavier pretende con sus perogrullescas obras realizar 'demostraciones' que cuestionen el status quo, mientras que Mercier –que recibió en 2003 el Premio Marcel Duchamp – trata de reflexionar sobre el concepto de Modernismo. Lamento apostillar a tan imponentes propósitos que no consiguen más que encarnar el epigonismo inercial de esa enfermedad viralizada que conocemos como 'duchampitis'. La estetización del 'Nouveau realisme' de Lavier y el citacionismo del diseño moderno de Mercier, ambos con intenciones humorísticas, me suena ya más desfasado que los chistes de Arévalo. Este par de artistas con mucho reconocimiento 'museal' y bienalizador no pueden colocarnos la cantinela de que están «cuestionando» las jerarquías de valor y el significado de los objetos. Una mínima resistencia frente al arte idiotizante hace que no quiera comulgar con ruedas de molino o, en otros términos, jugar en clave regresiva cuando la cosa está de pena.

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