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“En el principio era la Palabra, y al final el bla-bla-bla.” La frase de Stanisław Jerzy Lec tiene algo de broma culta, pero también de diagnóstico feroz. Toma una fórmula solemne, casi sagrada, y la desploma con tres sílabas ridículas: bla-bla-bla. El resultado no es solo ingenioso. Es incómodo. Porque todos reconocemos ese tránsito: del lenguaje como promesa al lenguaje como ruido.
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