ABC
Cuando el circuito empezó a mirar más allá de Nadal, Djokovic y Federer, todos los focos apuntaron a los nacidos en los 90 . No era una intuición caprichosa: Medvedev , Zverev, Tsitsipas o Thiem ya estaban instalados en la élite, ganando Masters 1000, disputando finales grandes y ocupando puestos de privilegio en el ranking. Parecía cuestión de tiempo que el relevo se hiciera efectivo. Pero ese tiempo nunca terminó de llegar del todo. Porque no fue una generación sin logros. Medvedev llegó al número uno y ganó el US Open. Thiem levantó también ese torneo en 2020. Zverev es el actual número dos, campeón olímpico y ganador de las ATP Finals. Tsitsipas conquistó ese mismo torneo y alcanzó finales de Grand Slam. Casper Ruud se subió al número dos y jugó tres finales de 'major'. Incluso nombres como Rublev lograron asentarse con títulos importantes como el Mutua Madrid Open en 2024. Había materia prima suficiente para gobernar el circuito. Lo que faltó fue continuidad para convertir esos picos en una etapa reconocible. Parte de la explicación está en el contexto que les tocó vivir. Su madurez coincidió con la última gran resistencia del 'Big Three', que alargó su dominio mucho más allá de lo previsto. Cada vez que uno de ellos parecía dar el paso, aparecía Djokovic en Australia o Nadal en Roland Garros para devolver el orden. Durante años compitieron en una especie de limbo: demasiado buenos para ser secundarios, pero sin espacio real para imponerse. A ese escenario se sumaron sus propios límites. Medvedev nunca terminó de trasladar su dominio a todas las superficies; Tsitsipas convivió con mucha inestabilidad fuera de pistas; Zverev alternó grandes semanas con caídas inesperadas en los grandes torneos; y Thiem, vio su carrera condicionada por las lesiones. En paralelo, otros nombres reforzaban la sensación de oportunidad incompleta: Kyrgios, capaz de alcanzar una final en Wimbledon sin continuidad; Berrettini, finalista en Londres y frenado por los problemas físicos; Khachanov, campeón en París; Fritz, consolidado en el top 10; o Ruud, siempre cerca sin rematar del todo. El problema es que el circuito no espera. Mientras esa generación buscaba estabilidad, Alcaraz y Sinner aceleraron el cambio. No llegaron para asentarse, sino para dominar. Más agresivos, más constantes y con una mentalidad distinta para gestionar los grandes escenarios, han desplazado a los noventa a una posición incómoda: siguen siendo competitivos, pero ya no marcan el ritmo. No es tanto una generación fallida como una generación atrapada, una especie de 'sándwich' entre dos épocas que no le dejó espacio suficiente para construir la suya.
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