Collector
El canon occidental | Collector
El canon occidental
ABC

El canon occidental

A las librerías europeas les suele gustar colocar fotos de grandes escritores contemporáneos adornando las pocas paredes que no son ocupadas por los libros. También lo hacen las librerías estadounidenses. Suelen ser fotos en blanco y negro, sobrias, elegantes. Hay rostros que con alta frecuencia se repiten. Casi siempre está Albert Camus. Casi siempre está William Faulkner. Los que jamás fallan son Kafka, Joyce y Proust. Por supuesto, casi siempre Virginia Woolf. El inglés, el francés y el alemán son las lenguas del canon internacional de la literatura. A veces se cuela algún escritor italiano. Es un canon que reproduce el canon de la historia con mayúscula, el canon de los países que han fabricado el relato occidental de nuestra civilización y de nuestra democracia. Los que no están nunca son los escritores en lengua española, a excepción de uno solo: Gabriel García Márquez . Y allí se acaba todo. Y tampoco el colombiano universal tiene foto fija. El autor de 'Cien años de soledad' aparece de vez en cuando. Es muy difícil que un país que no intervenga en la política y en la construcción de la historia universal de forma inopinable dé escritores canónicos. La presencia de escritores de una determinada nacionalidad en el canon occidental de la literatura suele ser una consecuencia de la posición de preminencia o de depresión del país de origen de esos escritores. Es una secuencia lógica perversa, claro, pero es real. Y España ha ganado en los últimos 20 años una presencia internacional notable, pero no la suficiente como para que su literatura nacional arañe alguna fotografía en las maravillosas librerías de la alta cultura europea. Da igual que tengamos escritores laureados con el premio Nobel. La presencia, por ejemplo, de Camilo José Cela o de Vicente Aleixandre o de Juan Ramón Jiménez fuera de España es ninguna. Y desde Mario Vargas Llosa no ha habido ningún escritor en español que haya ganado el Nobel. Porque una cosa es el éxito, y hay muchos escritores en español que tienen éxito internacional a raudales, y otra es el canon universal de la literatura. Son dos cosas distintas, terriblemente distintas. Lo diré de otra forma más expresiva y dura: si Kafka hubiera escrito en checo no sería Kafka; si Proust hubiera escrito en polaco no sería Proust. ¿Es una injusticia divina? No, hombre, no. Es lo de siempre; es la política, es la hegemonía hegeliana y espiritual de unas naciones sobre otras. Es la vieja voluntad de ser o no ser importante en el mundo, porque las culturas nacionales no conviven, siempre están en lucha; una lucha pacífica, claro. Y de repente algo tan grosero como el PIB o la renta per cápita se cuelan en algo tan sesudo y de intelectualidad pura y cristalina como el canon de la literatura. Una sociedad en combustión económica, como fue la estadounidense, y sigue siéndolo, estaba condenada a producir la literatura más representativa de este tiempo, y así ha sido y sigue siendo. Un poeta como Allen Ginsberg, que nunca podría ser elevado a los altares de gran figura de la poesía universal desde los dogmas estéticos de la poesía europea, se convirtió en uno de los grandes iconos de la poesía del siglo XX porque sus poemas representaban las convulsiones morales, sociales y económicas del país más importante del planeta tierra: los Estados Unidos de América . Fue tal la combustión de ese país que logró lo nunca visto, consiguió que en el año 16 no tuviéramos dificultades articulatorias, como ocurre a veces, para pronunciar el nombre del ganador del Nobel, pues se lo dieron a Bob Dylan. Fue en el siglo XIX cuando la literatura descubrió su poder para la representación social del presente y lo hizo a través de la novela. Esas sociedades de las que se hablaba en las novelas tenían nombre: Francia, Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia. El XIX fue el siglo del nacionalismo y lo fue también de las ficciones de largo aliento, que se convirtieron en el espejo de las identidades colectivas. Ya no hacía falta la fuerza bruta de un ejército, o la solemnidad de un Estado, o la efigie de un rey para contemplar una nación: la novela era un reflejo más moderno, más sofisticado, más universal. La novela componía naciones: la Inglaterra de Dickens, la Francia de Balzac, la Rusia de Tolstoi o la España de Galdós. Solo que la España de Galdós siempre fue solo la España de Galdós. No tuvimos capacidad para entrar en una representación universal. Y Galdós no alcanzó la universalidad de un Flaubert, aunque lo mereciera por su gigantesco talento literario, pero la dificultad estribaba en que la España del tiempo de Galdós era un país sin fuerza histórica, sin combustión, sin energía, sin glamur. Es muy difícil que un escritor no lleve la sociedad y el país que le ha tocado en suerte a las páginas de sus libros. 'Cien años de soledad' consagraba una épica fantasiosa de un país que parecía de ficción, pero que acabó siendo Colombia. Muy sabedor de esto fue el propio García Márquez cuando eligió como vestimenta de gala en la recepción del premio Nobel de 1982 el liqui-liqui que ahora se expone en el Museo Nacional de Colombia. El liqui-liqui, muy expresivo y entrañable, contenía también una perversión intelectual: el exotismo. La academia premiaba el exotismo, pero no el ejercicio clásico de la inteligencia, que estaban en un Thomas Mann o en un Camus. El canon occidental de la literatura es hijo del canon histórico. Solo los países poderosos generan escritores poderosos. Hemos avanzado un poco, y nos hemos permitido incluir la mirada exótica, la racial, la excéntrica, la inesperada, pero se hace a título de tolerancia, amplitud de miras, solidaridad con los países lejanos. Dudo mucho de que esa inclusión de lo exótico tenga un valor canónico imperturbable. La historia no tiene moral. La moral la ponemos nosotros. Desde Mario Vargas Llosa no ha habido un premio Nobel que escribiera en español. ¿Es porque no lo estamos haciendo bien desde la literatura o más bien desde la política? Los escritores nacen en países concretos, y su suerte se ata a ellos, en una especie de matrimonio en llamas. La paradoja es cruel. Si describes España en una novela, solo interesará, y eso con suerte, en España. Pero de qué demonios va a hablar en sus novelas un escritor español sino de España. Se me ocurre una solución: que los escritores y escritoras españoles renuncien al estilo, que escriban en un español neutro, traducible, sin matices. Pero sin estilo la vida es un letal aburrimiento.

Go to News Site