Cope Zaragoza
La cultura del entorno seguro y el cuidado en el ejercicio pastoral es clave para que la Iglesia sea un espacio libre de violencia y abusos. Este es un camino que recorren cada vez con más decisión todas las realidades eclesiales, y especialmente, aquellas que trabajan más directamente con niños, adolescentes o personas con una especial vulnerabilidad. Y encontramos entre ellas a las congregaciones religiosas que tienen, por su carisma, el centro de su acción en estas personas, como la de los Sagrados Corazones. Tamara Cordero es responsable de comunicación de la Provincia Ibérica y miembro de la Oficina Provincial de Entornos Seguros de la Congregación. Ella nos explica lo que significa para ellos una verdadera cultura de entorno seguro: «Para nosotros hablar de entorno seguro es hablar de cómo nos tratamos en el día a día, las presencias de la congregación, en nuestros colegios, en nuestras parroquias. No está solo dirigido a cuidar de los menores o personas vulnerables, aunque sabemos que a ellos tenemos que cuidarlos especialmente. Pero vamos descubriendo por el camino que este es un ámbito que nos afecta a todos porque afecta nuestra manera de relacionarnos con el otro». Todo parte de una realidad que vivimos como Iglesia y que nos pide un nuevo modo de actuar, que impida situaciones de riesgo. Se nos pide generar una nueva cultura que impregne todo: nuestro modo de estar, nuestras relaciones… No se trata de una acción reactiva ante los casos, sino de cambio de mentalidad, que ponga a los más vulnerables en el centro de nuestro cuidado. Los Sagrados Corazones han puesto en funcionamiento, en el último trienio, la Oficina de Entornos Seguros. Todo empieza incluso antes, en la prevención, que es, para ellos, el punto de partida de todo este trabajo. «Prevenir no solo tener unas normas, sino una forma de estar, de relacionarnos con el otro. Y aunque es verdad que la prevención se tiene que concretar en protocolos, en canales accesibles, en auditorías varias sobre nuestros procesos, sobre nuestras actividades, lo que hemos descubierto en estos años que llevamos en camino es que es mucho más eficaz implicar a toda la comunidad en ello, porque cuando todos cuidan el entorno se vuelve de verdad seguro», dice Tamara Cordero. Esta nueva cultura implica una apuesta importante por la formación de todos: religiosos, responsables, trabajadores, docentes, voluntarios de todos sus proyectos… Ellos lo han lanzado desde la Oficina de Entornos Seguros y ha llegado a todos los eslabones de la cadena, más de 1.000 docentes y no docentes de los 6 colegios en España y más de 600 voluntarios de parroquia. Pero no se trata de cumplir y hacer tic en las casillas correspondientes. Es, como nos cuentan, un camino continuo. «En este camino vamos descubriendo nuevas preocupaciones, diferentes realidades a las que queremos llegar para acompañar mejor a nuestros jóvenes, seguir formando a los equipos, trabajar más a fondo con los alumnos de los colegios, con los chicos y chicas de nuestra pastoral. Buscamos dar herramientas, sí, pero también buscamos generar una manera de mirar y de estar, saber detectar, saber escuchar y saber actuar», explica Tamara. Si hay una tercera pata junto a la prevención, que es de donde surge todo, y la formación, necesaria para cambiar a una cultura del cuidado, esa es la actuación. «Lo primero cuando se tiene conocimiento es acoger a la víctima, protegerla, recoger bien lo que cuenta y comunicarlo a la Oficina de Entornos Seguros, o a su responsable directo, para activar el procedimiento. Luego, la oficina de entornos seguros acompaña cada caso de manera personalizada, porque cada situación y cada persona necesita su propio proceso», explican. «Lo más importante de todo el proceso de actuación es que las personas que trabajan o colaboran con nosotros en nuestras presencias y obras tengan claro qué hacer ante una sospecha o cuando tienen conocimiento de un caso concreto, bien sea de algo que ha pasado en presente o algo que conocen del pasado. Porque no se trata tanto solo de actuar, sino de actuar bien y de hacerlo conjuntamente. Y a partir de ahí vienen luego los pasos siguientes que se dan desde la oficina de entorno seguro», afirma Cordero. Para ellos, en el fondo, no es solo una forma de hacer, es una forma de ser Iglesia, y creen en ello, porque además enlaza con el carisma Sagrados Corazones, que es, al estilo de san Damián de Molokai, estar, acompañar y cuidar al otro, especialmente a quien más lo necesita: «Nosotros mismos hemos aprendido mucho de otras instituciones que llevan más recorrido en este ámbito, como los salesianos, los marianistas, Regnum Christi, los jesuitas... a los que agradecemos su acompañamiento. Y desde ahí es desde donde hoy hablamos, porque creemos que nuestro testimonio puede animar a otras instituciones que tengan un tamaño medio o más pequeño a dar pasos en este ámbito. Nuestra experiencia nos dice que no hacen falta estructuras muy complejas para empezar. Lo que hace falta es decisión, formación y compromiso».
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