ABC
Cuesta creer que una chica de 20 años que ha escrito un libro sobre los siete pecados capitales se confiese víctima de la pereza. Pero Alejandra, hija de Alberto Cortina y Elena Cué ; o Ale, como la llama su madre, está llena de este tipo de dicotomías. Es una chica joven, guapa, tremendamente educada y culta que, dada su pertenencia a la generación z, quizás debería estar más interesada en los 'trends' de Tik Tok o algo similar. En vez de eso ha escrito 'Siete maneras de arder' en inglés, inspirado en el cuadro de El Bosco 'Mesa de los pecados capitales', cuyos detalles ilustran la publicación, y ella misma se ha encargado de traducirlo al español. Y lo presenta rodeada de amigos de la familia entre los que estaban Alberto Ruiz Gallardón, Ana Gamazo, Marina Valcárcel, Dorothée d'Arenberg, Irini Fournier o Cristina Valls-Taberner . ¿Cómo empieza una chica tan joven a interesarse en estos temas? «Desde que soy muy pequeña leo muchísimo. Y claro, al principio empecé con historias normales, y el primer contacto con literatura digamos un poco más seria fue con Julio Verne, cuando tenía 10 u 11 años, y de ahí fui poco a poco amontonando más y más autores», comparte en conversación con ABC. «Desde que tengo uso de razón recuerdo leer y estudiar, y siempre me ha interesado muchísimo la filosofía . Empiezas y ya coges carrerilla y ya nunca paras, la verdad», confiesa. Alejandra tiene un tremendo interés por el arte y la literatura, en particular por la literatura gótica del siglo XIX en la que dice haberse especializado. Quizás en cualquier otra persona de su edad, por lo rápidos que somos a veces en juzgar, se podría cuestionar hasta qué punto es cierto esto. Pero en el caso de la hija pequeña de Alberto Cortina cuesta dudar al verla hablar sobre su libro y las referencias que ha escogido. El resultado es «especial y verdadero», tal y como decía durante la presentación este miércoles Luis Alberto de Cuenca, poeta, traductor y filólogo, además de exdirector de la Biblioteca Nacional, que se encargaba de apadrinar el libro. Cuando habla Alejandra es raro escucharla vacilar. Se expresa con firmeza y tranquilidad, con una voz clara y segura de sí misma, aunque se percibe la autocrítica. Como cuando admite que su español no es tan fluido como le gustaría y que por eso tiene que leer más en este idioma, porque en su cabeza hay «un caos» con el inglés . Tiene sentido: además de haber tenido una educación bilingüe, lee y escucha música anglosajona, y muchas de las amistades que fueron a apoyarla en la presentación se expresaban en la lengua de Shakespeare. Es inevitable preguntarse, ¿tiene también otros gustos más populares entre la gente de su edad? «Hombre, tampoco soy un perro verde. Obviamente utilizo Instagram y veo Tik Tok, pero no participo», explica. Antes tenía una cuenta privada, ya que su intención nunca fue la de ser un personaje público, pero ahora utiliza las redes como una herramienta de comunicación para su libro. «Y te puedo decir que me gusta mucho la cinematografía, que es algo un poco más común, y cantantes... soy una apasionada, bueno, una gran admiradora del cantante Hozier », comparte. Curiosamente, este cantante irlandés de 36 años se hizo especialmente popular con un tema llamado 'Take me to Church', que se traduce como «llévame a la Iglesia». Lo cual encaja a la perfección con el enfoque de teología que Alejandra le aporta a su libro, aunque para escribir ella prefiere la música clásica. Las letras de las canciones distraen. «Cuando era pequeña mi madre me ponía siempre la ópera de Carmen y entonces saltábamos las dos, es una parte mía muy grande», admite sobre su pasión por este género. La atmósfera que rodea la entrevista, en uno de los salones del impresionante Hotel Santo Mauro en el centro de Madrid, parece encajar perfectamente con lo que evoca en su poemario. Sin embargo, cuando se sumergió en darle vida lo hizo en un lugar alejado del mundanal ruido y contaminación de la capital. «Este libro lo escribí en el campo, estuve momificada durante dos meses en el salón de casa, enfrente de la chimenea», comparte. Un momento de transición en el que sentía mucha acedia, que es el pecado capital que se identifica no solo con la pereza sino también con la tristeza espiritual. «Cuando cumplí 18 me fui a París, y estuve allí cinco o seis meses estudiando teología y me volví por mi padre. Yo tengo un vínculo muy fuerte con mis padres, especialmente con mi padre, y es verdad que él estaba muy triste de que me hubiese ido», detalla. «No fue nada duro volverme, pero él me dijo que tendría que estudiar 'business', así que pensé 'bueno, lo voy a hacer porque le apetece a él'. Empecé en septiembre, ya con 19, pero no, no, yo no me veo haciendo esto el resto de mi vida y voy a ser infeliz como lo haga . Fue cuando di el paso a meterme de lleno en lo que me gusta», confiesa. Es decir, escribir, aunque también está estudiando filología inglesa a distancia con una universidad británica. Y ya confiesa tener una novela en la cabeza, que quizás más pronto que tarde vea la luz. Ella misma señala: «Aunque no lo parezca, mi generación va pisando muy, muy fuerte ». Aunque no habla de sí misma sino de una de sus grandes amigas, Lara Cosima Henckel von Donnersmarck. Al preguntarle porqué no quiso participar en el Baile de Debutantes de París, viendo que varias de sus amigas sí formaron parte, explica que ni ella misma se imaginaba publicando un libro tan pronto: «Mis padres siempre han valorado muchísimo la discreción, entonces me lo ofrecieron y fue una cosa que rechazamos sin pensarlo, tampoco me interesaba y aunque me han invitado a ir como invitada no he ido nunca». No quiere, al menos por el momento, moverse de Madrid. Aquí tiene amigos internacionales y todo lo que necesita para ser feliz, aunque admite que echa de menos más opciones culturales para todas las edades, como sí siente que hay en París. «Tiene todo el potencial para convertirse en un centro cultural, especialmente teniendo el Prado o el Palacio Real. Tenemos una historia... ¡o el Escorial! Que lo tenemos a 40 minutos. Me divierte muchísimo irme al Escorial a veces con amigos, o a la Granja», indica.
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