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Su apellido es sinónimo de océano y con él lleva años concienciando sobre los problemas que lo asedian. Alexandra Cousteau (California, 1976), nieta e hija de los míticos oceanógrafos, ha dedicado su vida a buscar, a su manera, la forma de lograr políticas efectivas que frenen la degradación del medio marino. «No hay razón para que los españoles se bañen y lleven a sus hijos a playas contaminadas con plástico», ejemplifica. Ha visitado España para participar en la junta directiva de la ONG Oceana, a la que asesora. —¿Los océanos de ahora son muy diferentes respecto a aquellos de los que hablaba su abuelo? —Sí, lo son. Si piensa en los años 50 y 60, cuando mi abuelo empezó a explorar los océanos, había una enorme abundancia. Esas películas estaban llenas de vida. Ahora hay mucha más contaminación y muchos menos peces. Y las comunidades están empezando a tener dificultades. La prosperidad económica está ligada a la abundancia ambiental. Cuando hay más peces, hay más medios de subsistencia, mayor seguridad alimentaria, precios más bajos para los consumidores y más opciones. A menudo vemos la protección del medio ambiente como un sacrificio para la economía y para los pescadores, pero en realidad, que haya más peces es bueno para todos. Y eso es lo que hacemos en Oceana: trabajar para garantizar que haya más pesca. —¿Cómo han evolucionado los problemas del océano? ¿Algo mejora o todo va a peor? —Hubo un periodo de declive muy importante justo cuando mi abuelo hacía cine. Y mi padre, Philippe, en la década de 1970, empezó a darse cuenta de esto y a articular una ética para la conservación de los océanos. A pesar de todo, y de todo el trabajo de las ONG, las organizaciones científicas y los responsables políticos, seguimos perdiendo más océano cada año del que recuperamos. Lo vemos muy claramente en el Mediterráneo. Es uno de los mares más sobreexplotados del mundo. Las comunidades de peces europeos, en general, están en muy mal estado. Y eso se debe a que no hemos hecho lo necesario para asegurar que sigan siendo abundantes. Todavía podemos revertir la situación. Pero tenemos que tomarnos en serio la necesidad de detener la sobrepesca. Necesitamos ampliar nuestras áreas marinas protegidas. —¿El nuevo tratado global de los océanos servirá de algo? —Como cualquier tratado, depende de cómo lo implementemo s. Tenemos grandes esperanzas porque el océano abierto ha sido tierra de nadie durante demasiado tiempo, así que era muy necesario intentar vigilarlo y crear algún tipo de acuerdo sobre cómo usarlo y cómo protegerlo. Esperemos que sea efectivo, pero depende de cómo lo implementemos. Otro ejemplo es el Parque Nacional de Cabrera, en Mallorca. La idea fue ampliarlo porque alberga especies en peligro de extinción, como la Posidonia. El parque se amplió en 2019 y ahora, en 2026, todavía no hay un plan de gestión. Es básicamente un parque sobre el papel [en la parte ampliada], sin una implementación real. No hay ningún beneficio porque lo seguimos tratando como siempre. —¿Qué opina de nuestra incapacidad para proteger a la anguila europea, una especie que está en peligro crítico de extinción? —Es frustrante, y es el mismo problema: la falta de implementación política de estrategias que sabemos que funcionan. Hemos tenido muchos estudios de caso, como en San Sebastián con las sardinas, donde las especies fueron llevadas al borde de la extinción. Tomamos ciertas medidas y se recuperaron. Sabemos cómo hacerlo. Sucede una y otra vez. Con las anguilas, sabemos cómo hacerlo, pero no hay voluntad política. —¿Veremos minería submarina a gran escala? —Esperemos que no, está por verse. Los estadounidenses son impredecibles en este momento. Y ahí radica el mayor riesgo para la minería de aguas profundas a corto plazo. La comunidad internacional es mucho más cautelosa, pero existe el riesgo de que los estadounidenses simplemente lo hagan de todos modos. Podemos obtener esos mismos minerales en tierra, y de hecho lo hacemos. Así que no hay urgencia de seguridad nacional. No hay escasez inminente de estos minerales. Y hay varios países que se oponen. Otra cosa que me sorprendió es que cuando tomas cosechadoras y las pones en el fondo del océano, levanta una pluma de material muy fino que puede viajar 1000 km y cubrir otros ecosistemas. Así que el impacto no se limita a ese ecosistema frágil que nunca se recuperará, sino que puede afectar a ecosistemas a miles de kilómetros de distancia, y eso es impredecible. Además, ese daño también puede afectar a la pesca industrial, a las economías y a la salud de los peces que consumimos. Hay muchas incógnitas sobre las que necesitamos tener mucha más certeza antes de tomar esa decisión. —¿Podemos regenerar los océanos? —Sí. Los océanos son muy resilientes, pero según algunas estimaciones hemos perdido cerca de la mitad del capital natural azul de los océanos. Ese capital vivo que existe se ha reducido a la mitad en los últimos 70 años. ¿Podemos recuperar esa abundancia? Podemos, la ciencia nos dice que sí. La cuestión es si lo haremos o no. —¿Cree que vamos por buen camino? —No creo que estemos avanzando en la dirección correcta con la suficiente rapidez, y me preocupa que, con la situación política actual, haya más presión sobre prácticas destructivas buscando beneficios económicos a corto plazo. Vamos a perder parte del progreso que hemos logrado por motivos equivocados. En Bruselas y en España hay demasiados políticos dispuestos a hacer ese tipo de concesiones.
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