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Muchos hemos visto las imágenes del intento de atentado contra Donald Trump durante la cena de corresponsales en la Casa Blanca. En ellas se percibe el pánico, ese reflejo primario que nos iguala cuando la vida se tambalea: periodistas, políticos, cualquiera. Pero la pregunta no está en el gesto, sino en el origen. ¿Son esos políticos —y quienes los precedieron— responsables de que escenas así se repitan casi a diario en algún rincón de Estados Unidos? Porque no hablamos de un accidente, sino de un patrón . Y son ya unos cuantos los presidentes estadounidenses que han muerto o sufrido atentados. El peso de los lobbies de armas de fuego y la resistencia del Congreso a modificar la Segunda Enmienda —ese derecho a portar armas que, en la práctica, se sitúa por delante de otros derechos como la sanidad— dibujan una paradoja difícil de sostener . Un derecho blindado que deja desprotegida a la propia sociedad que dice defender. Trump, en sus primeras declaraciones, optó por el gesto conocido: presumió de valentía y comparó su profesión con la de un torero o un piloto de Fórmula 1. Hay comparaciones que no necesitan comentario; se explican solas. Mientras tanto, esa élite política, rodeada de dispositivos de seguridad casi inexpugnables, parece vivir en una calma que solo les pertenece a ellos, con estos privilegios. Desde esa distancia, cuando un ciudadano armado comete una masacre, la respuesta —especialmente desde sectores republicanos y algunos demócratas— suele ser la misma: es el precio de la libertad . ¿Qué libertad? ¿La de que te maten en cualquier momento? Luego llegan los números: alrededor de 44.000 muertos al año por armas de fuego y más de 100.000 heridos . La industria armamentística mueve unos 19.000 millones de dólares anuales, mientras el coste social, el sanitario, judicial, humano, se dispara hasta cifras muy superiores, alrededor de 500.000 millones. Evidentemente, lo peor son las muertes y el dolor de todas esas familias. Y, sin embargo, estos datos no erosionan la convicción de una parte significativa de la sociedad . Es un rasgo persistente: una cultura donde el arma no es solo un objeto, sino un símbolo. Se prefiere convivir con ese riesgo antes que renunciar a él. Y en medio, un presidente al que ya han intentado matar varias veces , que continúa alimentando un discurso del odio y que alimenta la violencia. Como si el fuego pudiera apagarse con más fuego. Entonces quedan algunas preguntas: ¿Qué tendría que ocurrir para cambiar esa mentalidad? ¿Cuántos inocentes más han de morir? ¿Cuántas aulas vacías más? ¿Cuanto dolor más puede soportar esa sociedad? ________________ Carlos Brage es socio editorial de infoLibre .
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