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El instante detenido
La Opinión de Murcia

El instante detenido

No tengo dudas de que mi pasión por el arte nació, en mi infancia, frente a la contemplación de la obra de nuestro universal Francisco Salzillo. En diferentes lugares he reconocido que debo a las tres geniales piezas gubiadas por Salzillo, en la década de 1760, para mi pueblo natal, Lorquí, parte importante de mi persona. De niño admiraba y analizaba -casi de forma obsesiva- el dibujo, la talla y el acabado portentoso de estas esculturas. En intimidad con ellas -pues las contemplé muchas veces en soledad y cercanía- mi mente fue comprendiendo por qué determinadas obras y artistas tienen el poder de emocionar e ir más allá. Progresivamente, al ir creciendo, una pregunta surgió en mi interior y parecía no tener respuesta: ¿por qué tan geniales obras no han sido estudiadas como merecen y han escapado a la mirada de toda la crítica especializada en el gran escultor murciano? Aún hoy, cuando las tres esculturas son ampliamente celebradas y reconocidas, me sigo preguntando por el motivo de tantísimas décadas de anonimato y silencio.

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