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A lo largo de la historia de la filosofía, el amor ha sido continuamente redefinido. En la Antigua Grecia, Platón se aventuró a describirlo como una búsqueda inalcanzable hacia la contemplación de la virtud y la belleza más puras. Para el filósofo, esta contemplación se atisbaba como el sentido, el fin último de la existencia. Aproximadamente unos 2.300 años después de su muerte, otro pensador imprescindible como es el francés Albert Camus sugirió una idea antagónica a la del pensador heleno: el amor como salida, como rebeldía al propio sinsentido que a su juicio era la vida. Y está la tesis de María Zambrano, que defendía el amor como "pensamiento vivo"; vehículo que rompe la tradicional separación entre razón y emoción; una continuidad entre contrarios.
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