COPE
Esta ruta propone un recorrido por espacios donde historia, naturaleza y vida vecinal se entrelazan con armonía. El visitante descubrirá antiguos palacetes reconvertidos en casas de vecinos, patios modernos que conservan el alma de antaño y rincones donde la vegetación crece en tinajas, dedales o estructuras artesanales. Fuentes con formas insólitas, portones por donde pasaban carruajes, floraciones premiadas y detalles únicos hablan de generaciones que han cuidado con esmero cada planta y cada muro. Una experiencia sensorial y emocional, donde cada patio es una historia abierta al paseo. En la calle Montero, donde varios patios abren simultáneamente sus puertas al público, destaca el de Montero 27, gestionado por Rosa María Merina. Este edificio, profundamente reformado, tuvo su origen como casa de vecinos sometida a múltiples transformaciones a lo largo del tiempo. Su gran arco de ladrillo y sillares, enmarcado por un alfiz, conserva la memoria de ese pasado compartido. El patio ha participado en distintas etapas del certamen, desde mediados del siglo XX hasta su regreso en el siglo XXI, acumulando experiencia y evolución. En su vegetación destacan especies como el ginkgo biloba y la cica revoluta, que aportan carácter y singularidad. Tras un inicio complicado en 2025, marcado por la ausencia de antiguas macetas familiares, en 2026 el conjunto muestra un crecimiento más sólido y equilibrado. Este patio, cargado de misterio y tradición, es conocido por las historias que rodean al pozo, donde según la leyenda habita un espíritu bonachón. La responsable, Celeste, ha preparado una balconada espectacular de gitanillas rojas y rosas, además de etiquetar con esmero cientos de macetas. A su lado, su madre, Marina Muñoz, mantiene la energía y el carácter del lugar. El inmueble, vinculado al Duque de Hornachuelos en 1863, llegó a albergar a ocho familias antes de convertirse en casa unifamiliar gracias a Antonio Almenara. Conserva suelos de bolos de río, muros gruesos y un pozo medieval. El patio participa también en Patios en Navidad y Jueves Santo en los Patios. Celeste trabaja junto a Marina Muñoz y recuerda la huella de Antonio Almenara en cada rincón y memoria viva. Los dos patios de la antigua Casa del Sacristán de la Iglesia del Juramento, vinculados a la Iglesia del Juramento de San Rafael, han cambiado su participación en el concurso en múltiples ocasiones durante la última década. Han pasado por modalidades como Patio Institucional, Arquitectura Antigua, Patio Singular y, desde 2025, Patio Conventual, donde incluso han logrado el primer premio. La labor constante de las Hermanas de San Rafael ha sido clave para mantener vivo el conjunto y favorecer el relevo generacional dentro de la comunidad. El conjunto ha recuperado elementos populares como el pavimento de bolos de río, el brocal medieval, una antigua cocina y la capilla de la Virgen de Fátima. Todo ello se distribuye en dos patios con gran riqueza botánica y patrimonial en Córdoba capital. Tras cruzar un sencillo pasillo, lo que parecía una casa más del barrio se abre en un patio inmenso y vibrante, con más de mil macetas repartidas entre arriates, suelos y paredes. Lo cuidan con mimo los voluntarios de la asociación Amigos de los Niños Saharauis, que han hecho de este rincón un pulmón verde y solidario. Una azucena blanca, premiada por el Real Jardín Botánico, preside el conjunto como emblema de vida y resistencia. El espacio, que antes fue huerta, hoy acoge actividades culturales y benéficas. Aunque este año la gran buganvilla ha tenido que ser podada tras invadir la casa vecina, el patio no ha perdido ni un ápice de su encanto. Aquí, historia, compromiso y naturaleza se entrelazan con armonía en un ejemplo vivo de esfuerzo colectivo y amor por lo común. El patio gestionado por Rafael y Paqui afronta su segunda participación en el Concurso de Patios tras superar con éxito su estreno en 2025. El recinto, de planta en forma de ele, destaca por su distribución irregular, con varias puertas, escaleras, rincones y dos alturas que reflejan su compleja evolución histórica. Hace menos de un siglo, llegó a albergar hasta cuatro familias en condiciones de gran hacinamiento, formando parte de una antigua casa de vecinos con conexiones a inmuebles colindantes. A partir de hace cincuenta años, el padre de Rafael fue adquiriendo espacios y reformándolos progresivamente, dando lugar a un conjunto de arquitectura moderna que conserva, sin embargo, la huella de su pasado popular. Entre su vegetación sobresalen los helechos, de gran tamaño y antigüedad, junto a plantas que ganan porte con el paso del tiempo. La vivienda de la experta florista Ángela María se asienta sobre la estructura de un edificio del siglo XVI, aunque el conjunto ha sido adaptado para resultar plenamente accesible y funcional. La propia cuidadora insiste en que no se trata de un museo, sino de un patio vivo, pensado para ser disfrutado. Por ello, dispone los ejemplares más llamativos a la altura de la vista, favoreciendo su contemplación. El espacio alberga una de las colecciones botánicas más variadas del concurso, lo que implica un cuidado constante debido a las distintas necesidades de cada especie. Entre ellas destacan cuernos de alce, plantas carnívoras, claveles de aire, begonias ferox, musgos, líquenes y hasta un ejemplar de drago, una rareza compartida solo con otro patio. Este lugar, muy apreciado por escolares, posee una identidad marcada por la dedicación de su responsable. Juan y Fátima, ahora con 23 años, colaboran cuando pueden con María en el cuidado del patio, recordando con nostalgia cómo de pequeños ya recorrían este mismo espacio durante el Concurso Municipal de Patios. El recinto ha evolucionado mucho desde sus inicios, cuando se inspiraba en otros patios como el de Trueque 4, hasta consolidar hoy una identidad propia muy definida. Destaca su pavimento de chinos, la presencia de plantas veteranas y una original colección de micromacetas colocadas en conchas de caracol alrededor del pozo. También sobresalen la fuente, las rejas y varios ejemplares singulares, entre ellos un cuerno de alce especialmente valorado, emparentado con otro similar en Alvar Rodríguez 8 y reconocido en 2025 por el Jardín Botánico como ejemplar del año. A pesar de la lluvia, la calima y el verdín del invierno, el patio luce este año en un estado espléndido, fruto del esfuerzo constante de sus cuidadores. La recuperación de esta casa, con cuatro siglos de historia, se llevó a cabo respetando su esencia original mientras se le aportaba una nueva vitalidad. El resultado es un patio intensamente vivido, donde conviven tradición y creación contemporánea en un equilibrio muy personal. El espacio destaca por su color azul, que evoca paisajes mediterráneos y referencias a lugares como las islas griegas o Chauen, sin perder su raíz cordobesa. La vegetación refuerza ese carácter singular, con plumas de Santa Teresa, margaritas y otras especies de aspecto silvestre pero cuidadosamente integradas. También aparecen acantos, plantas de porte medio y flores de temporada que van transformando el conjunto a lo largo del año. Bajo arcos de ladrillo visto y columnas antiguas, el patio acoge música, poesía y encuentros culturales, convirtiéndose en un escenario vivo donde la creatividad forma parte del día a día. Este encantador patio es un refugio lleno de vida, tanto animal como vegetal. Bajo la sombra del enorme pacífico, el árbol más grande de Córdoba de esta especie, una pareja de mirlos ha decidido anidar nuevamente, acompañados de tortugas, cotorras, un canario, peces, y el perro de la casa. Julia, su propietaria, bromea diciendo que hasta su marido forma parte de esta peculiar fauna. El patio combina elementos castizos como el pavimento tradicional, un pozo medieval restaurado, una fuente, una pila y una imagen de San Rafael, creando un ambiente lleno de historia. Las plantas, desde las más variadas hasta las más exuberantes, parecen querer desbordar la fachada, que también participa en el Concurso de Rejas y Balcones. El espacio conserva la estructura original de una casa de vecinos del siglo XIX, donde el imaginero Antonio Castillo Ariza tenía su taller. La mezcla de calor y lluvia ha revitalizado el pozo, que ahora luce una iluminación misteriosa. El patio de la Asociación Claveles y Gitanillas, un rincón lleno de historia, sigue siendo un referente de autenticidad y tradición. Aunque ya no recibe premios, su legado está marcado por sus 12 primeros premios, convirtiéndolo en uno de los más galardonados del concurso. Este espacio ha sabido evolucionar sin perder su esencia popular, gracias a una rehabilitación que recuperó tres antiguas infraviviendas para dar paso a un lugar que respira vida y sabor castizo. Destacan el veterano limonero lunero, que este año ha dado unos frutos enormes gracias a la primavera impredecible, y el rincón de la pila y el pozo, que conserva la magia de tiempos pasados. Además, aunque la emblemática palmera fue víctima del picudo rojo, el patio ha ganado en luminosidad, dejando espacio para nuevas plantas como geranios y surfinias. Un patio que sigue siendo un hogar para la tradición y el presente. En su segundo año de participación, el patio continúa la labor iniciada por generaciones anteriores, manteniendo viva una tradición familiar profundamente arraigada en el certamen. Tras el reto de 2025, cuando el conjunto tuvo que reconstruirse casi desde cero, el espacio ha logrado estabilizarse con un trabajo más sereno y constante. Aunque se han perdido algunos ejemplares, destacan ahora unas cuidadas calas y hortensias, junto a la presencia de la llamada flor del sol en la barandilla, asociada a tradiciones populares del norte peninsular. El inmueble, de arquitectura moderna, conserva sin embargo elementos que evocan lo antiguo, como soportales de ladrillo visto, una escalera central, galería superior, fuente y pavimento de chinos. En este entorno, el patio se mantiene vivo y dinámico, con la convivencia entre trabajo diario, memoria familiar y la presencia de la nueva generación que ya comienza a colaborar en el cuidado del espacio. En Guzmanas 7 se percibe con claridad cómo el espíritu de los Patios ha sido plenamente asumido, hasta el punto de convertir este espacio en uno de los más reconocidos del certamen pese a su relativa juventud. El inmueble, con origen en 1690 como parte del antiguo palacete de Los Guzmanes, fue hallado hace una década en un estado casi ruinoso, aunque conservaba la fuerza de sus gruesos muros históricos. Desde entonces, el patio ha evolucionado mediante un proceso de ensayo y ajuste continuo, en el que la vegetación ha ido encontrando su lugar. Destaca especialmente una buganvilla que ha transformado una alta medianera en un auténtico toldo vegetal de color. El conjunto está lleno de detalles que evidencian una forma de entender el patio como espacio vivo, integrado en la casa, más que como elemento expositivo
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