ABC
En cuatro días, concierto en Barcelona. Luego, cena benéfica y promoción de 'La Puerta Mágica', su último álbum. Y, entre una cosa y otra, David de María (Jerez de la Frontera, 50 años) respira, se sienta y conversa con ABC sobre ese otro vicio declarado: el fútbol. —¿Practica deporte? —Soy padre de un peque que hace kárate, natación y he vuelto a convertirme en niño con él. Salimos en bicicleta, jugamos al pádel, al fútbol…soy el chófer del equipo. De hecho, ellos han sido los primeros en escuchar la maqueta de mi nuevo disco. Y hago natación. Me encanta porque, en Madrid, soy un marinero en tierra. —Contará por decenas, los recuerdos de esa infancia en Cádiz… —Tengo un recuerdo muy bonito de cuando mi padre me llevaba al Trofeo Carranza. Era la única manera de ver equipos internacionales. Me acuerdo de ver al Vasco de Gama, donde jugaba Donato, que luego le fichó el Atlético de Madrid. Allí veía al Barça o al Real Madrid. Aquello era maravilloso, porque yo era de Jerez y no teníamos equipo en Primera división. —Tiene que ser dolorosísimo ver al Cádiz C.F. en Segunda división ¿no? —Aunque jerezano, me tira el Cádiz, sí. Estamos curados en salud, porque siempre hemos sido un equipo sufridor. Lo de ser del Cádiz es pasional. Lo sientes, pase lo que pase. El Nuevo Mirandilla es una fiesta siempre, a pesar de cómo está el equipo. Es el ADN del Cádiz. Ojalá se acabe salvando porque este año bajar al pozo de la antigua Segunda B sería tremendo. —¿Lo compensa simpatizando con alguno de los denominados 'grandes'? —Como mi madre es del Betis, a mí también me tira. Y, aquí en Madrid, me tira el merengue. Pero soy amigo de Kiko y he ido mucho al Calderón y al Metropolitano. Estuve en el partido contra el Tottenham. Si llevo dos veces más a mi hijo, se me hace del Atleti. —¿Anti algo? —Anti nada. Cuando juegan españoles en Europa, soy de los españoles. Esta semana, del Atleti y del Rayo. —Y ¿cómo se lanza un disco como 'La Puerta Mágica' y se está al día de lo que pasa en el fútbol? —Hay veces que empezamos un concierto a las nueve de la noche y en el camerino siempre hay un móvil con el partido que se esté jugando (je, je…). Soy de los que está cantando y le está preguntando al técnico de monitores que cómo va el encuentro. —No le gusta el VAR, ni el fútbol como negocio. ¿Qué más no le gusta? —Los opinadores que nunca se han puesto unas botas de fútbol. Hay que ponerse en la piel de los jugadores. Se opina sin pensar. Pasa, también, en la música. Hay quien escribe una canción sin nociones musicales y ya se considera un artista. Incluso a algún exfutbolista parece habérsele olvidado cuando él estaba en el campo. —¿Tampoco se lo consiente a ellos? —Se opina a demasiada velocidad. Se falta al respeto a los profesionales y, a veces, olvidamos que son personas, no muñequitos de la 'Play'. —Eso de la velocidad, ¿lo dice también por quienes adelantan procesos de recuperación y por los que medio solapan campeonatos por el business? —Y por casi todo. Incluso por esos padres que quieren, con 10 años, que sus hijos cambien de deporte porque «no valen». ¡Con 10 años! Nosotros, a esa edad, queríamos ser ciclistas cuando se disputaba el Tour o futbolistas cuando empezaba la Liga. Y jugábamos en la calle para divertirnos. Mi padre nunca me dijo que me iba a cambiar de deporte porque no valía, a esa edad. —Una de sus letras reza algo así como «he dejado de creer en los mitos adorados y en los sueños oxidados». ¿Y en el fútbol clásico? —No, porque estoy viviendo el fútbol base y me sigue tirando el romanticismo de enseñar a mi hijo a controlarla, a darle con la izquierda siendo diestro o a meter la cabeza en un córner. Y he vuelto a recuperar ese romanticismo. Y ahí está la clave: en la educación de las nuevas generaciones. —Porque usted fue futbolista hasta que la música le sedujo. —Sí. Jugaba de 5. Era leñero, aunque mi música sea melódica. Era lateral derecho, central o jugaba de 5. Me identificaba con Sanchís, con Baresi, con Puyol… era de los que se dejaba el alma en el campo y le echaba la bronca al 9 cuando no presionaba. —Se hubiera quedado mudo, de jugar hoy en algún que otro equipo. —Pues jugué hasta los 16 años. Tenía ya un grupo. Un viernes, tocamos en una sala y el sábado jugábamos un partido. En pleno concierto, se coló mi entrenador. Al día siguiente, ante todo el equipo me dijo: «o fútbol o musiquita». Me eché a llorar, cogí mis cosas y me fui. —Su entrenador era un líder en humanidad. —Jugué en el Flamenco. De allí salieron Quique Romero, que luego fue internacional, Luna, del Albacete… dio muchos jugadores de nivel, aquel club. —Casi como los que le van a ver a sus conciertos. —Algunos han sido asiduos, como Guti o Sergio Ramos. Y a la hermana y la madre de Sergio siempre les ha gustado mi música. En casa de Guti, hemos acabado muchas noches con guitarra y voz. También viene a escucharme Roberto Carretero, extenista que, además, de venir a los conciertos, me lleva al gimnasio. Y Carlos Moyá. En el mundo del deporte, David de María gusta. —Usted ha dicho que ha llegado a sentirse como un suplente en el mundo de la música. ¿Persiste esa sensación? —Tengo títulos de canciones como 'Sin Miedo a Perder', algo muy de vestuario. O 'A estas Alturas del Partido'. La vinculación con el fútbol me ha servido como compositor. Lo de que llegué a sentirme portero suplente viene porque compartía oficina con Alejandro Sanz , Malú, Revólver y ¡leñe! nunca me ponían de titular, no arriesgaban conmigo. Y creo que he demostrado, tras 30 años de carrera, que sigo llenando salas y que la gente espera mi música. —¿Qué canción suya no puede faltar en el vestuario de un semifinalista de la Champions? —Una rumbita: 'No Me Toques el Sombrero'. Y si la ganan, que la canten bien alto, que el Atleti se lo merece. —El que se merece lo mejor es usted, que no hay acto benéfico que se le resista. Cuente, cuente. —Hemos organizado una cena benéfica para recaudar fondos para que los niños que vienen de África puedan integrarse, pero también para escolarizar críos en Guinea y Honduras. Destinaremos parte de lo recaudado, también, a peques con Síndrome de Rett. Será el 11 de junio. Me llevaré mi guitarra y cantaremos.
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