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Cuando Podemos se convirtió en fuerza vigorosa; cuando sacó buenos resultados en unas Europeas, presentando como logo un sello con la cara de Pablo Iglesias, rey; cuando salieron de las tiendas de campaña camino del cielo; yo pertenecía a la dirección local de Compromís. Hubo una cierta preocupación y no faltaban voces que defendían promover una pronta unidad. Me mostré muy escéptico. Mi tesis era que Podemos sería un formidable corredor de velocidad, pero que Compromís, si era capaz de vertebrarse y actuar como un partido de gobierno, sería un corredor de fondo más útil. Alguien propuso que, al menos, podíamos reunirnos con ello, lo que pareció sensato. ¿Pero quiénes eran «ellos»? A algunos conocíamos de lejos o porque salían en prensa. Así que alguien llamó al amigo de un amigo para concertar una reunión.
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