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Una donación de 38 millones de dólares 'a fondo perdido' de Elon Musk a OpenAI puede cambiar el futuro de la IA | Collector
Una donación de 38 millones de dólares 'a fondo perdido' de Elon Musk a OpenAI puede cambiar el futuro de la IA
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Una donación de 38 millones de dólares 'a fondo perdido' de Elon Musk a OpenAI puede cambiar el futuro de la IA

El juicio tecnológico del momento y, tal vez, el que marque el devenir de la inteligencia artificial comenzó esta semana en Oakland, con jurado popular y con el morbo, para muchos, de ver a los que fueron amigos —Elon Musk y Sam Altman— enfrentarse por una ingente cantidad de dinero. El fundador de Tesla reclama a OpenAI 130.000 millones de dólares por fraude y daños después de haber donado “como un idiota” —así se ha definido— 38 millones de dólares a la organización que, por aquel momento, se presentaba como una entidad sin ánimo de lucro. “Un laboratorio abierto, transparente y orientado al bien común”, decían de la matriz de ChatGPT a la que Musk acusa de traición y a la cúpula de la compañía de haber “saqueado una obra caritativa” y transformado ese proyecto altruista en una empresa que vale más de 800.000 millones de dólares . El juicio, pese a ser tan mediático, ha sido asignado de manera aleatoria a la jueza Yvonne Gonzalez Rogers, quien tiene su sede en el tribunal federal Ronald V. Dellums en Oakland. La ciudad, con mucho menos glamour , que su vecina San Francisco, será, durante un mes, el centro de las miradas, por allí pasarán Elon Musk , Sam Altman y otros expertos en IA como Satya Nadella , consejero delegado de Microsoft, o varios ex OpenAI como Shivon Zilis que, además, es madre de cuatro de los hijos de Elon Musk. Corría el año 2015 cuando un joven Sam Altman se reunía con Elon Musk convencidos de que podrían crear una inteligencia artificial generativa que podía cambiar el mundo , una especie de ‘Proyecto Manhattan’ de la IA. La idea que ambos tenían era “crear un laboratorio abierto, sin ánimo de lucro”, que sirviera de contrapeso a los gigantes de Silicon Valley como Google. A Musk le interesó el proyecto y puso el dinero —esos 38 millones, según su defensa— y Altman asumió el liderazgo operativo y la imagen pública del proyecto. La promesa, tal como lo ha resumido Musk ante el jurado, era sencilla: nada de accionistas, nada de enriquecerse, todo “por el bien de la humanidad”. Pero la realidad ha sido muy distinta. A medida que OpenAI fue creciendo y ganando fama con su ya ‘archiconocido’ ChatGPT , ha ido incorporando una estructura comercial con la entrada de inversores privados hasta el desembarco de Microsoft como parte del accionariado. Ahí todo cambió. La intención de salir a Bolsa por parte de OpenAI ha desatado la ira de Musk que ha visto cómo el proyecto que él abandonó en 2018 ha ido creciendo. Para el magnate y amigo de Donald Trump, su papel en la compañía durante esos años, hace ya una década, era financiar una especie de “hospital público” de la IA y sus antiguos socios lo han convertido en una clínica privada de lujo. Musk, convertido en el adalid de la beneficencia, reclama a los fundadores de OpenAI los 130.000 millones de dólares por “enriquecimiento injusto” y asegura que ese dinero lo reinvertirá en la rama no lucrativa de la compañía. Además, el fundador de Tesla y exconsejero del Gobierno estadounidense pide que Sam Altman y Greg Brockman abandonen la dirección de OpenAI y se revierta el giro empresarial de la compañía para volver a los orígenes de su fundación: un laboratorio tecnológico abierto. Musk intenta que su queja vaya más allá del ‘me traicionaron a mí’ hasta el ‘han traicionado a la humanidad’. La pregunta de fondo es si un donante puede obligar a una organización a retroceder una década en su historia. Y ahí es donde los juristas empiezan a enfriar esa posibilidad y el origen de toda esta batalla entre quienes un día fueron amigos. Especialistas en Derecho de fundaciones consultados por Politico recuerdan que, en general, cuando alguien dona dinero a una entidad sin ánimo de lucro deja de tener control sobre ese dinero : si años después no le gusta el rumbo que ha tomado, su opción suele ser dejar de donar , no exigir en los tribunales que cambie de rumbo. Musk alega que OpenAI le engañó y lo que entregó fue un cheque firmado bajo promesas concretas que se han incumplido. Una de las pruebas que ha aportado el también dueño de X es el diario de Greg Brockman en el que ya en 2017 se valoraba “librarnos de Elon” y conseguir “1.000 millones de dólares”. La parte acusada, OpenAI, alega que todo esto que presenta Musk es una “lectura interesada” y que la compañía sigue teniendo una parte sin ánimo de lucro dentro de la estructura empresarial. Además, los abogados de la defensa aseguran que nunca prometieron a Musk, ni a ningún otro donante, que no habría una estructura con ánimo de lucro y que él mismo, en correos internos, alentó la idea de atraer capital externo . Además, la compañía que preside Altman insiste en la demanda de Musk responde a una venganza porque quiso controlar OpenAI, se marchó cuando vio que no pudo, montó otra empresa competidora, xAI, y, ahora, quiere deshacer lo conseguido por su rival para intentar comprar una parte de la empresa a la que en su día financió. Los abogados de Musk intentan dibujarle como un donante ingenuo pero con buenas intenciones , preocupado por la seguridad de la IA y sorprendido al descubrir que la gran obra benéfica que sufragó se convertía en una máquina de hacer dinero. La defensa insiste en que Musk es un hombre dolido, pero sus declaraciones mostraron su megalomanía. Pese a autodenominarse “idiota” por la donación, insistió en que “sin mí, OpenAI no existiría ” y que la fama y reputación de la compañía fueron en parte gracias a él. En el otro lado, OpenAI que intenta demostrar ante las nueves personas del jurado que Musk no es de fiar , que creó su propia compañía de IA, xAI, y que la desaparición o regresión de la de Altman provocaría un vacío de mercado que llenaría la compañía del exconsejero de Trump y que su ego ha provocado más de una crisis en sus empresas. Fuera de la sala de la jueza Gonzalez, organizaciones y analistas señalan que, en un país donde el Congreso se mueve con mucha lentitud ante los avances en IA, estos juicios civiles se han convertido, de facto, en una de las pocas vías para obligar a estas empresas a abrir sus correos, sus informes internos y sus decisiones estratégicas al escrutinio público. En cualquier caso, el jurado tendrá que decidir si la historia que mejor encaja con las pruebas es la de un donante engañado por una élite codiciosa o la de un empresario que no acepta haber perdido la carrera por dominar la inteligencia artificial, como defiende OpenAI.

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