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Sagirah Shahid no se cansa de hablar de la impresionante movilización popular que, en Mineápolis , logró frustrar a principios de año la política brutal y violenta del ICE, la policía migratoria de Donald Trump. Podría pasarse horas recordando aquel momento decisivo y de lucha contra los 3.000 agentes desplegados en las calles de esta ciudad de Minesota, conocida por su tradición de solidaridad frente a la arbitrariedad y por su capacidad de organización. Pero esta activista y poeta musulmana afroamericana, que estuvo en primera línea de aquella lucha, solo concede a Mediapart una hora en una agenda muy apretada. Durante dos semanas , y por invitación de organizaciones como Greenpeace, Attac, Les Amis de la Terre France y el colectivo BreakFree Suisse, ha recorrido Francia, Suiza y los Países Bajos junto a otras dos figuras de la lucha contra el ICE en Minesota: Janette Zahia Corcelius, sindicalista y miembro de los Socialistas Demócratas de América (DSA, por sus siglas en inglés), y el rapero Tufawon, cuyo verdadero nombre es Rafael González. Uno de los objetivos de esta gira es convencer a las instituciones suizas y europeas de que dejen de invertir en empresas con contratos con el ICE , entre las que destacan Palantir (que desarrolla herramientas de búsqueda y vigilancia masiva de personas susceptibles de deportación), operadores de prisiones privadas y centros de detención de migrantes, como CoreCivic y GEO Group . Los tres activistas participaron el miércoles 15 de abril, en Basilea, en una concentración frente al edificio donde se celebraba la asamblea general del banco suizo UBS. Diez días después, Sagirah Shahid, que también es miembro de la coalición Minesota Labor for Palestine , sale de una reunión organizada en el Centro Internacional de Cultura Popular, en París, para concedernos esta entrevista. En unas horas tiene que coger un tren a Ámsterdam. Pero los sesenta minutos que pasamos con ella bastan para comprender mejor cómo Mineápolis (donde en pocas semanas fueron asesinadas por las fuerzas policiales dos personas, Renee Good y Alex Pretti ) ha sido escenario de un punto de inflexión en la lucha contra el autoritarismo de la administración Trump. El ejemplo se ha vuelto revelador, no solo en Estados Unidos, sino también en Europa, donde la extrema derecha, respaldada por la administración Trump, está en auge. “Pero todos debemos estar en la misma onda” , insiste Sagirah, que se unió al Partido Verde (Green Party) durante la campaña presidencial de 2024, decepcionada por las posturas de los demócratas sobre el genocidio en Gaza. “La derecha forma un frente común. Los tecnofascistas están unidos en torno a un programa que antepone la tecnología y las empresas a los seres humanos . La izquierda debe formar un frente común”. En sus encuentros con activistas de este lado del Atlántico, Sagirah Shahid ha percibido en algunos momentos una especie de derrotismo. Un sentimiento que ella no puede permitirse debido a su historia personal, que la empuja a no darse nunca por vencida. Sus antepasados, descendientes de esclavos, huyeron de Misisipi , donde las leyes Jim Crow imponían la segregación a la población negra y permitían a los blancos seguir imponiendo su voluntad. “Tuvieron que marcharse durante la Gran Migración [un movimiento que llevó a millones de afroamericanos del sur de Estados Unidos a Estados más al norte a principios del siglo XX – ndr] debido a la violencia que reinaba en Misisipi . Nunca hemos dejado de luchar. Esta lucha nunca ha terminado”, explica. “Debemos recordar a nuestros compañeros europeos que no deben dejar que los fascistas les hagan creer que han perdido” , añade. “Es una cuestión de psicología. Es necesario unirse, tomar el control del propio discurso y organizarse. No son tan fuertes como creéis.” Los fascistas pueden ser tigres de papel frente a la determinación de la oposición , si nos fiamos de una de sus anécdotas. Un activista neonazi, Jake Lang (tristemente conocido por sus comentarios islamófobos y indultado por Trump tras su condena por participar en el ataque del 6 de enero de 2021 contra el Capitolio), había convocado una manifestación en Mineápolis a favor del ICE. Eso ocurrió mientras estaba en pleno apogeo la operación antimigrantes Metro Surge (cerca de 4.000 detenciones, de las cuales 2.000 acabaron en expulsiones). La magnitud de la respuesta acabó con esta provocación antes de que se materializara. Respondió a su llamamiento muy poca gente, mientras acudieron cientos de contramanifestantes. “No llevaba ropa de abrigo. Venía de Florida y no conocía nuestro clima. Nosotros sabemos cómo vestirnos para el invierno. La gente le lanzó globos de agua y le dispararon con pistolas de agua para mojarlo, cuando las temperaturas estaban bajo cero”, cuenta ella. Ironías del destino, el neonazi le debe la vida a dos hombres, un negro y un árabe musulmán, que lo protegieron de la multitud, y a una mujer trans que aceptó llevarlo en coche a su hotel. “Ella no lo sabía. Publicó un vídeo después de los hechos. Explicó: ‘No sabía lo que estaba pasando. Si no, no lo habría llevado en coche, porque odia a las mujeres trans’. Pero lo sacó de allí… Así que fue rescatado por todas las personas a las que odia : una mujer trans, un hombre negro y un musulmán”, sonríe Sagirah Shahid. Esta solidaridad, esta ayuda mutua que consiste en intercambiar servicios y recursos, es algo habitual en Mineápolis , debido a su historia de luchas, huelgas obreras y compromiso. La historia reciente lo ha demostrado tras el asesinato de George Floyd, en 2021. Es este caldo de cultivo el que ha permitido el éxito de este comienzo de año. Se ha construido sobre una estrategia que se basa en tres pilares: la acción directa no violenta, caracterizada por manifestaciones, una huelga general y la interrupción de las actividades del ICE; la organización de patrullas ciudadanas para proteger los barrios señalados; y, por último, la presión económica, que consiste en campañas de boicot contra los comercios y las empresas que colaboran con la policía de inmigración , o simplemente contra los hoteles que alojan a los agentes. “Ha sido una movilización masiva”, insiste Sagirah Shahid. “No se trató solo de una acción aislada, sino de un conjunto de iniciativas diferentes. Y no se limitó a las acciones directas no violentas, sino que también se trasladó al ámbito político.” Los activistas presionaron a las autoridades locales para que prohibieran la colaboración con los agentes del ICE y el uso de aparcamientos públicos por parte de estos, y el ayuntamiento aprobó una ordenanza en este sentido. “Fue muy importante, porque permitía hacer todo lo posible para frenarlos y complicarles la tarea al máximo”, subraya la activista. Pero sigue habiendo unos quinientos agentes del ICE en la ciudad. Siguen deteniendo a personas y separando a familias. “Siguen sembrando el terror entre la población” , lamenta Sagirah Shahid. Nada más bajar del avión, se unirá a las actividades previstas para el 1º de mayo, con un llamamiento a la huelga general. En Mineápolis, ciudad contestataria y solidaria, la lucha nunca termina. Traducción de Miguel López
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