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En el debate educativo contemporáneo, cada cierto tiempo vemos cómo resurge con fuerza una corriente de pensamiento que, bajo una aparente defensa del conocimiento y la justicia social, sostiene que la escuela pública ha "averiado" su función de ascensor social al relajar la exigencia . Según este planteamiento, la sustitución del esfuerzo y el rigor por metodologías más flexibles que buscan atender a la diversidad constituye una traición al alumno más vulnerable : a quienes más necesitan de la escuela se les estaría privando de su única herramienta de ascenso, el mérito académico. Sin embargo, este análisis tan simple que renace sobre todo cuando las pruebas de acceso a la universidad se acercan, como ahora, o con evaluaciones como PISA , resulta incompleto y profundamente reduccionista si no se somete a una mirada sistémica y multicausal más profunda . En esa narrativa, hemos llegado a escuchar, por ejemplo, ideas como que la escuela pública nació exclusivamente para permitir que el hijo del obrero llegara a ser, por ejemplo, neurocirujano o abogado. Si se fijan, dentro subyace una visión romántica que ignora la función histórica del sistema educativo como mecanismo de clasificación social . Muchísimos estudios de sociología de la educación están ahí para demostrarlo. El llamado "rigor exigente" que se añora en esta corriente de pensamiento nunca fue un terreno de juego neutral. Hablar solamente de mérito personal sin tener en cuenta los factores estructurales y contextuales favorece, por definición, a quien ya trae de casa un capital cultural y una red de seguridad emocional. Cuando la escuela se limita a ser un colador de "notas y saber", lo que hace no es potenciar al vulnerable, sino legitimar la desigualdad previa bajo el disfraz del talento natural . Es más sorprendente aún que, desde este marco, a la modernidad pedagógica se la llegue a tildar de "nuevo clasismo". Se crea así la falsa dicotomía entre innovación para lograr equidad e inclusión, por un lado, y rigor exigente, por el otro, reservándose a las élites la salvaguarda de este saber riguroso. Es peligroso difundir la idea de que las instituciones educativas más exclusivas del mundo están volviendo a la escuela más tradicional, del pasado. Es justo lo contrario: los sistemas educativos más avanzados llevan años liderando la transición hacia un aprendizaje competencial donde la resolución de problemas, el pensamiento crítico y la gestión de la incertidumbre son el verdadero "currículo de élite" , ejemplo del verdadero rigor académico, científico y pedagógico. Proponer para la clase trabajadora una escuela de manual y repetición mientras el mundo demanda perfiles creativos es condenar a los hijos de la pública a una nueva servidumbre y una masa obsoleta frente a las dinámicas de la sociedad contemporánea. Este discurso lleno de falacias también equipara la justicia social con el "maquillaje estadístico" de los aprobados, asunto que les resultará familiar, ya que se repite mucho en foros de todo tipo. De hecho, esta es de las ideas a mi juicio más sonadas, y representa una simplificación que elude problemas reales: la infrafinanciación y la falta de recursos para atender la diversidad . Es hacia aquí hacia donde deberíamos mover la portería . He defendido mucho, y no me cansaré de hacerlo, que el éxito educativo no debería medirse por cuántos alumnos superan un estándar rígido, sino por cuántos logran una formación sólida que les permita progresar en una sociedad compleja . Esa exigencia que tanto se enarbola no se recupera volviendo al pasado, sino dotando a la escuela de los medios ajustados según el contexto para que el aprendizaje sea significativo y adaptado a las necesidades de cada situación. En esto es en lo que deberíamos centrar el debate, aunque sigan vendiendo más el alarmismo y el catastrofismo. Por lo tanto, la verdadera estafa educativa no es que nuestros jóvenes estén logrando un título sin base, sino la pervivencia de un sistema que hace creer al alumno que su destino depende únicamente de su capacidad de resistencia al esfuerzo individual, ignorando las barreras sistémicas que condicionan su punto de partida. Dicho de otra forma y para que me entiendan, el "cheque sin fondos" que endeuda a las generaciones actuales y venideras es prometer meritocracia en un entorno de desigualdad creciente . En definitiva, la formación sólida de la que todos hablamos y que tanto pedimos (yo el primero) no debe ser el privilegio de quien sobrevive a un sistema de exclusión que perpetúa un imaginario ancestral de la escuela. La formación exigente tiene que ser parte de un derecho de quien, venga de donde venga, encuentra en la escuela pública un lugar que no le pide que tape o maquille su condición de partida para ser aceptado y poder avanzar. La clave no está en buscar culpables en la innovación pedagógica, sino en entender que la escuela es el último refugio de lo común. El rigor y la exigencia siguen siendo fundamentales, por supuesto, pero su enfoque no puede convertirse en sinónimo de segregación. Si lo hace, estaremos, de forma cíclica y como ocurría en el pasado, fabricando una sociedad donde el destrozo lo sigan pagando, como siempre, los hijos de los demás. Nunca los nuestros. __________________________________________ Albano de Alonso Paz es catedrático de Lengua y Literatura, profesor y Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.
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