Diario CÓRDOBA
Mayo comienza en Córdoba poblando de cruces sus plazas principales, engalanando así, festivamente, los versos del poeta León Felipe: «Nada se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz». Por eso, nuestra ciudad convierte en «altares laicos» la belleza de las flores, dibujándolas en forma de cruz, porque «hecha está la cruz a la medida de Dios, de nuestro Dios, y hecha está también a la medida del hombre». El hombre es un ser que se admira y piensa, que se asombra y pregunta. De la admiración nace la filosofía, y del asombro la religión; una y otra abren en el cristianismo a la teología y a la mística. Quien se ha adentrado en la morada de la interrogación y del asombro ya no podrá permanecer por más tiempo en la pura pervivencia vegetativa y animal. Pensar, preguntar, invocar y esperar constituirán en adelante la trama de su ser. Eso es ser hombre. Para quien cree en Dios, el mundo sigue siendo el mismo y, sin embargo, aparece como totalmente nuevo: es creación, es don y es promesa. Junto a la fiesta de las cruces, la romería de hoy al Santuario de Nuestra Señora la Virgen de Linares, en el corazón de Sierra Morena. Las «romerías» nacen de la combinación de la peregrinación religiosa medieval, el cumplimiento de promesas devocionales y tradición de visitar santuarios o ermitas. La palabra «romería» viene de «romero», nombre que designa a los peregrinos que se dirigen a Roma y, por extensión, a cualquier santuario o ermita de una Virgen o un santo patrón del lugar, situado normalmente en un paraje campestre o de montaña. La «romería» es una manifestación de fe profundamente arraigada en la cultura religiosa. Y en los «romeros» brillan tres hermosos destellos: primero, el de ser «peregrinos», el de «caminar» por los senderos de la historia, conscientes de que en la vida no hay «caminos maravillosos», sino «caminantes maravillados»; segundo, el de ser «sembradores», de plegarias encendidas por los caminos, de palabras fraternas y de gestos hermosos; tercero, el de ser «testigos», ya que, en frase de san Pablo VI, «el testimonio es el primer medio de evangelización». Cada generación, cada persona, cada cultura reconoce lugares privilegiados para la «presencia de Dios» y el «encuentro con Él». En el siglo XVII, John Donne escribía estas líneas tan hermosas y sugerentes: «Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo: cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar arrebata un trozo de tierra, es Europa la que pierde, como si se tratara de un promontorio (...). Por tanto, nunca vayas a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti». En la vida personal y en los organismos derivados de la libertad, la vida está siempre dada y, sin embargo, está siempre por hacer, por inventar, por purificar y por proyectar. Esta es la faz que proponía el Concilio Vaticano II: «Un cristianismo abierto a la libertad de los hombres; confiado en su dignidad inmanente, por ello, capaz y necesitado de diálogo; acogedor y oblativo a los demás; solidario con las situaciones históricas de la humanidad; tan gozoso y agradecido con el don de Dios, que es la fe, como urgido por el amor a sus hermanos a comunicársela por ser el gran tesoro y la perla más preciosa».
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