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Un homenaje vivo | Collector
Un homenaje vivo
La Opinión de Murcia

Un homenaje vivo

El calendario dice que hoy es el Día de la Madre. Lo ha dicho la radio, durante no sé cuántas semanas con una insistencia algo obscena; lo dicen los escaparates forrados de un rosa que muerde, lo dicen las ofertas en perfumes, lo dicen los mails de la carpeta de Spam con asuntos tan crueles como «Mamá, haz la maleta que nos vamos». Lo dicen los spots de televisión para que le regales a tu madre lotería, un secador y hasta ofertas en clínicas estéticas para que vayas con ella. Todo diseñado por y para el consumo; estamos podridos como sociedad. Recuerdo los últimos años de mamá, que prefería un dulce, o cualquier detalle hecho con cariño, que el típico regalo consumista que le hice cuando nuestra vida era otra. Bendita enfermedad que recolocó todo, dándole importancia a las cosas sencillas. Para mí, la fecha real no tiene nada que ver con este domingo de mayo impostado. Mi fecha es el 20, un lunes de hace casi dos años que se quedó congelado para siempre. Cuidar fue durante mucho tiempo mi único oficio real. No lo digo para que parezca un sacrificio heroico, en absoluto. Lo digo como quien se dedica a la producción, y en este caso, a la logística de pastilleros, pulsioxímetros para medir la saturación en oxígeno, o hacer cambios posturales. Allí, el amor se manifestaba en la temperatura exacta de un puré o en la colocación perfecta de una almohada, un vaso de naranjada con espesante, un masaje por todo el cuerpo con crema para la atrofia al no poder moverse, o pintarle las uñas. Y de repente, el 20 de mayo, mi empresa cerró por defunción. Me quedé con un currículum lleno de habilidades que ya no sirven y con unas manos que, por pura inercia, siguen buscando algo que sostener. Sigo en alerta al escuchar una ambulancia y me quedo mirando a las señoras en silla de ruedas por la calle; me provoca mucha ternura. El dolor de su ausencia con el paso de los días y semanas ha mutado; no hay dramatismo, para nada. Es como intentar encender una luz en una habitación que sabes que está vacía; se acabó esa punzada aguda de las «primeras veces» que, con el tiempo, va dejando de doler, como al principio. Es la sensación de tener una llave que ya no abre ninguna puerta porque han cambiado la cerradura. Hace unos días me quedé sentada en el mismo sillón que pusimos al lado de su cama durante un par de horas en silencio. Se aprende a vivir; aunque a ratos no parezca real, pero lo es, entras en el club de las personas que han perdido una parte vital de su vida, esa persona que lo inundaba todo. Por eso, decidí que este domingo de parafernalia y flores cortadas que morirán el martes, quería estar en otra parte, antes que donde siempre. No es una huida romántica, es una medida de higiene mental. Viajar a visitar amigos, desconectar, comer rico, pasear sin planes siempre me ha dado esa libertad necesaria para romper la rutina y refrescarme de mi realidad; ella no está, el tiempo que le dedicaba ahora me pertenece y volver a vivir, aunque me produce vértigo y es abrumador, me sienta muy bien. Convertir el tiempo propio en un homenaje vivo es la manera que tengo de honrar a quien me enseñó, precisamente, a cuidar de la vida. El año pasado estaba cabreada, me costaba aceptar; este año sé que lo vivido es un regalo que me ha enseñado a valorar aún más el tiempo, la vida y cómo quiero vivirla. He decidido que mi mejor homenaje es volver a vivir. Me asomo a este nuevo tiempo con la curiosidad de quien estrena un cuaderno en blanco y todavía no sabe qué historia va a empezar a escribir, quitándole hierro al asunto y sonriendo, sintiéndome profundamente libre. Esta columna va dedicada a todos los hijos que cuidan, a los que después sienten un vacío que es difícil de explicar. La vida nos espera, su recuerdo nos acompaña. Feliz domingo.

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