ABC
Ante el peligro constantemente anunciado de un calentamiento catastrófico de la atmósfera terrestre, las soluciones que se proponen resultan económica y políticamente difíciles de llevar a la práctica. A la incertidumbre sobre cómo enfrentarnos a la crisis climática se suman inquietudes geopolíticas de primer orden. Son muchas las etnias y las creencias que se muestran poco dispuestas a resolver sus diferencias pacíficamente. ¿Conseguirán las grandes potencias evitar un conflicto que pudiera desembocar en una tercera guerra mundial, de la que tantos hablan con pasmosa frivolidad? Las predicciones catastrofistas se basan en extrapolaciones de 'modelos' y no en observaciones empíricas, como exige el rigor científico. Y por ello, quizá no sean tan inevitables las catástrofes que nos anuncian los apóstoles de un mundo verde si no les hacemos caso. Confrontemos las predicciones de los modelos con lo que realmente se observa. Para ello, acudamos al libro 'The Lukewarming' (Cato Institute, 2016) de los profesores Patrick Michaels y Paul Knappenberger, de la Universidad de Huntsville en Alabama. En él se recogen las conclusiones de nada menos que 102 modelos que la IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), la autoridad máxima climatológica establecida y ratificada por las Naciones Unidas, utilizó a lo largo de los años para predecir la evolución del clima. La predicción observada es que, llegada la mitad de 2020, el clima se habría calentado en 1 °C. En cambio, las observaciones físicas del mismo periodo, tanto de globo meteorológico como de satélites, detectaron una subida de solo 0,2 °C. Es decir, las predicciones sobrestiman el calentamiento observado por cinco veces. Otra estimación, también revisada por pares, es la de McKritrick and Christy de 2020, 'Pervasive Warming Bias in CMIP6 Tropospheric Layers'. Ahí la media de los 38 modelos CMIP5 (Coupled Model Intercomparison Project) predice una tendencia de entre 0,28 y 0,29 °C por década entre 1979-2019. La tendencia observada fue de solo 0,14 °C por década. Es decir, menos de la mitad. La equivocación de los modelos climáticos consiste en dar por supuesto que el clima funcionará exactamente como dice la teoría: se insertan los datos del dióxido de carbono y del vapor de agua, y luego se calcula su efecto como si el modelo reflejara perfectamente la realidad. Los modelos deberían tomarse como hipótesis implícitas sobre el futuro, no como hechos consumados. Si los modelos no han demostrado concordancia con la realidad en el pasado, ¿hay razón para creer que la demostrarán en el futuro? Es más, los propios científicos del IPCC reconocen que los modelos con mayor sensibilidad climática –los más alarmistas– son difícilmente compatibles con las observaciones de las décadas recientes. La conclusión científica, si bien incómoda para ciertos intereses, es que el calentamiento en curso es real pero más moderado de lo que proclama el coro alarmista. Los profesores Michaels y Knappenberger, con su concepto de 'lukewarming' –tibio calentamiento–, apuntan hacia esa conclusión más ponderada: hay un cierto recalentamiento atribuible a la acción humana, pero sus efectos son limitados. Lo que ellos denominan 'grand narratives' o 'cascadas de disponibilidad' designa el fenómeno por el que las exageraciones de los alarmistas se retroalimentan hasta adquirir vida propia, independiente de la evidencia. Se han invocado inundaciones, sequías, huracanes, hambrunas, epidemias, la caída de la producción de alimentos, la elevación del nivel del mar... El vicepresidente Al Gore llegó a predecir la desaparición de los osos polares y el hundimiento de Manhattan bajo las aguas. Todo son anuncios de catástrofe, pero la realidad, terca como siempre, se resiste a seguir el guion. ¿Qué hacer, entonces, ante una situación de incertidumbre legítima? Hay quienes proponen reducir la producción, limitar el consumo energético y atar en corto el crecimiento económico, en especial el de los países en vías de desarrollo. Es el catastrofismo como política: ante el miedo, austeridad; ante la incertidumbre, prohibición. A esta receta yo opondré otra de probada eficacia histórica: la confianza en la capacidad humana para resolver los problemas mediante el ingenio y el avance técnico. La especie humana ha superado hambres, epidemias, agotamiento de recursos y contaminaciones de toda índole, no renunciando al progreso, sino profundizando en él. Fue la Revolución Industrial, no la vuelta al campo, lo que acabó con el trabajo infantil y multiplicó la esperanza de vida. Fue la agricultura intensiva, no la vuelta al barbecho, lo que permitió alimentar a 7.000 millones de personas. Si el clima es un problema –y en alguna medida lo es–, la solución vendrá de, por ejemplo, las posibilidades de la energía de fusión nuclear, de los sistemas de captura directa de carbono atmosférico, de las baterías de nueva generación, de una agricultura más eficiente en el uso del agua. Vendrá, en suma, de la misma fuente que ha resuelto todos los grandes problemas de la humanidad: la libertad de investigar, de emprender y de innovar. No son pocos los que, con genuina angustia moral, denuncian la pobreza, la desnutrición, la falta de acceso al agua potable, la mortalidad infantil y, a renglón seguido, abrazan políticas climáticas que, en la práctica, condenan a esas mismas regiones a no poder recorrer el camino de desarrollo que nosotros sí recorrimos. Existe un calentamiento real pero moderado, cuya magnitud los modelos tienden sistemáticamente a exagerar porque les conviene; existen riesgos reales pero manejables, que los intereses propios o la mala fe convierten en catástrofes apocalípticas, y existe una tentación política real y peligrosa de aprovechar el miedo climático para justificar intervenciones coercitivas que nada tienen que ver con la ciencia y mucho con el control. La respuesta correcta no es el pánico, sino el temple. Temple para no dejarnos arrastrar por la histeria, y para invertir seriamente en las tecnologías que resolverán el problema sin empobrecer a nadie. Templaos, pues, señores alarmistas. La historia no da la razón a quienes profetizan el fin del mundo, sino a quienes confían en el ingenio humano para sortearlo.
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