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José Sacristán: «Estoy harto del mesianismo de cierta izquierda que no va a ningún lado» | Collector
José Sacristán: «Estoy harto del mesianismo de cierta izquierda que no va a ningún lado»
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José Sacristán: «Estoy harto del mesianismo de cierta izquierda que no va a ningún lado»

En 1971, Fernando Fernán Gómez dirigió una película titulada 'Cómo casarse en 7 días'; fue la primera vez que trabajaba con un pujante actor llamado José Sacristán . Aquel fue, Humphrey Bogart dixit, el principio de una gran amistad, cultivada a lo largo de los años. «Oír a Fernando era una delicia -recuerda Sacristán-; al margen de su condición de actor, era un gran conocedor del idioma y tenía mucho ingenio -a veces perverso-, escucharle era una gozada. Era una suerte estar cerca de Fernando». José Sacristán (Chinchón, Madrid, 1937) pertenece a ese selecto puñado -se puede contar con los dedos de una mano- que son leyendas vivas de nuestro teatro y nuestro audiovisual . Es tan buen actor que ha convencido a todo el mundo de que tiene 88 años aunque su apariencia, su energía y su desenvoltura lo hagan poco creíble. Más todavía si se ha embarcado con esa edad en un nuevo proyecto teatral: ' El hijo de la cómica ', un monólogo inspirado precisamente en su amigo Fernán Gómez y sus memorias, 'El tiempo amarillo'. Estará en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 28 de junio, dentro de una gira que comenzó en octubre. «A Fernando -continúa- no le importaba esa imagen de antipático o de feroz incluso que podía mostrar, pero realmente era una persona generosa y tierna. Lo que más celebro de lo que está pasando con 'El hijo de la cómica' no es que me digan qué bien lo hago, sino comprobar el respeto, la admiración y el cariño hacia esa persona de la que estoy contando la infancia y la adolescencia». —Y al volver sobre él, ¿qué ha descubierto? Los actores descubren todos los días cosas nuevas en sus personajes... —A estas alturas, eso sería casi una pedantería por mi parte, aunque yo procuro no perder de vista al crío que fui para seguir investigando, curioseando, equivocándome, descubriendo. Pero lo que sí constato es la suerte de haber hecho un recorrido en la vida y en el trabajo, que han ido casi siempre de la mano, para llegar a este punto, a los 88 años, en que el ciudadano Sacristán y el cómico Sacristán dedican un tiempo a recordar y homenajear a alguien con quien, como compañero de trabajo y como amigo, he compartido tantas cosas y siento que de alguna manera se redondea. —¿Y qué es lo que más le mueve a seguir encima del escenario a los 88 años? —El juego, lo que tiene de juego esto, jugar a que los espectadores se crean que soy el que no soy y que algo les pase; afortunadamente, como hasta ahora está ocurriendo. Cuando empezó, Fernando quería ser Jackie Cooper, el de 'La isla del tesoro'. Yo quería ser Robin de los Bosques, D'Artagnan o Iván el Terrible, yo qué sé… La cosa es poder jugar, un juego de una profunda seriedad. Nietzsche decía que no hay mayor seriedad que la del niño cuando juega... Sí, sí, el juego, cuando deje de jugar o de divertirme, se acabó, me quedo en mi casa. —Que no parece que vaya a ocurrir. Si después de tantos años, casi setenta, no se ha aburrido... —No… Además, los tiempos han cambiado. Fernando abominaba de las dos funciones, y el cine vino a rescatarnos a unos cuantos de ellas. El cine, las películas musicales, la zarzuela...; en fin, uno ha ido yendo de un lado para otro, nunca me ha faltado trabajo. En ocasiones lo que me pagaban era insuficiente porque nacieron mis hijos -en fin, una irresponsabilidad como otra cualquiera-, pero nunca me ha faltado trabajo. Yo sabía que esto no iba a ser fácil, que llegar a ser Tyrone Power, que era lo que yo quería, no sería sencillo. Pero se han ido capeando las dificultades, aunque nunca he tenido momentos de crisis jodidos que hayan durado lo suficiente como para hacerme abandonar la profesión. Yo he sido vendedor del Círculo de Lectores, he vendido libros prohibidos, porque había que sumar… Pero desde hace muchos años puedo incluso permitirme el lujo de elegir lo que quiero hacer. —¿Es el mayor logro que puede conseguir un actor? —Sin duda ninguna. Para mí la medida del éxito ahora es eso; yo ya no voy a madrugar más, no voy a hacer más cine ni más televisión. No madrugo más, ni paso más frío en exteriores en invierno, ni más calor en verano. Me mandan un guión y cuando leo 'Exterior noche', fuera, ya no leo más. No, ya no madrugo más. Me acuesto viendo películas, oyendo música, haciendo lo que me da la gana. Y en el teatro tengo la suerte de contar con la fidelidad de, como yo digo, esa gente que me sigue comprando los ajos. Y puedo hacer lo que quiera: Miguel Delibes, Mayorga, Vargas Llosa, Mamet, Fernán Gómez... Y la gente acude, así que ya me contará. —Algo bueno habrá hecho usted... —Se supone. Pero lo que más celebro, más allá de que la gente aplauda o de que me digan lo buen actor que soy, es, a riesgo de ponerme pedante, que mi trabajo tenga alguna utilidad para el que viene a verme. Que salga del teatro diciendo: ¡coño, pues no he perdido el tiempo! —A lo largo de su carrera, ¿se ha planteado a menudo para qué sirve lo que hace? —No, porque había una premisa fundamental, que era el ganarse la vida con esto. También lo aprendí de Fernando, que decía que hay que pagar el recibo de la luz y el colegio de los hijos, y a ser posible poder comprarte unos libros y unos discos, viajar y todavía mejor si puedes además comprarte un whisky de 15 años. Y yo, por eso, agradezco tanto lo que hizo por mí Mariano Ozores: su generosidad, su bondad, su amabilidad... Podemos hablar de si sus películas son buenas, malas o regulares, pero tendrá mi agradecimiento eterno. Cuando Mariano me ofreció '¡Que vienen los socialistas!', en 1982, yo le podía haber dicho: perdona, pero ahora estoy en otra línea. Pero hubiera sido un miserable. Hablamos, corregimos un poco el final y la rodamos. Mariano me necesitaba en ese momento y yo me acordaba de cuando estaba en la pensión y la vecina, porque yo no tenía teléfono, me decía: "Pepe, que te llaman", y el que estaba al otro lado era Mariano Ozores. Él confiaba en mí para que yo, en lugar de tener que ir a un taller a sacar virutas, fuera a un plató a rodar películas. Él, Pedro Masó, Sáenz de Heredia... Confiaron en mí entonces. Yo no he considerado mi profesión como un sacerdocio o una militancia… No quiero enseñar a nadie cómo tiene que vivir, simplemente me gano la vida. Luego podemos hablar de la bondad o no de algunas películas o de algunos trabajos; de acuerdo, no voy a ser tan estúpido. Pero con el paso del tiempo sigue predominando en mí la memoria del agradecimiento y de ese puntito de esperanza que tenía aquel crío que notaba que poquito a poco iban llamándole para trabajar como actor. —¿Ahora hay demasiadas pretensiones? —No sabría decirle. Mire, le voy a contar una anécdota. Un día, después de hacer la función de 'Señora de rojo sobre fondo gris' en Tarifa, estaba paseando -es una ciudad bellísima, por cierto- cuando dos muchachos, de entre 30 y tantos o 40 años, me miran; uno de ellos me reconoce, se acerca sonriendo y, felicísimo, me dice: "Usted es el que hacía de reír en las películas antiguas". Dije, joder, ya tengo epitafio. Yo era 'el que hacía de reír en las películas antiguas'. Pues sí, ¿y qué pasa? —¿No hay que renegar de nada? —Bueno, allá cada uno. Yo imagino que el señor Trump sí debería renegar de algunos de sus pronunciamientos; los hay a quienes más les valdría estar callados. Pero yo sería un miserable si renegase. Cuando me llamaba un director, a mí me hubiera gustado que me hubiera llamado otro, pero es que el que llamaba era ese. Yo he hecho cien, ciento veinte películas, yo qué sé; televisión, teatro… Y mis mejores amigos y amigas los he hecho en este mundo y pertenecen a esta profesión. Alfredo Landa era mi hermano... —Y no importa la ideología, ¿verdad? —Alfredo y yo sabíamos perfectamente lo que pensábamos cada uno. Él era hijo de un guardia civil, bien es verdad que a su padre le llamaron para ser parte de un pelotón de fusilamiento y se negó. Pero Alfredo y yo sabíamos que no teníamos que hablar de política. ¿Para qué? Alfredo era la hostia; era un talento innato, un prodigio de expresión, de... de... de todo, de todo. Era un superdotado. Cuando le conocí, en el año 60, en el Infanta Isabel, yo andaba con Stanislavski, Meyerhold, Bertolt Brecht, Piscator, Artaud... Y él me decía: a la mierda, déjate de todo eso, y tenía toda la razón. —¿El actor nace o se hace? —Si no naces, no tienes nada que hacer. Si no tienes el duro no le cambias. Porque esto se aprende, pero no hay quien lo enseñe de entrada. Hay un material de base, que es lo que tenía Rafaela Aparicio, por ejemplo, y tenían Alfredo, López Vázquez, Fernando... Esa facultad de ser correa transmisora de estados de emoción -valga la pedantería que acabo de decir- hay quien la tiene y hay quien por más que se esfuerce no la tendrá nunca. —Por eso esta carrera es tan injusta… —Es que si no lo sabes, es mejor que no te dediques a esto. Tienes que entender que está sometida a arbitrariedades, hay una ley de oferta y demanda sujeta a criterios que no siempre responden a la calidad o a la bondad del trabajo. Esto es así por más vueltas que le des, por eso gente con mucho talento ha tirado la toalla y se ha dedicado a otra cosa. —¿Usted ha tenido esa tentación alguna vez? —Nunca. He tenido dificultades, pero por mi inconsciencia o mi falta de responsabilidad, nunca me he rendido. —¿Siempre ha dicho lo que ha querido? —No, cuando Franco había que callarse. Pero yo tenía muchas conversaciones con José Luis Sáenz de Heredia, por ejemplo; nunca de política, pero yo nunca he ocultado mis ideas y él lo sabía. Y que ni Dios le toque un pelo de la ropa a la memoria de José Luis Sáenz de Heredia. O a Mariano Ozores; los dos sabíamos cómo pensábamos. Hombre, yo no iba cantando la 'Internacional', no iba a ser tan idiota, pero lo que hacía era corresponder al respeto que esa gente tenía por mí. Aunque si había que decir esto o lo otro, no dejaba que mi condición de actor me eximiera de mis obligaciones como ciudadano. Pero ellos no eran mis enemigos; el régimen sí era mi adversario, sin duda ninguna. Por eso me pone los pelos de punta ahora esta veleidad de parte de esta sociedad que intenta blanquear aquel tiempo. Citando a don Antonio Machado, «a distinguir me paro las voces de los ecos». Oigo unas voces que remiten a ecos que yo creí que ya habían desaparecido, y lamentablemente se dan, creo que desde una actitud muy poco legítima. Confío en que haya un punto en que esta locura que estamos viviendo en estos momentos frene, más allá de proximidades ideológicas: el Papa León XIV habla de la insolencia de Netanyahu… ¡O esta desfachatez de Corina Machado entregándole el premio Nobel de la Paz a Trump! ¿Y quién fue el descerebrado de Hamás que dio la orden de cometer la matanza del 7 de octubre, de esa barbaridad? Un gilipollas. Todo esto es un esperpento valleinclanesco, que además no se da por un hecho violento, sino que millones de personas han decidido que son estos los que han de manejar el mundo. Eso me preocupa. Me preocupa también la indiferencia de la Europa a la que yo pertenezco. Yo no soy partidario ni votante de Pedro Sánchez, pero me parece que realmente está en el lado correcto de la historia en este momento. —¿Siente que hay más polarización y ganas de enfrentamiento social que nunca? —Yo creo que sí; hay algo que apunta al principio de fin de algo, ¿no? En esta línea es muy difícil continuar. Por ejemplo, el señor Milei con la motosierra; más allá de que se esté de acuerdo o no con su manera de pensar, lo que no puedes estar de acuerdo es con esa manera de proceder. No puede ser presidente de un país donde ha nacido Jorge Luis Borges y Adolfo Aristarain , entre otros… Me ha apenado muchísimo la muerte de Adolfo; no solamente se ha muerto un amigo, sino uno de los más grandes cineastas de la historia. Lo que me asusta por lo que yo veo de grosero, de obvio, es la improcedencia de esta violencia ultra, de este matonismo, de la fuerza por la fuerza; y por otro lado la aceptación. ¿A cuánto estamos dispuestos a pagar el kilo de dignidad? No sé. —¿Cree que las redes sociales han emponzoñado en exceso? —Yo no tengo móvil ni internet y no quiero saber nada, pero creo que sí, que ahora hay plataformas que sirven de altavoces para que cualquiera diga lo que le dé la gana. —¿Le dan ganas de apagar los telediarios? —Sí, sí, muchas… Y las tertulias, y los comentarios… Es muy lamentable ver la falta de objetividad, hay círculos donde más o menos se debate con cierta neutralidad, pero normalmente el tufo de la intención es muy evidente. No quiero caer en aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, ¡para nada!, pero yo antes pensaba que habría una línea de superación, que habría otros problemas, otros tropiezos, otras necedades, pero aquellas que vivimos ya no. Pues no. Y lo que me pone los pelos de punta es que haya en este país un montón de jóvenes que piensan que la solución a todo esto es volver a cantar el 'Cara al sol'. Se puede imaginar lo que me pasa por el cuerpo con esto. Y escuchas al señor Abascal llamando ¡rata! al ministro del Interior. Por otro lado, le hicieron una entrevista el otro día a Ione Belarra a propósito de todo lo que está pasando y dice que la culpa la tiene el Gobierno por no hacer una política progresista, "porque los únicos que hemos hecho una política progresista somos nosotros". Pero si los buenos sois vosotros, ¿por qué no os vota la gente? Yo os he votado, he puesto mi voz en una campaña vuestra y os he mandado a la mierda, porque estoy hasta los huevos de la impaciencia de los malos aprendices y los gurús, y del mesianismo de cierta izquierda que no va a ningún lado. —Volviendo a Fernando Fernán Gómez y para terminar: ¿Es verdad que le estorbaba el público? —No, no… Bueno, entonces se hacían catorce funciones semanales; dos diarias, sin descanso. Si José María Rodero hacía 'Calígula', hacía catorce calígulas. Era un hombre que estaba en la cresta de la ola y estaba todo el día encabronado. Claro, no podía. Y Fernando, como Alberto Closas y tantos otros, era enemigo mortal de las dos funciones. Figúrese, hacíamos ensayo al mediodía, luego la función de la tarde, luego tomabas un café, luego hacías la función de la noche, después a cenar, y hasta el día siguiente. Por eso el éxito para mí ahora es poder hacer lo que quiera.

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