ABC
Tener un hijo es ser arrojada súbitamente (y milagrosamente) al mundo de las cosas. Dice Alexandra Lange (Estados Unidos, 1973) en 'El diseño de la infancia' que es entonces cuando uno entiende la importancia de un buen juguete, de una buena trona o de un parque que permita elevadas dosis de aventura sin ser peligroso. Lange, que ganó un Pulitzer el año pasado y es crítica de diseño y arquitectura en medios como 'The New Yorker', 'The New York Times' o 'The Atlantic', ha investigado cómo influyen los objetos y su diseño en la educación de los niños. A esta doctora en Historia de la Arquitectura le llama la atención que los padres se obsesionen con las compañías de sus hijos, el plan de estudios o el último moratón, pero no siempre se paren a pensar sobre el espacio que le dejan a su retoño en casa o si un excesivo almacenaje apaga la creatividad. Las familias pasan horas escogiendo el colegio, pero ni se fijan en cómo están diseñados los patios o las aulas. Con el exitoso ensayo de Lange, que llega ahora a España, a uno se le vienen a la cabeza aquellas cosas y aquellos lugares de la infancia que pudieron marcar algunos aspectos de la personalidad (para bien o para mal). —¿Qué distingue al buen juguete del malo? —En pocas palabras, un buen juguete es aquel que ofrece un juego abierto. Es un folio en blanco sobre el que el niño puede plasmar sus ideas e imaginación e inventar una historia. Creo que los Legos son el mejor ejemplo: simples bloques de construcción con diferentes formas. Puedes usarlos para construir edificios, contar historias, crear figuras más grandes e incluso reflexionar sobre principios geométricos. Puedes comprender la gravedad o jugar con tus amigos. Los mejores juguetes son los más sencillos, no podemos subestimar el potencial de una simple caja de cartón. En cambio, un mal juguete es aquel que solo se puede usar de una manera, uno en el que el fabricante dirige al niño. —¿Una Barbie? —La Barbie es una muñeca, así que uno puede estar tentado a pensar que solo puede usarse de una forma. Pero en realidad, si miras cómo juegan los niños con Barbies, les hacen todo tipo de cosas. Les cortan el pelo, fabrican su propia ropa, les construyen una casa de Legos para que vivan en ella. Así que, creo que incluso un supuesto mal juguete puede usarse bien. El problema es que si le dices a tu hijo que solo puede usar la ropa de Barbie y jugar en su casa de ensueño, es probable que termine escapando de esa 'cárcel' buscando la libertad que los niños encuentran en juguetes más sencillos. —Lego es para usted el paradigma de buen juguete, sin embargo es de plástico. ¿Cree que existe prejuicio con los juguetes de este material? —Sí, sin duda. Todavía hay muchas familias, al menos en Estados Unidos, como las llamadas 'granola mums' (una etiqueta para referirse a madres radicales en su naturalismo) que solo quieren que sus hijos jueguen con objetos fabricados con materiales naturales. Es habitual en redes sociales como Pinterest ver habitaciones infantiles donde todo es de madera, beige o blanco, y dicen que no al plástico. Pero en cierto modo, están creando una estética a partir de la ausencia de plástico, en lugar de una ética. Claro que de alguna forma la madera permite al niño estar más cerca de la naturaleza, pero el Lego de plástico se ensucia menos, los bloques encajan mejor y tienen mejor vejez. Le dieron una narrativa que lo asemejaba más a los juguetes de madera, para que también pudiera ser un buen juguete. —En el capítulo dedicado al hogar, habla de las casas como lugares estáticos cuando la infancia conlleva un constante cambio... —Claro, y por eso doy el ejemplo de tronas adaptables como la famosa Tripp Trapp, que va creciendo con tu hijo desde que es un bebé hasta los siete años. A veces, merece la pena pagar más por un objeto que estará varios años en tu casa, que se va adaptando. El problema con las soluciones temporales es que suelen estar hechas de materiales desechables, ser feas, toscas y baratas. Entonces llenas tu casa de cosas que realmente no elegiste, pero que sientes que estás obligado a usar. Creo que los niños son más sensibles al diseño de lo que creemos y si los sientas en una silla endeble, no se sienten seguros. —Le interesa mucho el almacenaje en los hogares. —Sí, porque el orden excesivo puede ser un problema para el niño. Normalmente la gente exige a sus hijos que guarden todos sus juguetes al final del día. Parece un buen hábito y en muchos hogares, es una práctica importante. Pero a veces el niño entra en un estado de gracia, como un profesional creativo, y empieza a construir algo que le puede llevar varios días. Los padres deben entender esto, dejar los juguetes estar y no pretender que un niño de tres años deje todos los días su habitación perfecta. —Dice que la forma de las aulas ha ido mostrando las distintas formas de controlar al alumno. La visión tradicional de la escuela es la de muchos pupitres individuales alineados en fila, con todos los alumnos mirando hacia un profesor y una pizarra. Antes de ser individuales, aquellas mesas eran para dos y, antes, toda la hilera estaba atornillada al suelo, lo que reducía sensiblemente la movilidad. Las nuevas pedagogías del siglo XX fueron desmantelando esa estructura porque se dieron cuenta de que parte de la educación consiste en que los niños aprendan a trabajar en grupo. El problema es que a veces se cambia el diseño sin cambiar el método o viceversa. Y, entonces, aparece ruido y caos. Diseño y pedagogía han de ir de la mano. —¿Están los parques de hoy pensados sólo para la tranquilidad de los adultos? —Muchos de los parques de Estados Unidos están acolchados para evitar cualquier tipo de rasguño. Pero el rasguño del día uno, el día dos no se repite porque se ha aprendido la lección. Hay muchos parques que son tan seguros que están pensados para padres y no para niños. El problema es que no suponen desafíos. Sí, puedes subir las pequeñas escaleras y bajar por el tobogán sin problema. Pero lo haces una vez, lo haces dos, y luego te aburres. Vi un buen ejemplo en un parque de Madrid Río, en el que hay un trepador de troncos. Se trata de buscar retos para que los niños experimenten, pero sin que fracasen de forma trágica. —Dice que una ciudad mejor diseñada para los niños será una ciudad mejor para todos. —La mayoría de ciudades modernas han expulsado a los niños de las calles. Lo que sucede entonces es que el niño se aburre, se aísla y empieza a hacer cosas que no debe porque no tiene dónde canalizar su energía. Esa energía que hace que los niños intenten quemar, destrozar cosas o, en definitiva, causar problemas, es la misma energía que hace que los niños quieran explorar más allá de su propio vecindario, tomar una bicicleta y pedalear hasta que se acaba el camino. Creo que muchos de los problemas que tienen las ciudades, sobre todo con los adolescentes de hoy en día, se deben a las limitadas oportunidades que les ofrecemos para ser independientes y labrarse su propio camino hacia la adultez. Y parte de esa energía termina canalizándose en internet, donde pueden ocurrir cosas que los padres desconocen. —¿Se subestima el poder del diseño? Históricamente, al arte no se ha tomado en serio. Y el diseño se asocia con el arte, con la creatividad, con el color. Sin embargo, pienso que muchos de los temas que están en agenda, desde la salud pública hasta la educación, podrían mejorar con un mejor diseño. El diseño ayuda a que las cosas sean permanentes. Si se estrecha una calle para que los coches circulen más despacio, ese es un cambio permanente que ayudará a generaciones de personas a usar esa calle con más seguridad. Y creo que ese tipo de cambio de diseño urbano es mucho más poderoso que reducir el límite de velocidad en una señal.
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