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Pararles los pies

Alberto Tarradas, diputado de Vox, defiende en el Parlament el grito de la hinchada racista, “¡musulmán el que no bote!”, y le dice a la diputada de ERC Najat Driouec que esté tranquila, que a ella no la van a deportar “de momento” . Vito Quiles persigue a Begoña Gómez por la calle en un acto de agresión haciendo cualquier cosa menos periodismo. Acabo de ver una pintada en una marquesina de autobús que dice “Pedro Sánchez cámara de gas”. He dudado si hacerle una foto y subirla a redes, no lo he hecho. ¿Qué hacer ante estas situaciones? ¿Cuándo se debe denunciar públicamente y cuándo esa denuncia puede transformarse en dar a estos hechos mayor visibilidad que la que por sí mismos puedan alcanzar? Buena parte de la dificultad radica en que no son iguales. Cuando un diputado, en sede parlamentaria, hace una afirmación como la que hizo el señor Tarradas en el Parlament, está operando en un marco institucional y actuando como cargo público. No voy a recordar aquello de que se supone que representa al conjunto de los catalanes y no sólo a quienes le han votado porque entra la risa, pero en un sistema democrático, aunque como el nuestro no tenga una “Constitución militante” –es decir, que acepta el planteamiento de posiciones antidemocráticas–, estas afirmaciones racistas y xenófobas deberían motivar el rechazo de todos los presentes y quedar reflejadas como tales en la conversación pública. Habrá quien diga que eso supone darle mayor protagonismo, y en efecto así es, pero una vez que estas ideas entran a las instituciones, no reflejar su contenido y lo que representan es blanquear las posiciones antidemocráticas. De la misma manera, cuando un agitador de ultraderecha como Vito Quiles protagoniza la enésima persecución de alguien vinculado al espectro progresista –aunque en este caso ni siquiera sea un responsable político–, el conjunto de la ciudadanía, empezando por su (supuesta) profesión, debe denunciar el uso espurio de quien hace pasar estos hechos como propios de un periodista. Deben hacerlo en defensa de su profesión y de sí mismos. ¿Y si no se hubiera hecho viral?, se podrá pensar, ¿eso le disuadiría de la siguiente persecución? Si no se difunde desde posiciones críticas, lo difundirá él por sus medios en clave victimista y no faltará –como ha ocurrido con la portavoz del PP– quien diga que el agredido ha sido él . Ninguna de estas situaciones tiene la misma entidad que una pintada hecha con rotulador en la marquesina de un autobús. Si, tras pensarlo, decidí no hacer la foto, es justamente porque creo que en este caso esa fotografía daría más entidad de la que tiene a este acto de vandalismo . ¿Dónde poner el límite entre unos casos y otros? No estoy segura. De hecho, probablemente no sea posible trazar una línea nítida , pero hay dos valoraciones que pueden ayudar a decidir, una cualitativa y otra cuantitativa. La primera consiste en establecer espacios especialmente sensibles donde no dejar entrar de ninguna manera la xenofobia, el odio o la intolerancia. Las instituciones, claramente, son unos de ellos. Y el periodismo, en efecto, también. Quienes pueden hacerlo, además, son quienes forman parte de esos ámbitos. Sería de esperar que el señor Tarradas tuviera una sanción –la mesa del Parlament ha pedido informes jurídicos al respecto y ha enviado la transcripción a la Comisión del Estatuto del Diputado para que estudie si ha vulnerado el Código de Conducta–, como sería deseable que el conjunto de la profesión periodística reaccionara ante las actuaciones de Vito Quiles, quien aún tiene acreditación de periodista en el Congreso de los Diputados. El segundo criterio es más cuantitativo y me recuerda a quienes criticaban que los medios de comunicación entrevistaran a líderes de Vox cuando se convirtieron en tercera fuerza política del país. Mientras eran algo minoritario, apenas visible, en efecto, cualquier exposición mediática les ayudaba en su crecimiento sin ser representativos . Pero en el momento que alcanzan relevancia electoral y social, invisibilizarlos es falsear la realidad. Cosa distinta es cómo se hable de ellos, con qué marcos y enfoque, pero por no nombrarlos, no desaparecen. He aquí una de las claves: si al nombrarlos se les hace existir, o si por no nombrarlos no dejan de existir.

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