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Los efectos letales del Polonio 201, el veneno que mató al espía ruso Alexander Litvinenko: "Destruye el cuerpo célula a célula" | Collector
Los efectos letales del Polonio 201, el veneno que mató al espía ruso Alexander Litvinenko:
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Los efectos letales del Polonio 201, el veneno que mató al espía ruso Alexander Litvinenko: "Destruye el cuerpo célula a célula"

Hay armas que hacen ruido y otras que caben en una copa de vino. El veneno es una de las armas más antiguas, más cobardes, más sofisticadas y fascinantes de la historia humana. Ha servido para cazar, ejecutar, heredar o eliminar rivales; es el crimen silencioso por excelencia, el asesinato que busca parecer una enfermedad, un accidente o un castigo divino. Su historia es también la de la ciencia, una carrera entre la creación de tóxicos indetectables y el desarrollo de la medicina forense para combatirlos. El veneno ha acompañado a la humanidad como una sombra, especialmente ligada al poder. Desde la Roma imperial, con especialistas en envenenar emperadores, hasta el arsénico que sembró el pánico en la Europa moderna. Desde el Aqua Tofana de la Italia barroca hasta el Polonio 210 con el que mueren opositores en Rusia. Es la historia de cómo el ser humano aprendió a matar sin tocar, o casi. Un viaje que ha sido desgranado en el programa 'La Noche de Adolfo Arjona'. Guillermo Díaz le ha contado a Adolfo Arjona que, en contra de la creencia popular, no existe una línea clara que separe lo que mata de lo que cura. La clave está en la cantidad. Guillermo Díaz ha explicado que esta idea, que parece moderna, fue formulada ya en el siglo XVI por Paracelso y sigue siendo la piedra angular de la toxicología: "La dosis hace el veneno, no hay sustancias buenas y malas, hay sustancias en cantidades correctas e incorrectas". Los ejemplos son cotidianos. Una aspirina alivia un dolor de cabeza, pero quince de golpe pueden destrozar el estómago. El agua, indispensable para la vida, puede ser letal si se beben 20 litros en una hora, provocando una hiponatremia que licúa la sangre hasta causar convulsiones y la muerte. Incluso el oxígeno puro, necesario para respirar, se vuelve tóxico para el sistema nervioso si se administra a presión elevada durante horas. Todo es veneno y nada es veneno; la cuestión es la cantidad. La naturaleza lleva millones de años fabricando venenos. Las plantas, al no poder correr o defenderse físicamente, han desarrollado laboratorios químicos para resultar desagradables o letales al depredador. De ellas proceden los grandes clásicos: la cicuta, la belladona, el acónito (conocido por los griegos como 'el veneno de los venenos'), el curare del Amazonas o el opio. Estas plantas, que crecen de forma silvestre, se han convertido en las manos equivocadas en el arma más silenciosa. El reino animal también aporta su arsenal, con los venenos de serpientes y escorpiones, o la tetrodotoxina del pez globo. Existe incluso una pequeña rana dardo en la Amazonia tan letal que los indígenas la usaban para envenenar sus cerbatanas. A ellos se suma el veneno mineral: metales pesados como el arsénico, el mercurio o el plomo, que cambiaron la historia del crimen por ser inodoros, insípidos y producir síntomas fácilmente confundibles con una enfermedad común. El ser humano lleva usando venenos al menos 70.000 años, la antigüedad de las primeras flechas envenenadas encontradas en África. Mucho antes de la escritura, las ciudades o los reyes, alguien ya untaba la punta de una flecha para que matase más rápido. Esta técnica se convirtió en una ventaja evolutiva brutal para la caza, permitiendo abatir presas grandes con mayor facilidad y seguridad. De la caza a la guerra solo hubo un paso. Los griegos ya usaban flechas envenenadas, y de ahí nace la propia palabra 'toxicología'. Como ha explicado Díaz, el término viene del griego toxicón, que era el veneno que se untaba en los arcos, ya que toxón significa 'arco'. La etimología demuestra hasta qué punto el uso del veneno está arraigado en la historia de la civilización y los conflictos. Uno de los envenenamientos más famosos de la historia fue una ejecución legal: la muerte de Sócrates en el año 399 a.C.. Condenado por un tribunal de ciudadanos por sus ideas y por "corromper a los jóvenes", el filósofo rechazó un plan de fuga y aceptó su pena. Para un ciudadano ateniense de su estatus, la ejecución no era la espada, sino la cicuta, una planta de apariencia inofensiva pero que contiene un alcaloide mortal, la coniína. La coniína bloquea los receptores musculares de abajo arriba, paralizando primero las piernas, luego el torso y finalmente los pulmones, provocando la muerte por asfixia. Platón describió la muerte de su maestro con una serenidad que, según los expertos, parece idealizada. Los efectos reales de la cicuta incluyen dolor, taquicardia y una asfixia agónica, lejos de la plácida conversación final que narra el filósofo en sus escritos. Durante siglos, el arsénico fue conocido como el "rey de los venenos". La médico forense Laura Morillas ha explicado en el programa que su éxito se debía a que "no solo mataba, sino que también sabía disimular". Era un polvo blanco, sin olor ni sabor, fácil de mezclar, y sus síntomas (vómitos, diarreas) se confundían con una gastroenteritis o el cólera. Además, se podía administrar en pequeñas dosis para simular una enfermedad lenta y estaba disponible en productos como raticidas o pigmentos. La edad de oro del envenenador impune terminó en el siglo XIX gracias a la química forense. El test de Marsh, desarrollado en 1836, supuso un punto de inflexión. Este método permitía detectar cantidades mínimas de arsénico en el cuerpo de una víctima, convirtiéndolo en un gas que dejaba un depósito metálico visible. Como ha sentenciado Morillas, a partir de ese momento, "el veneno deja de ser el crimen perfecto", ya que existía una prueba fiable para presentar en los tribunales. En la Europa barroca del siglo XVII, una mujer casada con el hombre equivocado no tenía opciones legales. El divorcio no existía y la violencia o la ruina del marido eran un destino ineludible. En este contexto de desesperación surgió la figura de Giulia Toffana, una siciliana que vio una oportunidad de negocio. Creó el Aqua Tofana, una disolución de arsénico, plomo y belladona, incolora e insípida. El veneno se vendía en frascos de cosméticos o aceites religiosos para no levantar sospechas. Las instrucciones eran sencillas: unas pocas gotas en la comida o bebida del marido de forma periódica. El hombre enfermaba lentamente, la esposa lo cuidaba de forma abnegada y, meses después, moría. Se calcula que el Aqua Tofana causó entre 600 y 700 muertes. Cuando Toffana fue detenida y ejecutada en 1659, su red se extendía por media Italia. Lejos de desaparecer, el veneno ha evolucionado y sigue siendo un arma en el mundo contemporáneo, especialmente en el espionaje estatal. Un caso paradigmático es el de Alexander Litvinenko, exoficial ruso exiliado en Londres que murió en 2006 tras tomar un té. La causa fue el Polonio 210, un isótopo radiactivo indetectable por los medios convencionales pero que, una vez ingerido, destruye el cuerpo célula a célula desde dentro. Una investigación británica concluyó que la operación fue aprobada por el presidente ruso, Vladimir Putin. Otro caso es el de Sergei Skripal, un ex doble agente ruso envenenado en 2018 en Inglaterra junto a su hija con Novichok, un agente nervioso soviético hasta diez veces más potente que los conocidos por la OTAN. Ambos sobrevivieron, pero una ciudadana británica, Dawn Sturgess, murió meses después solo por entrar en contacto con el frasco de perfume que los agentes usaron para transportar el veneno. La historia del veneno demuestra que, aunque cambie la sustancia, la tentación de matar sin mirar a los ojos sigue presente.

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