Cope Zaragoza
Las guerras navales fueron un factor determinante en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Desde la guerra silenciosa y letal que libraron los submarinos en las profundidades del Atlántico hasta los masivos enfrentamientos entre portaaviones en el Pacífico, el control del mar se convirtió en un objetivo estratégico que definió el curso del conflicto. Durante la Segunda Guerra Mundial, los submarinos alemanes, conocidos como U-Boot (del alemán Unterseeboot, “barco submarino”), surcaron el Atlántico con el objetivo de estrangular las rutas de abastecimiento de Gran Bretaña. El divulgador histórico Antonio Muñoz explica que, al no poder competir con la flota de superficie aliada, los alemanes apostaron por una "guerra submarina" para forzar la rendición británica cortando la llegada de alimentos, combustible y armamento. "Si los alemanes hubieran ganado la batalla del Atlántico, la Segunda Guerra Mundial hubiera tenido otro cariz completamente diferente", asegura Muñoz. Esta campaña, que se prolongó durante toda la guerra, fue "terrible para la gente que la libró", según Muñoz. Los submarinos alemanes hundieron 14 millones de toneladas de buques mercantes aliados, lo que equivale a más de 3.000 barcos. Para ello, los U-Boot se organizaban en "manadas de lobos" que atacaban a los convoyes aliados, formados por barcos mercantes que actuaban como un rebaño protegido por corbetas y fragatas que hacían de "perros pastores". Los ataques solían ser nocturnos para dificultar su localización y permitirles actuar en la superficie, donde eran más rápidos. Más allá de hundirlos, la captura de submarinos enemigos se convirtió en una prioridad para los Aliados. Hacerse con uno de estos buques permitía acceder a tecnología avanzada, libros de códigos y, sobre todo, a la preciada máquina Enigma, con la que los alemanes cifraban sus comunicaciones. La captura del submarino U-505 dos días antes del desembarco de Normandía fue uno de los episodios más destacados. Los norteamericanos lograron capturar el U-505 intacto en el Atlántico. Según Muñoz, el botín fue inmenso: "Se hicieron con una máquina enigma, intacta, se hicieron con un libro de códigos y también se hicieron con un torpedo acústico". Este torpedo, que seguía el ruido de las hélices, era muy letal, y su captura permitió a los Aliados desarrollar señuelos para contrarrestarlo. La tripulación, desmoralizada por el suicidio de su anterior capitán en una misión, se rindió rápidamente, un hecho inusual que facilitó la operación. Otros episodios singulares rodearon a los U-Boot, como la rendición de los submarinos U-530 y U-977 en Argentina meses después del final de la guerra, lo que alimentó leyendas sobre una posible huida de Adolf Hitler. También destaca el caso del U-455, desaparecido en 1944 y hallado en 2005 cerca de Génova con los 52 tripulantes fallecidos todavía en su interior, como una tumba submarina. Seis meses después del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, las fuerzas estadounidenses y japonesas se enfrentaron en una de las batallas navales más decisivas de la historia: la batalla de Midway. Este enfrentamiento, que tuvo lugar entre el 4 y el 7 de junio de 1942, supuso un punto de inflexión en la guerra del Pacífico. Como explica el profesor de historia Carlos Gregorio Hernández, Estados Unidos fue capaz de "doblegar esa fuerza de Japón e invertir el curso de la Segunda Guerra Mundial a partir de ese momento en este frente". Aunque las fuerzas japonesas, comandadas por el almirante Yamamoto, eran superiores en número de portaaviones y acorazados, la inteligencia estadounidense jugó un papel fundamental. Un equipo en Hawái, en un lugar conocido como "la mazmorra", logró descifrar parcialmente los códigos navales japoneses. Para confirmar su intuición de que el ataque sería en Midway, filtraron un mensaje falso sobre una avería en la depuradora de agua del atolón. Cuando los japoneses transmitieron esa misma información en su código secreto, los estadounidenses, bajo el mando del almirante Nimitz, supieron el lugar exacto del ataque y pudieron anticiparse. La derrota fue un golpe devastador para Japón, que perdió cuatro de sus principales portaaviones y más de 3.000 hombres. Según el profesor Hernández, la consecuencia más importante fue que los japoneses "pierden la iniciativa. Japón tenía la iniciativa entre diciembre del año 41 y este mes de de junio del año 42. A partir de junio del 42, la iniciativa la gana el bando americano". Previamente, en mayo de 1942, la batalla del Mar del Coral ya había sentado un precedente al ser el primer enfrentamiento de la historia en el que las flotas se atacaron exclusivamente con aviación desde portaaviones, sin llegar a verse directamente. Los portaaviones, auténticas ciudades flotantes, se consolidaron como el símbolo del poder naval, reemplazando al acorazado. El almirante José Manuel Sanjurjo, que participó en la construcción del Juan Carlos I, el único portaaviones español, explica que los modelos más grandes, como el estadounidense Gerald R. Ford, pueden desplazar 100.000 toneladas y albergar a más de 5.000 personas y hasta 90 aeronaves. Estas naves son autosuficientes, con hospitales, talleres y todo lo necesario para operar de forma autónoma durante largos periodos. A pesar de la era digital, la organización del tráfico aéreo en cubierta se sigue realizando en algunos casos con un sistema analógico llamado "la ouija", una mesa que simula la cubierta donde se mueven figuritas de los aviones. Este método "rústico, pero muy eficaz", según Sanjurjo, es clave para la capacidad operativa del buque. Lejos de estar obsoletos, los submarinos y las fuerzas navales siguen siendo cruciales en los conflictos actuales, actuando como plataformas de lanzamiento de misiles, para infiltrar fuerzas especiales o recoger inteligencia.
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