COPE
“Cuando le hablas a una persona en una lengua que entiende, hablas a su mente; si le hablas en su lengua materna, hablas a su corazón”. Esta frase cobra sentido en el último libro escrito por Ovidio García Fernández, El cultivo del centeno, su molido y amasado, pues es precisamente lo que pretende el autor: acariciar el corazón de aquellas generaciones cuya banda sonora remite irremisiblemente al patsuezo. El escritor lanza una mirada retrospectiva, ágil y activa, “quasi” nostálgica, sobre el pueblecito que conoció en su infancia, sus recuerdos y los de aquellos mayores que hoy ilustran con sus memorias en color sepia estas páginas plagadas de emoción, salpicadas de anécdotas que burlan al olvido, apurando sorbo a sorbo tiempos pretéritos en este su “Macondo” sagrado. Cual notario del ayer, diligente y preciso, García Fernández testimonia el día a día “in illo tempore” de una aldea leonesa: Matalavilla (Matalavitsa), perteneciente al ayuntamiento de Palacios del Sil. Un enclave que, como tantos otros, ha pasado a formar parte del mapa de la 'España Vaciada', aunque en 1950 contaba con 75 vecinos, reflejo de un mundo hoy casi desaparecido. Se sumerge el autor en la cotidianidad, los quehaceres y tareas, con especial atención al cultivo del centeno, planta monocotiledónea de la familia de las gramíneas. Se trata de un cereal robusto y poco exigente, capaz de crecer en suelos áridos y de gran altitud, donde el trigo o la cebada no sobrevivían. En este contexto de recursos limitados, el centeno fue ganando terreno hasta convertirse en una base agrícola imprescindible. El centeno desempeñó un papel fundamental en la alimentación, siendo clave en la subsistencia durante la posguerra, mediante la elaboración del conocido “pan negro” o pan de centeno, al que hoy se le atribuyen numerosas propiedades beneficiosas. Más allá del grano, la paja del centeno tenía un enorme valor: se utilizaba para techar o “teitar” las casas. Los cuelmos, trabajados por los expertos “teitadores” —un oficio hoy desaparecido— servían para construir el “teito”, símbolo de la arquitectura tradicional de la montaña leonesa. El calendario del centeno marcaba el ritmo vital: abonar, arar, sembrar, segar, majar… tareas interminables que se realizaban de forma comunitaria, donde los vecinos colaboraban entre sí. Este esfuerzo compartido no solo facilitaba el trabajo, sino que fortalecía los lazos de unión y el sentido de pertenencia, en una auténtica celebración de la identidad rural. La obra ofrece además una detallada descripción de las herramientas y aperos de labranza, elementos esenciales en esa comunión ancestral entre el hombre y la tierra, hoy casi extinguida. Y al caer la tarde, tras la nube de polvo, se vislumbra iracundo el pértigo, azotando incansable la mies quejumbrosa. Manizas, gavillas, fejes y cuelmos descansan en la era, exhaustos. Una estampa final que resume con belleza y crudeza la esencia de un mundo rural que, aunque amenazado por el olvido, sigue vivo en la memoria. Silvia Rodríguez es colaboradora de COPE Bierzo desde el 24 de junio de 2019. La podréis leer y escuchar los lunes en la sección de opinión bajo el título ‘Silvia en COPE Bierzo’ y los fines de semana en ‘Con otra perspectiva’, disponibles en Cope.es/Bierzo. Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca, Silvia decidió estudiar esta carrera por su pasión por la lengua y la literatura. Disfruta leyendo, escribiendo y escuchando buena música. Además, es feliz trabajando en equipo y cree firmemente que “estamos aquí para ayudar y hacer felices a los demás”. Silvia también es socia fundadora del Banco de Alimentos del Sil y colabora con esta ONG que realiza una labor destacada en la comarca. Enamorada de la enseñanza, es profesora de inglés, lengua y literatura en la Academia Corcal. Se define como una persona vital, alegre, optimista y con gran sentido del humor. Además, realizó el prólogo del libro ‘Chuma. El Valle del Silencio’ del escritor Miguel Velasco Nevado.
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